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4 ocasiones en las que Dios mandó hacer imágenes

Por: Editor de ChurchPOP

Si tenemos entre nuestros familiares o amigos cercanos a algún protestante, lo más probable es que alguna vez nos haya dicho que los católicos hacemos mal en tener tantas imágenes. Es normal que, con la mejor intención del mundo pero con mucho desconocimiento de las escrituras, esta persona nos haya mostrado aquél famoso pasaje en el que Dios “prohíbe” la construcción de imágenes:imagenes-arca-700x438

“No te harás ninguna escultura y ninguna imagen de lo que hay arriba, en el cielo, o abajo, en la tierra, o debajo de la tierra, en las aguas. No te postrarás ante ellas, ni les rendirás culto, porque yo soy el Señor, tu Dios, un Dios celoso, que castigo la maldad de los padres en los hijos, hasta la tercera y cuarta generación, si ellos me aborrecen”. Éxodo 20, 4-5

Sobre este pasaje volveremos más tarde, ya que quisiéramos centrarnos en un dato curioso que los protestantes suelen pasar por alto: ¡Dios mandó hacer imágenes!

He aquí 4 ocasiones en las que Dios mandó a hacer imágenes:


1) Éxodo 25, 16-22

“En el arca pondrás las tablas del Testimonio que yo te daré. También harás una tapa de oro puro, de ciento veinticinco centímetros de largo por setenta y cinco de ancho, y en sus dos extremos forjarás a martillo dos querubines de oro macizo. El primer querubín estará en un extremo y el segundo en el otro, y los harás de tal manera que formen una sola pieza con la tapa. Ellos tendrán las alas extendidas hacia arriba, cubriendo con ellas la tapa; y estarán uno frente a otro, con sus rostros vueltos hacia ella. Después colocarás la tapa sobre la parte superior del arca, y en ella pondrás las tablas del Testimonio que yo te daré. Allí me encontraré contigo, y desde allí desde el espacio que está en medio de los dos querubines, yo te comunicaré mis órdenes para que se las transmitas a los israelitas“.

2) Números 21, 8-9

“Y el Señor le dijo: ‘Fabrica una serpiente abrasadora y colócala sobre un asta. Y todo el que haya sido mordido, al mirarla, quedará curado’. Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso sobre un asta. Y cuando alguien era mordido por una serpiente, miraba hacia la serpiente de bronce y quedaba curado”.
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3) 1 de Reyes 6, 23-27

En el lugar santísimo hizo dos querubines de madera de olivo; cada uno medía cinco metros de altura. Las alas de primer querubín medían dos metros y medio cada una, de manera que había cinco metros desde el extremo de una de sus alas hasta el extremo de la otra. El segundo querubín medía también cinco metros; los dos querubines tenían la misma dimensión y la misma forma: uno y otro medían cinco metros de altura. Salomón puso los querubines en medio del recinto interior. Estos tenían las alas desplegadas: un ala del primer querubín tocaba el muro y un ala del segundo tocaba el muro opuesto; y las alas extendidas hacia el centro de la Casa se tocaban una con otra”.

4) 1 de Reyes 7, 28-30

“Estaban hechos de la siguiente manera: tenían unos paneles encuadrados en un armazón; sobre esos paneles había figuras de leones, de toros y de querubines, y lo mismo sobre el armazón. Tanto arriba como abajo de los leones y toros había unos adornos en bajorrelieve. Cada soporte tenía cuatro ruedas de bronce, con ejes también de bronce, y refuerzos en sus cuatro patas. Estos refuerzos estaban fundidos debajo de los recipientes de agua, sobre el lado opuesto a los bajorrelieves”.

 

Entonces… ¿qué hay del famoso pasaje de Éxodo 20, 4-5?

Dicen que un texto fuera de contexto es un pretexto. Así que analicemos el contexto de ese pasaje.
En primer lugar notemos que esta supuesta prohibición está en el capítulo 20 de Éxodo; sin embargo, 5 capítulos después vemos a Dios mandando a construir querubines de oro. ¿Se dieron cuenta? El mismo Dios que en un principio supuestamente prohibió construir imágenes de lo que hay “arriba en el cielo” ahora manda a hacer estatuas de querubines, criaturas del cielo. Eso se debe a que cuando Dios en un principio prohíbe lo de las imágenes, lo hace con un fin: Él conocía que el pueblo al que se dirigía podría construir una imagen y decir ‘esta imagen es mi dios’. De hecho, eso ocurrió con Israel; construyeron un becerro de oro para adorarlo y dijeron Este es tu Dios, Israel, el que te hizo salir de Egipto‘. (Éxodo 35, 4). ¡Qué terrible!

En cambio, las imágenes que Dios mandó construir, así como las imágenes que los católicos usamos en nuestras Iglesias, sirven para el culto pero nunca serán consideradas dioses.
Hasta la imagen más hermosa de nuestro Señor siempre será una representación y nunca Dios mismo.

 

¿Podemos tener imágenes los cristianos católicos ?

¿Podemos tener imágenes?

Queridos hermanos católicos:

Cuántas veces hemos escuchado esta acusación de parte de nuestros hermanos evangélicos: «Los católicos hacen imágenes para adorarlas, mientras que la Biblia lo tiene estrictamente prohibido».

Muchos hermanos nuestros católicos no saben qué contestar, otros se dejan influenciar fácilmente por estas verdades a medias y algunos sienten la tentación de botar las imágenes de las capillas.

Les quiero aclarar este tema acerca de las imágenes, pero con la Biblia en la mano. Antes que nada, debemos hacer una clara distinción entre una imagen, un cuadro, un adorno religioso y un ídolo, que es «la imagen de un falso dios». La Biblia sí que rechaza enérgicamente el culto de adoración a los ídolos (falsos dioses), pero la Biblia nunca ha rechazado las imágenes como signos religiosos.

¿Qué es un ídolo según la Biblia?

Muchos años antes de Jesús, en tiempo de Moisés, Dios comenzó a formar a su pueblo elegido, el pueblo de Israel. Era gente muy primitiva que Dios había sacado del politeísmo para llevarla al monoteísmo. Todos estos pueblos antiguos tenían infinidad de dioses, los que adoraban y representaban a través de imágenes de baales, que tenían la forma de un toro, de un león o de otros animales. A esas imágenes, el pueblo de Moisés las llamaba «ídolos» o falsos dioses. La gente de aquel tiempo pensaba que estas imágenes tenían un poder mágico o una fuerza milagrosa. En el fondo estos ídolos eran representaciones de poderes o vicios del hombre mismo. Por ejemplo la imagen del becerro de oro que aparece en Exodo 32, era la expresión de la fuerza bruta de la naturaleza. También podía representar la encarnación del poder sexual desorientado y vicioso. Y el oro del becerro significaba el poder de la riqueza que explota y aplasta al hombre, es decir, el hombre con sus vicios, representados en el becerro de oro, quiere ser dios y no quiere dejar lugar al único y verdadero Dios.

Dios llamó al pueblo hebreo a avanzar por la senda del monoteísmo, dejando atrás los ídolos y dando adoración al verdadero Dios. Pero los israelitas de aquel tiempo atraídos por las prácticas de los pueblos paganos querían, a veces, volver al politeísmo y a la adoración de ídolos. Entonces Moisés, inspirado por Yavé-Dios les prohibió estrictamente hacer estos ídolos: «No tengas otros dioses fuera de mí, no te hagas estatua, ni imagen alguna de lo que hay en el cielo ni en la tierra ni te postres ante esos «ídolos», no les des culto».

Queridos hermanos, estos textos bíblicos son muy claros en su prohibición de hacer imágenes o estatuas de falsos dioses. Pero otra cosa muy distinta es aplicar estos textos a las imágenes como adornos o signos religiosos. Estos signos (imágenes) nunca han sido prohibidos por Dios ni por la Biblia.

Textos aclaratorios:

La Sagrada Escritura siempre hace la distinción entre imágenes como «ídolos» e imágenes como «adornos o signos religiosos». Leamos algunos textos en los cuales Dios mismo manda a Moisés hacer imágenes como símbolos religiosos: «Harán dos querubines de oro macizo, labrados a martillo y los pondrán en las extremidades del lugar del perdón, uno a cada lado… Allí me encontraré contigo y te hablaré desde el lugar del perdón, desde en medio de los querubines puestos sobre el arca del Testimonio…» (Ex. 25,18-22). Estos dos querubines parecidos a imágenes de ángeles, eran adornos religiosos para el lugar más sagrado del templo. Pues bien, estas imágenes, hechas por manos de hombres, estaban en el templo, en el lugar más sagrado y nunca fueron consideradas como ídolos, sino todo lo contrario, el mismo Dios ordenó construirlos.

Leamos otro texto del A. T.: Números 21, 8-9. Ahí se nos narra como en aquel tiempo los israelitas murmuraban contra Dios y contra Moisés. Entonces Dios mandó contra el pueblo serpientes venenosas que los mordían, de modo que murió mucha gente.

Moisés intercedió por el pueblo y Dios le respondió: «Haz una serpiente de bronce, ponla en un palo y todo el que la mire se salvará». Nos damos cuenta otra vez de que esta serpiente de bronce era una imagen hecha por manos de hombre, pero no para adorar, sino que era un «signo religioso» para invocar a Dios con fe.

Hay otros textos en la Biblia que nos hacen ver que en el templo de Jerusalén había varias imágenes o esculturas que no fueron prohibidas, menos aun consideradas como ídolos. Dice el Salmo 74, 4-5: «Tus enemigos rugieron dentro de tu santuario como leñadores en el bosque, derribaron con hacha las columnas y esculturas en el templo». Eso significa que en el templo de Jerusalén había también esculturas o imágenes.

Queridos hermanos católicos, esas indicaciones de la Biblia son suficientes para decir que la Biblia, sí, prohíbe la fabricación de imágenes como dioses falsos, (ídolos) pero nunca ha prohibido las imágenes o esculturas como adornos religiosos. Que nadie entonces los venga a molestar por tener una imagen o adorno en su templo o en su casa. Es por falta de conocimientos bíblicos, o por mala voluntad, que los hermanos evangélicos les meten estas cosas en la cabeza.

Las imágenes en nuestra vida diaria.

Ahora bien, hermanos, en nuestros tiempos vemos por todos lados imágenes y estatuas. Cada país tiene sus propios símbolos patrios y estatuas a sus héroes.

En nuestras casas tenemos cuadros que representan la imagen de alguna persona. Tengo en mi velador, por ejemplo, una foto de mi madre que ya está en el cielo; y contemplando esta foto me acuerdo de ella. Incluso puedo colocar esta foto en un lugar bien bonito y adornarlo con una flor y una velita… Y si alguien viene a mi casa a visitarme y me dice, refiriéndose a la foto: «Qué mono más feo», por supuesto que me siento muy ofendido. Así también tenemos cuadros e imágenes en nuestras capillas que representan algunas personas religiosas, como la Virgen María, la Madre de Jesús, algún santo patrono de nuestros pueblos. Y ningún católico va a pensar que estas imágenes son ídolos o falsos dioses. Estas imágenes simplemente nos hacen pensar en el mismo Jesús o en tal o cual santo que está en la presencia de Dios y nos ayudan a pensar en la belleza de Dios.

La Iglesia Católica acepta el respeto y la veneración a estas imágenes en nuestros templos, pero nunca ha enseñado la adoración a una imagen. A veces, dicen los hermanos de otra religión que nosotros adoramos a las imágenes. Están muy, pero muy equivocados y debemos, eso sí, perdonarles sus expresiones.

La Iglesia Católica acepta que guardemos imágenes o cuadros en nuestros templos siempre que no sea en forma exagerada. ¿Qué quiero decir con ello? Quiero decir que a veces nuestras iglesias parecen una exposición de santos y en algún caso están tan mal colocados, que no hay espacio ni para la imagen de Cristo. Ahí sí que exageramos. Por eso el Concilio Vaticano pidió que no se repitiera más de una imagen por cada santo y que el lugar central de la Iglesia, a ser posible, esté reservado siempre para la imagen de Cristo.

Está claro, entonces, que nunca podemos dar culto de adoración a una imagen, nunca podemos ponernos de rodillas delante de una imagen para adorarla, pero sí podemos ponernos de rodillas ante una imagen para pedir perdón por nues-tros pecados y para suplicar que el santo interceda ante Dios por nosotros.

En todas estas discusiones, hermanos míos, guardemos el amor. ¿Quién eres tu para juzgar a tú hermano? (Stgo. 4, 12). Cada uno puede arrodillarse en cualquier parte para invocar a Dios, en el patio de su casa, en el campo. En la noche antes de acostarse uno puede arrodillarse delante de un crucifijo para así hablar con Dios. A veces hay gente que piensa que tal imagen es milagrosa y le atribuyen un poder mágico. Debemos corregir estas actitudes y explicarles que sólo Dios hace mila-gros. Por supuesto aceptamos que Dios puede actuar por intercesión de los santos.

Hermanos: no aplastemos la fe de nuestros hermanos que tal vez tienen poca formación cristiana, no critiquemos y no hablemos mal de otros. Ofender al hermano es un pecado muy grave. Es triste constatar el lenguaje ofensivo de nuestros hermanos evangélicos hacia los católicos. Tratemos de devolver bien por mal.

Martín Lutero, el fundador del protestantismo y de las iglesias evangélicas, nunca rechazó las imágenes, todo lo contrario él dijo que las imágenes eran «el Evangelio de los pobres». ¿A quién de nosotros no le gusta contemplar un lindo cuadro o una hermosa imagen? Muchas veces mirando un cuadro o una imagen podemos más fácilmente entrar en oración y en un profundo contacto con Dios. ¿Quién puede negar por ejemplo la belleza de la Piedad de Miguel Angel? Pues bien, según los evangélicos habría que destruirla porque va contra la Biblia ¡Qué disparate tan grande! Ello es hacer decir a la Biblia lo que nunca la Biblia ha dicho. Ello es una distorsión de lo que Dios nos quiere decir en la Biblia. Una regla de oro para interpretar la Biblia es mirar siempre el contexto de una frase y no aferrarse a la letra, porque en este caso, sin el contexto, hasta se puede hacer decir a la Biblia que «Dios no existe» porque la Biblia pone esta frase en labios del tonto (Sal. 10, 4).

Los falsos dioses o ídolos de este mundo moderno.

Hermanos, los ídolos o falsos dioses de este mundo moderno no están en los templos, sino que son poderes que dominan al hombre moderno por dentro. Son poderes falsos que destruyen las buenas relaciones con el prójimo y con Dios. Estos ídolos modernos están a veces en nuestras calles, en nuestras instituciones, en nuestras comunidades y familias. Esta es la idolatría que hemos de desterrar.

Pienso, por ejemplo, en el falso dios del poder y de la dominación que quiere aplastar tu libertad y engañar pueblos enteros; en el falso dios «poder» que provoca guerras y matanzas de gente inocente. Este es el «ídolo» moderno que se pasea por el mundo. Pienso en el falso dios «dinero» que domina tu corazón, que comienza con mentiras, engaños, robos, tráfico de drogas etc. y que pareciera que en nombre de este dios dinero todo está permitido. Pienso en el falso dios del sexo desorientado, en el dios que destruye la unión familiar, en el dios de la pasión que engaña al hombre y a la mujer, es el falso dios que deja los niños desamparados, en el falso dios que destruye el verdadero amor y que se resiste a servir a una comunidad.

El lugar desde donde estos falsos dioses comienzan a brotar está en nuestro corazón. Es el demonio mismo que quiere destruir nuestro corazón como templo de Dios. Y mucha gente entre nosotros, sin darse cuenta, está bajo el poder de estos falsos dioses y no dan lugar en su corazón al único y verdadero Dios del amor.

Hermanos, no debemos buscar ídolos o falsos dioses en cosas de madera o de yeso, en imágenes o cuadros, sino en nuestro corazón. Si volviera ahora Moisés a nosotros, no se referiría a las imágenes ya que hoy no está el peligro de la idola-tría, sino que gritaría: «No te hagas falsos dioses dentro de tu corazón, destruye los vicios fuente de toda idolatría». Esto es lo que ya hicieron los profetas que vinieron después de Moisés.

Los primeros misioneros que evangelizaron América Latina trajeron de España y del Perú numerosas imágenes del Señor, de la Virgen y de los santos. Son imágenes religiosas cargadas de historia que penetraron hondamente en el alma de nuestro pueblo y que aparte de su valor escultórico tienen el mérito de que ante ellas oraron nuestros antepasados. Y cada capilla tiene las imágenes de sus patronos. Todas ellas nos recuerdan los misterios centrales de la encarnación e ilustran de alguna manera la Historia de la Salvación realizada por Dios a favor nuestro.

Así que cuando lleguen los evangélicos a las puerta de sus casas y les digan que los católicos somos unos idólatras porque adoramos las imágenes ya saben qué contestarles. Díganles que no es correcto sacar frases de la Biblia fuera de su con-texto para hacer decir a la Biblia lo que nunca dijo. Y que la Biblia nunca ha prohibido las imágenes como adornos religiosos.

Finalmente hay que tener presente que en el A. T. no podía representarse a Dios porque el Verbo no había tomado cuerpo ni forma humana. Pero en el N. T. es distinto. Con la Encarnación, el Verbo Dios tomó forma humana y si El mismo se hizo hombre hace dos mil años y nos mandó guardar su memoria es que quiere que nosotros lo representemos así, como hombre, para recordar que «el Verbo se encarnó y habitó entre nosotros». Y si representarlo en una pintura o en una imagen ayuda a recordar su memoria ¿qué de malo hay en ello?

Pero por sobre todo hay que entender la evolución gradual que hay entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Algunas sectas dan la impresión que quedaron petrificadas en el Antiguo Testamento y sólo por ignorancia o mala voluntad pueden decir lo que dicen. Es decir, se aferran de textos aislados, los sacan de su verdadero contexto, y confunden a los no iniciados en la Biblia. Y aquí le viene recordar que el mismo Jesús confirmó esta progresiva evolución entre el Antiguo y el Nuevo Testamento cuando dijo: «Antes se les dijo… ahora les digo».

Cuestionario

  1. ¿Qué es lo que prohíbe la Biblia referente a las imágenes?
  2. ¿Prohíbe las imágenes de falsos dioses?
  3. ¿Prohíbe las imágenes como objetos de adorno o de veneración?
  4. ¿Qué mandó construir Dios a Moisés?
  5. ¿Había esculturas en el templo de Jerusalén?
  6. ¿Qué habría que hacer, según los evangélicos, con todas las imágenes, incluida la famosa Piedad de Miguel Ángel?
  7. ¿Cuáles son los ídolos de hoy?
  8. ¿Cómo fustigaría hoy Moisés a los ídolos modernos?

IMAGENES E ICONOS EN LA IGLESIA

IMAGENES E ICONOS EN LA IGLESIA

 

En la actitud de la Iglesia primitiva frente a las imágenes hay que hacer una distinción que no siempre se tiene en cuenta: el uso y el culto.

El uso precedió al culto. El uso de imágenes apareció muy pronto en las comunidades cristianas primitivas, como lo atestiguan las catacumbas romanas y el baptisterio y la iglesia de Dura Europas (Irak) (ciudad que fue destruida en el año 256).

El  culto a las imágenes se implantó más lentamente entre los cristianos; sin duda por la prohibición explícita del Antiguo Testamento: «No te harás escultura ni imagen alguna de lo que hay arriba en el cielo, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas bajo la tierra. Ni te postrarás ante ellas, ni les darás culto, porque yo, Yahvé, tu Dios, soy un Dios celoso» (Ex 20,4s). Sin embargo, esta prohibición tan tajante no hay que entenderla de un modo absoluto porque, de hecho, en lo más santo de Israel, el arca de la alianza, había unos querubines: «Harás además dos querubines de oro […] en los dos extremos del propiciatorio» (Ex 25,18; cf. Ez 41,18-20). También se puede considerar como una imagen la serpiente de bronce levantada por Moisés en el desierto (Núm. 21,8s).

El descubrimiento de la sinagoga de Dura Europos, bellamente decorada con escenas del Antiguo Testamento, demuestra que, en la práctica, los judíos no eran tan ajenos al uso de imágenes, aunque el caso de esta sinagoga es verdaderamente excepcional.
En los primeros siglos cristianos no faltaron algunas voces contrarias al uso de las imágenes, apoyándose precisamente en la prohibición del Antiguo Testamento. Sobresalen Tertuliano (De spectaculis 23,5: Dios, absoluta verdad, tiene que ser forzosamente refractario a la falsedad). Pero Tertuliano, después de haber pasado al montanismo, dice que los católicos tienen cálices con la figura grabada del Buen Pastor. También Clemente de Alejandría (Stromata VIl,5,28: Dios no puede ser circunscrito), Minucio Félix y Orígenes, quien rechazaba la argumentación de los paganos para representar a Dios en imágenes, alegando que el honor debido a la imagen va dirigido a su prototipo (Contra Celsum VI,14). Y, especialmente, el Concilio de Elvira, cuyo canon 36 prohíbe expresamente la presencia de pinturas en las iglesias: «Se dispuso que no debe haber pinturas en las iglesias, para que lo que se venera y se adora no se pinte en las paredes».
Eusebio de Cesárea ve en las imágenes un peligro de idolatría o, cuando menos, un claro influjo del paganismo: «… hemos indagado que se conservan pintadas en cuadros las imágenes de los apóstoles Pablo y Pedro, e incluso del mismo Cristo, cosa natural, pues los antiguos tenían por costumbre honrarlos de este modo, sin miramiento, como salvadores, según el uso pagano vigente entre ellos» (Historia eclesiástica VIl,18,4). La emperatriz Constancia, hermana de Constantino y esposa de Licinio, desea conseguir una imagen de Cristo; y Eusebio se niega a proporcionársela alegando que «ahora la forma humana de Cristo ha sido divinizada, de modo que, en adelante, ya no puede ser representada» (ibid).

Después de la paz de la Iglesia (313), con la progresiva desaparición del paganismo, el peligro de idolatría se hace cada vez más remoto; y, por consiguiente, el uso de imágenes se difunde sin problemas por todas las comunidades cristianas. El Concilio de Nicea le atribuye a san Basilio esta expresión: «el honor debido a la imagen va dirigido a su prototipo»; pero esta frase está sacada de su contexto, puesto que no se refiere en modo alguno al culto de las imágenes, sino a la teología de la imagen de Dios (De Spiritu Sancto, XVIll,45).
Todavía a finales del siglo IV o principios del V, san Epifanio de Salamina decía que las pinturas o imágenes de Cristo «van contra nuestra religión» (citado por San Jerónimo, Epist. 51).

El culto a las imágenes en la Iglesia primitiva
A comienzos del siglo V, en contra de la opinión y praxis de san Epifanio, muchos Santos Padres se refieren ya a las imágenes sin manifestar ningún rechazo hacia ellas. El culto de las imágenes empieza por la cruz. Y no sólo el madero de la cruz de Jesús descubierto por santa Elena, que es venerado como una reliquia auténtica, sino el signo de la cruz propiamente dicho, que empieza a multiplicarse: Prudencio habla de la cruz que los emperadores llevan sobre la corona (Apotheosis 448); y Teodoreto de Ciro habla de la veneración del signo, no de la reliquia de la cruz (Graec. Af. Curatio IV). Pero todos los testimonios de imágenes pintadas, de este tiempo, se refieren más al uso que al culto.
Los testimonios que garantizan la existencia del culto de las imágenes de Cristo, de la Virgen y de los santos son más bien escasos hasta el siglo VI. A finales de esta centuria, Leoncio, obispo de Neápolis (Chipre), defiende a los cristianos contra las acusaciones de los judíos, que los tachaban de idólatras por el culto que tributaban a las imágenes; y él fue quien trazó las primeras líneas de una teología del culto a la cruz y a las imágenes (Discurso 50).
San Gregorio Magno (+ 604) corrige a Sereno, obispo de Marsella, el cual había destruido algunas imágenes por miedo a que el pueblo cayese en la idolatría. Se puede afirmar que fue este papa quien explicitó definitivamente la doctrina ortodoxa relativa al culto de las imágenes cuando afirmaba: «Una cosa es adorar las imágenes, y otra distinta venir en conocimiento, por medio de ellas, de lo que se ha de adorar. Lo que la Escritura es para el lector, eso mismo es la imagen para quienes no saben leer. No cabe duda de que no es desacertado elevarse por lo visible a lo invisible» (Epist. 11).
San Gregorio de Nisa ya había llamado a las imágenes la Biblia de los pobres y de los ignorantes. San Basilio atribuía a la pintura la misma función que a la palabra: la pintura, es decir, las imágenes, hacen visible, a través de la imitación, cuanto el discurso manifiesta a través del oído (PO 31,524). Las imágenes son como un libro abierto que estimula al deseo de las realidades espirituales. Por eso, él prefería que las basílicas fuesen decoradas con escenas bíblicas y alegóricas. San Nilo aconseja al emperador Olimpiodoro que, en vez de pinturas simplemente ornamentales de animales y plantas, pinte escenas del Antiguo y Nuevo Testamento que sean aptas, a la vez, para instruir a los analfabetos y para transmitirles deseos del cielo.

Pero, por encima de todos los Padres de la Iglesia oriental, fue san Juan Damasceno quien, siguiendo el pensamiento de la Iglesia occidental, mejor planteó el tema de la veneración de las imágenes: «Hubo un tiempo en que no se hacía imagen alguna de Dios, dado que él existe sin cuerpo ni figura. Ahora, en cambio, después de haberse manifestado en la carne y de haber vivido con los hombres, hago objeto de imagen cuanto de Dios es visible. No adoro la materia, sino al creador de la materia… No dejaré de honrar la materia que sirvió de instrumento para procurarme la salvación» Orat. I.
Según san Juan Damasceno, las imágenes perpetúan de algún modo la potencia divina, presente en los santos cuando estos vivían en la tierra: «Durante la vida, los santos estaban llenos del Espíritu Santo, y en la muerte, la gracia del Espíritu Santo perdura inseparable en sus almas, en sus cuerpos, en los sepulcros y en las santas imágenes que los representan, no, por cierto, en el plano de la esencia, sino en aquel de la gracia y de la acción» (ibid).
El iconoclasmo
A lo largo del siglo VII, el culto a las imágenes emprendió una marcha triunfal en la devoción de las gentes sencillas, favoreciendo así las leyendas e incluso la milagrería. Fue por entonces cuando empezaron a aparecer imágenes de Cristo no pintadas por mano de hombre (akeiropoieta), imágenes de la Virgen atribuidas a san Lucas, imágenes caídas del cielo; imágenes que derramaban sangre, que defendían contra las enfermedades…
Quizá por esa especie de fanatismo surgieron de nuevo algunas voces contra las imágenes. Había incluso regiones enteras, como Armenia, que eran hostiles a las imágenes; y no precisamente entre los herejes, especialmente los monofisitas, y sectarios, como los paulicianos, sino también entre obispos plenamente ortodoxos.

El origen de la iconoclastia parece que no estuvo tanto en el emperador León III el Isáurico, cuanto en algunos obispos del Asia Menor, entre los que sobresalieron Constantino de Nacoeo, el metropolita Tomás de Claudiópolis, y el también metropolita Teodoro de Éfeso. Estos obispos, antes de que brotase la contienda del iconoclasmo, habían pedido al patriarca Germán de Constantinopla, no sólo que moderara, sino incluso que reprimiera el culto a las imágenes.
No se puede decir con exactitud cuándo empezó el verdadero culto a las imágenes; pero tuvo que ser, más o menos, a finales del siglo VII, porque el Concilio Trulano o Quinisexto (692) promulgó tres cánones sobre el culto de las imágenes: el canon 73 se refiere a la veneración de la cruz; el 82 pide que se sustituyan las representaciones simbólicas y alegóricas de Cristo, por ejemplo el Cordero, por figuras humanas; y el 100 da normas concretas sobre la decencia en el arte sacro.
San Juan Damasceno fue el adversario más demoledor de los iconoclastas, porque, según éstos, la trascendencia divina, es decir, la esfera de lo sagrado, es absolutamente intangible; en cambio, según el Damasceno, la imagen va unida a la presencia viva y actual del evento narrado.
El decreto dogmático del Concilio II de Nicea
El Concilio II de Nicea fue convocado en el año 787 por la emperatriz Irene, regente durante la minoría de edad de su hijo Constantino IV (780-790), la cual había permanecido fiel, aunque en secreto, al culto de las imágenes. El papa Adriano I (772-795), invitado por la emperatriz al Concilio, no asistió personalmente, pero envió, como era costumbre, sus legados: Pedro, arcipreste de la basílica de San Pedro, y el abad Pedro, del monasterio de San Sabas.
Después de muchas dificultades provocadas por los obispos iconoclastas, que pretendían boicotear el Concilio, los Padres conciliares, juntamente con la emperatriz Irene y su hijo Constantino IV, firmaron las actas del concilio, en las que figura el siguiente decreto dogmático que había sido aprobado en la sesión VI (13.10.787): «Siguiendo el camino real, fieles al magisterio divinamente inspirado de nuestros Santos Padres y a la tradición de la Iglesia católica, pues la reconocemos ser del Espíritu Santo que habita en ella, definimos con todo esmero y diligencia que, como la de la preciosa y edificante Cruz, así también hay que exhibir las venerables y santas imágenes, tanto las de colores como las de mosaicos o de otras materias convenientes, en las santas iglesias de Dios, en los vasos y vestidos sagrados y en los muros y tablas, en las casas y en los caminos; a saber, tanto la imagen de Nuestro Señor Dios y Salvador Jesucristo, como la de nuestra Inmaculada Señora, la Santa Madre de Dios, y las de los honorables ángeles y de todos los santos y piadosos varones.
Porque cuanto más se las contempla en una reproducción figurada, tanto más los que las miran se sienten estimulados al recuerdo y afición de los representados, a besarlas y a rendirles el homenaje de la veneración (Proskinesis timetiké), aunque sin testificarle adoración (latría), la cual compete sólo a la naturaleza divina: de manera que a ellas (las imágenes) como a la figura de la preciosa y vivificante Cruz, a los santos evangelios y a las demás ofrendas sagradas, les corresponde el honor del incienso y de las luces, según la piadosa costumbre de los mayores, ya que el honor tributado a la imagen se refiere al representado en ella, y quien venera una imagen venera en ella a la persona representada» (Denzinger 600-601).
San Basilio asimilaba ontológicamente la imagen a la Palabra divina; y le brindó al Concilio II de Nicea la fórmula teológica: «La adoración de la imagen pasa a quien está pintado. Sea por el pensamiento en las palabras de la Escritura, sea por la representación del icono…, nosotros recordamos los prototipos (sus modelos vivientes) y somos introducidos al Iado de ellos».
Después de la victoria del culto a las imágenes, un sínodo de Constantinopla (860) sentenció en el siguiente decreto: «Lo que el Evangelio nos dice con palabras, el icono lo hace con colores y lo hace presente».
El Concilio Niceno II (787) acalló definitivamente todas las voces contrarias al culto de las imágenes; pero no logró acabar con las de algunas sectas, por ejemplo los paulicianos, los cuales encontrarán bastantes adeptos en la Edad Media, tales como Pedro y Enrique de Bruys, y posteriormente Wyclif, Juan Hus y los reformadores protestantes, en general, y muy especialmente Calvino. Contra todos ellos el Concilio de Trento proclamó de nuevo la legitimidad del culto a las imágenes.

el autor es Jesús Álvarez Gómez nació en San Pedro de Trones (León) en 1934.. Se graduó doctor en Historia de la Iglesia por la Universidad Gregoriana (Roma) y es profesor de Arqueología cristiana en la Facultad de Teología “San Dámaso” de Madrid. Entre sus numerosas publicaciones cabe destacar Historia de la Vida Religiosa (3 vols).