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El poder de las llaves

El poder de las llaves


‘Aquel día llamaré a Elyaquim, hijo de Jilquías. Le revestiré de tu túnica, con tu fajín le sujetaré, tu autoridad pondré en su mano, y él será un padre para los habitantes de Jerusalén y para la casa de Judá. Pondré la llave de la casa de David sobre su hombro; abrirá y nadie la cerrará, cerrará y nadie la abrirá’ (Isaías 22:20-22)

PRESENTACION

La expresión ‘el poder de las llaves’ se deriva de las palabras de Cristo a San Pedro: ‘A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos, y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos’ (Mateo 16:19).

Esta promesa halla su explicación en el texto bíblico del encabezamiento de este estudio(Isaías 22:20-22), en donde ‘la llave de la casa de David’ le es conferida a Elyaquim, el hijo del sacerdote Jilquías, como símbolo de plena autoridad en el reino de Judá. Al emplear esta expresión ante Simón Pedro, Cristo denotó claramente su intención de conferirle a San Pedro la autoridad suprema sobre su Iglesia.

EL PODER DE LAS LLAVES Y LOS PADRES DE LA IGLESIA

En los escritos de los Padres aparecen con frecuencia referencias a la promesa de Jesús contenida en Mateo 16:19, los cuales son prueba del poder de la Iglesia para perdonar los pecados. Por otra parte, la facultad de otorgar o de negar el perdón puede compararse con un abrir o cerrar las puertas del Cielo.

Sin embargo, esta interpretación restringe un poco el sentido, ya que la remisión de los pecados no es sino una de las diversas formas en que se ejerce la autoridad eclesiástica. San Agustín decía: ‘¿Cómo podría Él haber mostrado mayor liberalidad y misericordia mayor que por el don del perdón total a los que se arrepienten de sus pecados? Él dio estas llaves a su Iglesia para que cualquier cosa que redima en la tierra sea redimida en el Cielo’ (PL XXIV, 25).

Es relativamente raro que los Padres, al hablar del poder de las llaves, hagan alguna referencia a la primacía de San Agustín ya que cuando se ocupan de esta cuestión, normalmente no apelan al don de las llaves, sino a su oficio como la roca sobre la que está fundada la Iglesia. En sus referencias a la ‘potestas clavis’ o ‘llaves del poder’, por lo general intentan vindicar el poder inherente a la Iglesia para perdonar. Por ello San Agustín declara que la autoridad para atar y desatar no era un don personal concedido a San Pedro, sino que le fue conferido como representante de la Iglesia. Por ello toda la Iglesia ejerce el poder de perdonar los pecados en nombre del Señor.

De vez en cuando la promesa de Cristo no se limita a denotar el poder de perdonar los pecados, sino que abarca más ampliamente el don de la autoridad sobre la Iglesia. San Máximo, en un sermón en la fiesta de los santos Pedro y Pablo, dijo que a Pedro se le dio la llave del poder, la ‘clavis potentiae’, y a San Pablo la llave del conocimiento, la ‘clavis scientiae’. La idea de una llave del conocimiento se deriva claramente de las palabras de Cristo a los fariseos: ‘¡Ay de vosotros, los legalistas, que os habéis llevado la llave de la ciencia!’ (Lucas 11:52). Esta distinción entre ‘clavis potentiae’ y ‘clavis scientiae’ se repite con frecuencia entre los escritores medievales, aunque sin hacer referencia a San Pablo,

EL PODER DE LAS LLAVES Y LA TEOLOGIA ESCOLASTICA

Según Francisco Suárez, el teólogo y Doctor Eximius (1548-1617), la frase que empleó Cristo en su promesa a San Pedro denota el don de la autoridad eclesiástica en su más amplio alcance. Suárez entendía que la ‘potestas clavium’ incluye:

.- El poder del orden, o sea, el poder ejercido en relación con el sacrificio y sacramento.

.- El poder de jurisdicción.

.- El poder de definir en cuestiones de fe y de moral.

Según él, los diversos poderes así conferidos a la Iglesia se consideraban como pertenecientes al ‘clavis potentiae’ o al ‘clavis scientiae’, entendiéndose que este último significa el poder de enseñar, mientras que los otros ámbitos de autoridad pertenecían  a la‘clavis potentiae’.

Santo Tomás de Aquino en su Suma Teológica dice que el poder de las llaves es una consecuencia necesaria del carácter sacerdotal, en esencia idéntico al poder de consagrar. La definición generalmente aceptada en el período escolástico es que las llaves son un poder especial para atar y desatar, por el cual el juez eclesiástico debe recibir a los dignos en el Reino de los Cielos, y excluir de allí a los indignos. Aquí se entiende que la ‘clavis scientiae’es la autoridad sacerdotal para interrogar al penitente y así obtener el conocimiento de los hechos, y el ‘clavis potentiae’ es la autoridad de conceder o denegar la absolución.

Pero no faltaron teólogos que restringieran el alcance de este don y afirmaran que denotaba las prerrogativas especiales pertenecientes a San Pedro y a sus sucesores. Así, el Cardenal Cayetano, Maestro General de los dominicos (1469-1534), afirmaba que mientras que el poder de atar y desatar pertenecía a todos los sacerdotes, el poder de las llaves, o sea, la autoridad de cerrar y de abrir, era propia del Sumo Pontífice, y que esa expresión denotaba su autoridad para gobernar la Iglesia, definir un dogma, legislar y dispensar leyes.  Los franciscanos sostuvieron opiniones similares, afirmando que el Papa poseía una ‘clavis scientiae’ y una ‘clavis potentiae’, lo cual fue rechazado por el Papa Juan XXII.

En su tratado ‘De Clavibus Petris’ (Roma, 1660), el Obispo Macedo atribuye a ciertos teólogos y canonistas la opinión de que las llaves denotan la autoridad suprema en los ámbitos civil y eclesiástico, y que Cristo le confirió al Papa por medio de San Pedro la supremacía directa sobre ambos órdenes. Pero los escritores que le atribuyen al Papa sólo una autoridad indirecta en lo que respecta a los gobiernos civiles, encontraron un argumento a favor de sus puntos de vista en este mismo pasaje. Señalaron que fueron las llaves del Reino de los Cielos y no las de los reinos de este mundo las que Cristo concedió a su vicario.

EL PODER DE PERDONAR CONCEDIDO A LA IGLESIA

Las palabras de Jesucristo a los apóstoles: ‘Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos’ (Juan 20:22-23). Esto indica la naturaleza judicial del poder que les confiere de perdonar y de retener los pecados.

El Concilio de Trento definió que la absolución sacramental es eficaz y perdona los pecados, puesto que constituye un discernimiento y sentencia pronunciada por el ministro ordenado, quien ha recibido de Cristo un poder judicial sobre los fieles.

La sentencia de los ministros es autoritativa y eficaz, dado que perdona o retiene los pecados ante Dios. El sentido del vocablo ‘retener’ no es una omisión del perdón, sino una potestad positiva en cuanto a la necesidad de recurrir al tribunal de la misericordia, dado que el pecador puede comenzar un proceso de cambio que torne su situación en el tiempo, en el proceso de conversión cristiana.

El ejercicio del poder judicial absolutorio es la penitencia reúne todos los elementos que entran en la definición de Sacramento:

.- Es un rito sensible ejercido ante el penitente por el ministro consagrado, quien manifiesta sus pecados, y la absolución exterior es de índole indicativa y constituye el signo apto del perdón interior.

.- Confiere la gracia interior, porque la absolución es perdón y causa la remisión de los pecados.

El carácter judicial de la Penitencia expresa la dimensión sacramental del juicio histórico y salvífico del Padre, realizado en Cristo crucificado, que nos obtuvo la salvación para la remisión de los pecados. La absolución constituye una auténtica sentencia de reconciliación que mueve al penitente a la esperanza del perdón. Se celebra la Pasión del Señor de tal modo que el sacerdote manifiesta la misericordia de Dios ante el penitente que es consciente de su pecado. La satisfacción, junto a la contrición por los pecados cometidos y la absolución que dimana del poder de las llaves, es efecto del Sacramento de la Reconciliación y signo del perdón de los pecados.

CONTRICION Y ATRICION

La contrición perfecta proviene de un arrepentimiento informado por la gracia santificante, acompañada por la virtud infusa de la caridad, y que perdona instantáneamente las faltas cometidas. La atrición, en cambio, es un arrepentimiento imperfecto que precede y prepara normalmente la infusión de la gracia santificante.

Si la contrición por sí misma obtiene el perdón de Dios y nos reconcilia con Él, ¿cuál sería el papel de la absolución del sacerdote en nombre de la Iglesia, y cuál sería su eficacia? Al respecto conviene aclarar las diversas posturas que existen:

.- Los primeros escolásticos: A principios del siglo XII se consideraba que la remisión del pecado no se debía sólo a la contrición, puesto que la eficacia de la absolución se debe a la sola contrición, puesto que la eficacia de la absolución consiste en declarar auténticamente el perdón concedido. La remisión del pecado se debe a la sola contrición; el sacerdote solamente declara de modo oficial el perdón concedido por Dios en virtud de la contrición previa a la confesión, con el fin de readmitir al penitente en el seno eclesial.

.- Beato Duns Escoto: Este beato consideró un doble camino para la justificación: la contrición es necesaria fuera del sacramento, y la atrición dentro del sacramento. En el primer caso el hombre queda inmediatamente justificado ante Dios, siendo innecesaria la absolución, o bien, en el segundo lugar, recibe inmediatamente la remisión de los pecados sin exigir una disposición psicológica perfectiva, dispensando al penitente de la contrición. La esencia del Sacramento de la Reconciliación, en sentido estricto, consiste únicamente en la absolución del sacerdote y se reduce a ella por completo.

.- Santo Tomás de Aquino: Para él la justificación tiene siempre un carácter sacramental porque los sacramentos son la prolongación instrumental de la humanidad del Verbo encarnado. Concilia la virtud de la penitencia y el Sacramento de la Reconciliación. Los actos del penitente son la verdadera causa de la remisión de los pecados y de la gracia que se infunde en el alma. Las palabras de absolución del sacerdote constituyen la forma del sacramento que obtienen la gracia y la remisión de los pecados.

A modo de resumen podemos decir que sólo hay un camino para el perdón de los pecados, el cual pasa por la mediación de la Iglesia y por la conversión personal, que es indispensable para la persona que haya pecado mortalmente después del Bautismo. Es necesario resaltar que el sacramento no suple lo que le falta al penitente, sino que le auxilia para que el dolor de la contrición imperfecta o atrición se adapte a la gracia de la contrición que justifica al pecador.

CONCLUSIÓN

Las llaves de San Pedro son un símbolo de la Iglesia Católica y, más específicamente, del Papado. Simbolizan las llaves del Cielo confiadas a Simón Pedro; son de oro y plata para representar el poder de atar y desatar, confirmando lo manifestado bíblicamente por Jesús a Pedro: ‘Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los Cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los Cielos’ (Mateo 16:19).

‘Si en la Iglesia no hubiera remisión de los pecados, no habría ninguna esperanza ni tampoco ninguna expectativa de una vida eterna y de una liberación eterna. ¡Debemos dar gracias a Dios que ha dado a la Iglesia semejante don!’           (San Agustín, Sermón 213,8)

Pedro y el papado: ¿cómo sabemos que Pedro fue el primer papa?

 

Pregunta:

Quisiera saber… acerca de la veracidad de que San Pedro estuvo en Roma y fue el primer papa y cómo podría yo decirles o demostrar que esto es cierto a quienes lo cuestionan.

Respuesta:

Estimada:

1. El Primado de Pedro

a) El dogma

Cristo constituyó al apóstol San Pedro cómo primero entre los apóstoles y como cabeza, visible de toda la Iglesia, confiriéndole inmediata y personalmente el primado de jurisdicción. Para los católicos esto es una verdad de fe.

El concilio Vaticano I definió (cf. Dz 1823) y lo repitió con fuerza el Concilio Vaticano II (Lumen gentium, n.18).

La cabeza invisible de la Iglesia es Cristo glorioso. Pedro hace las veces de Cristo en el gobierno exterior de la Iglesia militante, y es, por tanto, vicario de Cristo en la tierra.

Se oponen a este dogma la Iglesia ortodoxa griega y las sectas orientales, algunos adversarios medievales del papado (Marsilio de Padua y Juan de Jandun, Wicleff y Hus), todos los protestantes, los galicanos y febronianos, los Viejos Católicos (Altkatholiken) y los modernistas. Según la doctrina de los galicanos (E. Richer) y de los febronianos (N. Hontheim), la plenitud del poder espiritual fue concedida por Cristo inmediatamente a toda la Iglesia, y por medio de ésta pasó a San Pedro, de suerte que éste fue el primer ministro de la Iglesia, designado por la Iglesia (‘caput ministeriale’). Según el modernismo, el primado no fue establecido por Cristo, sino que se ha ido formando por las circunstancias externas en la época postapostólica (Dz 2055 s).

b) Fundamento bíblico

Cristo distinguió desde un principio al apóstol San Pedro entre todos los demás apóstoles. Cuando le encontró por primera vez, le anunció que cambiaría su nombre de Simón por el de Cefas = roca: ‘Tú eres Simón, el hijo de Juan [según la Vulgata: de Jonás]; tú serás llamado Cefas (Jn 1,42; cf. Mc 3,16). El nombre de Cefas indica claramente el oficio para el cual le ha destinado el Señor (cf. Mt 16, 18). En todas las menciones de los apóstoles, siempre se cita en primer lugar a Pedro. En Mt se le llama expresamente ‘el primero’ (Mt 10,2). Como, según el tiempo de la elección, Andrés precedía a Pedro, el hecho de aparecer Pedro en primer lugar indica su oficio de primado. Pedro, juntamente con Santiago y Juan, pudo ser testigo de la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5, 37), de la transfiguración (Mt 17, 1) y de la agonía del Huerto (Mt 26, 37). El Señor predica a la multitud desde la barquilla de Pedro (Lc 5, 3), paga por sí mismo y por él el tributo del templo (Mt 17, 27), le exhorta a que, después de su propia conversión, corrobore en la fe a sus hermanos (Lc 22, 32); después de la resurrección se le aparece a él solo antes que a los demás apóstoles (Lc 24, 34; 1 Cor 15, 5).

A San Pedro se le prometió el primado después que hubo confesado solemnemente, en Cesárea de Filipo, la mesianidad de Cristo. Díjole el Señor (Mt 16, 17-19): ‘Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás, porque no es la carne ni la sangre quien eso te ha revelado. sino mi Padre que está en las cielos. Y yo te digo a ti que tú eres Pedro [= Cefas], y sobre esta roca edificaré yo mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares en la tierra será atado en los cielos, y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos’.

Estas palabras se dirigen inmediata y exclusivamente a San Pedro. Ponen ante su vista en tres imágenes la idea del poder supremo en la nueva sociedad que Cristo va a fundar. Pedro dará a esta sociedad la unidad y firmeza inquebrantable que da a una casa el estar asentada sobre roca viva; cf. St 7,24 y siguientes. Pedro ha de ser también el poseedor de las llaves, es decir, el administrador del reino de Dios en la tierra; cf. Is 22,22; Apoc 1,18; 3,7: las llaves son el símbolo del poder y la soberanía. A él le incumbe finalmente atar y desatar, es decir (según la terminología rabínica): lanzar la excomunión o levantarla, o también interpretar la ley en el sentido de que una cosa está permitida (desatada) o no (atada). De acuerdo con Mt 18,18, donde se concede a todos los apóstoles el poder de atar y desatar en el sentido de excomulgar o recibir en la comunidad a los fieles, y teniendo en cuenta la expresión universal (‘cuanto atares… cuanto desatares), no es lícito entender que el pleno poder concedido a San Pedro se limita al poder de enseñar, sino que resulta necesario extenderlo a todo el ámbito del poder de jurisdicción. Dios confirmará en los cielos todas las obligaciones que imponga o suprima San Pedro en la tierra.

Contra todos los intentos por declarar este pasaje (que aparece únicamente en San Mateo) como total o parcialmente interpolado en época posterior resalta su autenticidad de manera que no deja lugar a duda. Asta se halla garantizada, no sólo por la tradición unánime con que aparece en todos los códices y versiones antiguas, sino también por el colorido semítico del texto, que salta bien a la vista. No es posible negar con razones convincentes que estas palabras fueron pronunciadas por el Señor mismo. No es posible mostrar tampoco que se hallen en contradicción con otras enseñanzas y hechos referidos en el Evangelio.

El primado se lo concedió el Señor a Pedro cuando, después de la resurrección, le preguntó tres veces si le amaba y le hizo el siguiente encargo: ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’ (Jn 21,15-17). Estas palabras, lo mismo que las de Mt 16,18s, se refieren inmediata y exclusivamente a San Pedro. Los ‘corderos’ y las ‘ovejas’ representan todo el rebaño de Cristo, es decir, toda la Iglesia; cf. Jn 10. ‘Apacentar’, referido a hombres, significa lo mismo que gobernar (cf. Act 20,28), según la terminología de la antigüedad profana y bíblica. Pedro, por este triple encargo de Cristo, no quedó restaurado en su oficio apostólico (pues no lo había perdido por su negación), sino que recibió el supremo poder gubernativo sobre toda la Iglesia.

Después de la ascensión a los cielos, Pedro ejerció su primado. Desde el primer momento ocupa en la comunidad primitiva un puesto preeminente: Dispone la elección de Matías (Act 1,15ss); es el primero en anunciar, el día de Pentecostés, el mensaje de Cristo, que es el Mesías muerto en la cruz y resucitado (2,14 ss); da testimonio del mensaje de Cristo delante del sanedrín (4,8 ss); recibe en la Iglesia al primer gentil: el centurión Cornelio (10,1 ss); es el primero en hablar en el concilio de los apóstoles (15,17 ss); San Pablo marcha a Jerusalén ‘para conocer a Cefas’ (Gal 1,18).

c) El testimonio de los padres de la Iglesia.

Los padres, de acuerdo con la promesa bíblica del primado, dan testimonio de que la Iglesia está edificada sobre Pedro y reconocen la primacía de éste sobre todos los demás apóstoles. TERTULIANO dice de la Iglesia: ‘Fue edificada sobre él’ (De monog. 8). SAN CIPRIANO dice, refiriéndose a Mt 16,18s: ‘Sobre uno edifica la Iglesia’ (De unit. eccl. 4). CLEMENTE DE ALEJANDRÍA llama a San Pedro ‘el elegido, el escogido, el primero entre los discípulos, el único por el cual, además de por sí mismo, pagó tributo el Señor’ (Quis dives salvetur 21,4). SAN CIRILO DE JERUSALÉN le llama ‘el sumo y príncipe de los apóstoles’ (Cat. 2, 19). Según SAN LEÓN MAGNO, ‘Pedro fue el único escogido entre todo el mundo para ser la cabeza de todos los pueblos llamados, de todos los apóstoles y de todos los padres de la Iglesia’ (Sermo 4,2).

En su lucha contra el arrianismo, muchos padres interpretan la roca sobre la cual el Señor edificó su Iglesia como la fe en la divinidad de Cristo, que San Pedro confesara, pero sin excluir por eso la relación de esa fe con la persona de Pedro, relación que se indica claramente en el texto sagrado. La fe de Pedro fue la razón de que Cristo le destinara para ser fundamento sobre el cual habría de edificar su Iglesia.

2. Pedro y Obispo de Roma y Primer Papa

Una antigua tradición basada en los anales de la Iglesia y de la Arqueología romana nos indica que Pedro muere en Roma, donde fue Obispo. Este es el origen de la Preeminencia del Obispo de Roma sobre los demás Obispos sucesores de los Apóstoles.

Tiene fundamento escriturístico en el texto de 1Pe 5,13: ‘La Iglesia que está en la Babilonia, elegida juntamente con vosotros, y Marcos mi hijo, os saludan’.

La expresión ‘Babilonia’ se refiere a Roma, como notan todos los exégetas: ‘casi todos los autores antiguos y la mayor parte de los modernos ven designada en esta expresión a la Iglesia de Roma… El nombre de Babilonia era de uso corriente entre los judíos cristianos para designar la Roma pagana. Así es llamada también en el Apocalipsis (14,8; 16,19; 17,15; 18,2.10), en los libros apócrifos y en la literatura rabínica. La Babilonia del Eúfrates, que en tiempo de San Pedro era un montón de ruinas, y la Babilonia de Egipto, pequeña estación militar, han de ser excluidas’ (José Salguero, O.P., Biblia Comentada, tomo VII, BAC, Madrid 1965, p. 145).

Esto lo reconocen incluso los autores protestantes serios. Por ejemplo, Keneth Scott Laturet, prestigioso historiador, escribe en su libro ‘Historia de la Iglesia’ (Tomo I, p. 112, Ed. Casa Bautista de Publicaciones) dice: ‘Pedro viajaba, porque sabemos estuvo en Antioquía, y lo que parece una tradición digna de confianza, sabemos que estuvo en Roma y allí murió’.

La Enciclopedia Británica, tomo IX, p. 123 da la referencia de todos los Obispos de Roma comenzando por San Pedro y terminando por Juan Pablo II, 264 Obispos en sucesión ininterrumpida.

La ‘New American Encyclopedia’ dice en su sección sobre los Papas ‘Cuando San Pedro dejó Jerusalén vivió por un tiempo en Antioquia antes de viajar a Roma donde ejerció como Primado’.

Muy fuerte es también el testimonio de la tradición que manifiesta la enorme importancia que tuvieron los primeros Obispos de Roma sobre la naciente Cristiandad, justamente por ser sucesores de Pedro. Así, por ejemplo, en el año 96, o sea 63 años después de la muerte de Cristo, ante un grave conflicto en la comunidad de Corintios, quien tomó cartas par poner orden fue el Obispo de Roma, el Papa Clemente, y esto a pesar de que en ese tiempo todavía vivía el Apóstol Juan en la cercana ciudad griega de Éfeso. Sin embargo fue una carta de Clemente la que solucionó el problema y aun doscientos años después de este hecho se leía esta carta en esa Iglesia. Esto solo es explicable por la autoridad del sucesor de Pedro en la primitiva Iglesia.

Ireneo, Obispo de Lyon, y Padre de la Iglesia de la segunda generación después de los Apóstoles escribía pocos años después: ‘Pudiera darles si hubiera habido espacio las listas de Obispos de todas las Iglesias, mas escojo solo la línea de la sucesión de los Obispos de Roma fundada sobre Pedro y Pablo hasta el duodécimo sucesor hoy’.

Según el primer historiador de la Iglesia, Eusebio de Cesárea (año 312), esta sucesión es una señal y una seguridad de que el Evangelio ha sido conservado y transmitido por la Iglesia Católica.

P. Miguel A. Fuentes, IVE