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MARÍA ES LA MADRE DE DIOS

MARÍA ES LA MADRE DE DIOS


Es sorprendente que tantos no católicos tengan problemas con el título “María, madre de Dios”. Ellos admiten que María es la madre de Jesús, pero sostienen que ella no debe ser considerada “madre de Dios”. Los protestantes que sostienen que María no es la madre de Dios, no parecen darse cuenta que no es lógicamente consistente creer que Jesús es Dios y negar que María es la madre de Dios. En realidad esa posición niega la divinidad de Jesucristo, quien es una persona divina con dos naturalezas.

Hecho: Jesucristo es Dios. La Biblia lo enseña en muchos lugares (Juan 1, 1; Juan 20, 28; Juan 8, 58; Isaías 9, 6; etc.).
Hecho: María es la madre de Jesús. La Biblia lo enseña en muchos lugares (Lucas 1, 31; Mateo 1, 25, etc.).
Conclusión innegable: María es la madre de Dios.

Lucas 1, 31-32: “Y concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David, su padre”.
Isaías 7, 14: “Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel [Dios con nosotros]”.

La Biblia indica que María es la madre de Emmanuel, que significa “Dios con nosotros”.
Lucas 1, 43: “[Isabel dijo]: ¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?”.
Isabel dice explícitamente que María es la madre del Señor, que es el único Señor Jesucristo, que es Dios.
Efesios 4, 5: “Sólo un Señor, una fe, un bautismo…”.
Juan 20, 28: “Respondió Tomás y dijo: ¡Señor mío y Dios mío!”.
María es la Madre de Dios.

Esto debería ser bastante simple. Por desgracia, no es suficiente para algunas personas. El error protestante sobre este punto debe ser abordado y refutado de manera más completa.
Los protestantes señalan que la naturaleza divina de Dios es eterna y sin principio, lo que es ciertamente verdadero. Puesto que la naturaleza de Dios es eterna y sin duda no proviene de María, ellos argumentan que no se puede decir que María es la “madre” de Dios. Este es el principal argumento de los protestantes sobre este punto. Es un argumento muy deficiente.
El error protestante sobre este punto es que le atribuyen a la persona del Hijo de Dios sólo lo que le pertenece a la naturaleza divina. No le atribuyen a la persona del Hijo de Dios lo que le pertenece o corresponde a su naturaleza humana.
Debido a que el Hijo de Dios se convirtió verdaderamente en hombre, al no atribuirle lo que le pertenece a su naturaleza humana, ellos en realidad niegan que Jesucristo es al mismo tiempo verdadero Dios y verdadero hombre.

El Hijo de Dios, Jesucristo, es una persona divina (la segunda persona de la Santísima Trinidad) con dos naturalezas. Él es verdadero Dios y verdadero hombre. Jesucristo no es un hombre que se unió con o fue inspirado por Dios. No, Él es verdadero Dios que verdaderamente se hizo hombre.
Juan 1, 14: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros…”.
Jesús no sólo fue un hombre especial que tenía una única inspiración y conexión con el Verbo de Dios (el Hijo de Dios). No, Él es el Verbo de Dios hecho carne. Por lo tanto, atribuir al Hijo de Dios sólo lo que pertenece específicamente a su naturaleza divina, y no también lo que se aplica a su asumida naturaleza humana ―como hacen los protestantes cuando niegan que María es la madre de Dios― es dividir a Jesús en dos personas diferentes.
En el siglo quinto hubo un hereje llamado Nestorio. Él argumentaba como lo hacen los protestantes de nuestros días sobre este asunto. Él sostenía que a María no se le debía llamar Theotokos (madre/portadora de Dios), sino sólo Christotokos (portadora de Cristo). La Iglesia reconoció de inmediato la herejía de Nestorio y la condenó en el año 431 en el Concilio de Éfeso. La opinión falsa de Nestorio fue reconocida por la Iglesia de ser la herejía que la Biblia condena como la “disolución” de Jesús y el “anticristo”. Esta falsa idea “disuelve” a Cristo al separar de su única persona lo que pertenece a su naturaleza humana. Esto da como resultado la división de Jesús en dos personas, y la posición de que Jesús era sólo un hombre que llevaba (o estaba inspirado por) la persona de Dios, en lugar de ser una persona divina que se hizo verdaderamente hombre. Esta herejía resulta en la adoración de un hombre y en la adoración de dos hijos. La Iglesia identificó esto claramente y lo condenó.
Segundo Concilio de Constantinopla, 553: “El santo sínodo de Éfeso… ha pronunciado sentencia contra la herejía de Nestorio… y todos aquellos que más tarde adoptaren la misma opinión… Ellos expresaron estas falsedades contra los verdaderos dogmas de la Iglesia AL OFRECER EL CULTO A DOS HIJOS, tratando de dividir lo que no se puede dividir, E INTRODUCIENDO TANTO EN EL CIELO COMO EN LA TIERRA LA OFENSA DEL CULTO AL HOMBRE. Pero el sagrado coro de los espíritus celestiales adoran junto a nosotros al único Señor Jesucristo”.
Concilio de Éfeso, 431, canon 5: “Si alguno se atreve a decir que Cristo es hombre teóforo o portador de Dios y no, más bien, Dios verdadero, como hijo único y natural, según el Verbo se hizo carne y tuvo parte de modo semejante a nosotros en la carne y en la sangre (Hebreos 2, 14), sea anatema”.

Jesús no es dos personas diferentes. Él es UNA PERSONA DIVINA con dos naturalezas. Por lo tanto, lo que le sucede a su naturaleza humana realmente le sucede a su sola persona. Su persona fue concebida y nació en su humanidad de María. Ella, por lo tanto, es verdaderamente su madre, y la madre de Dios.
El significado que conlleva esta verdad es asombroso. Como la Iglesia siempre ha enseñado, el Hijo de Dios, eterno e igual al Padre, tuvo dos nacimientos. Él nació antes del tiempo, y desde toda la eternidad, de Dios Padre (Juan 16, 28; Juan 8, 42). Él nació en el tiempo, como hombre, de María, su madre. Sólo María posee esta conexión inescrutable con Dios, con una persona de la Santísima Trinidad. Es a partir de esta verdad, que ella es verdaderamente madre de Dios, de donde provienen todas sus otras prerrogativas y privilegios únicos.

CONCLUSIÓN ACERCA DE LA ENSEÑANZA BÍBLICA SOBRE MARÍA
Estas son las razones bíblicas de por qué la Iglesia siempre ha reconocido la importancia y la necesidad de la devoción a la Santísima Virgen María. Ella es la nueva Eva, el vaso purísimo, la puerta sellada, y la Madre de Dios. Negarse a tenerle devoción es equivalente a un hombre que en el Antiguo Testamento se negase a venerar el Arca de la Alianza o se negarse a marchar detrás de ella en la batalla. Ese hombre caería preso de los enemigos de Dios y se separaría del campo del pueblo de Dios.

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DE LOS ATRIBUTOS Y CUALIDADES DE MARÍA DE NAZARETH

DE LOS ATRIBUTOS Y CUALIDADES DE MARÍA DE NAZARETH
Muchos anti católicos y sectarios no logran admitir en sus corazones a María , Madre del Señor , alegan ellos que nosotros los católicos le damos “demasiada” importancia a ella por lo cual “dicen” que relegamos a su Hijo , nuestro Señor Jesús a un supuesto papel secundario.JESUS Y MARIA  MEME
Entiendo como cristiano católico , como hijo, como padre y abuelo que todo rechazo VOLUNTARIO Y CONSCIENTE a la madre la siente el HIJO , esto es una realidad la cual tendrá justo pago por quien será nuestro Juez , EL HIJO.
Para nosotros las cualidades y atributos son necesarios y suficientes para que cualquier cristiano que desee seguir a Cristo Jesús las tome en su corazón y las practique con devoción y sincero amor
Veamos a continuación algunas CUALIDADES de nuestra amada madrecita y Señora
1. obediencia:
“hágase en mi según TU palabra”
2. entrega :
“He aquí la esclava del Señor.”
3-La humildad:
“He aquí la esclava del Señor.”
4-Pureza:
“Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo”
5-escogida y apartada para Dios:
“Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”
sin contar que :
TODAS LAS GENERACIONES LE LLAMARAN BIENAVENTURADA
¿QUE ENSEÑA LA IGLESIA DEL CULTO A MARIA?
El culto a María está basado en las palabras proféticas: “Todas las generaciones me llamarán Bienaventurada, porque ha hecho en mi maravillas el Poderoso”. Lucas 1, 48-49.
La primera parte es un mandato: “me llamarán”, la segunda parte explica la razón: no porque es una diosa, como pretenden los evangélicos, sino por las maravillas que el Poderoso hizo en ella.
Así como María presentó a los pastores al Salvador, a los Magos al Rey, al sacerdote a la Víctima, para que lo adoraran, le presentaran dones y se alegraran con el gozo de su venida; así el culto a la Madre, hace que el Hijo sea mejor conocido, amado, glorificado y que a la vez sean mejor cumplidos sus mandamientos

MADRE MÍA TE AMO

PAZ Y BIEN

Juan Pablo II explica los orígenes del culto a la Virgen María

El culto a la Virgen María

Juan Pablo II explicaba así los orígenes de la devoción a la Virgen

1. «Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» (Ga 4, 4).

El culto mariano se funda en la admirable decisión divina de vincular para siempre, como recuerda el apóstol Pablo, la identidad humana del Hijo de Dios a una mujer, María de Nazaret.

El misterio de la maternidad divina y de la cooperación de María a la obra redentora suscita en los creyentes de todos los tiempos una actitud de alabanza tanto hacia el Salvador como hacia la mujer que lo engendró en el tiempo, cooperando así a la redención.

Otro motivo de amor y gratitud a la santísima Virgen es su maternidad universal. Al elegirla como Madre de la humanidad entera, el Padre celestial quiso revelar la dimensión —por decir así— materna de su divina ternura y de su solicitud por los hombres de todas las épocas.

En el Calvario, Jesús, con las palabras: «Ahí tienes a tu hijo» y «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19, 26-27), daba ya anticipadamente a María a todos los que recibirían la buena nueva de la salvación y ponía así las premisas de su afecto filial hacia ella. Siguiendo a san Juan, los cristianos prolongarían con el culto el amor de Cristo a su madre, acogiéndola en su propia vida.

2. Los textos evangélicos atestiguan la presencia del culto mariano ya desde los inicios de la Iglesia.

anunciacion

Los dos primeros capítulos del evangelio de san Lucas parecen recoger la atención particular que tenían hacia la Madre de Jesús los judeocristianos, que manifestaban su aprecio por ella y conservaban celosamente sus recuerdos.

En los relatos de la infancia, además podemos captar las expresiones iniciales y las motivaciones del culto mariano sintetizadas en las exclamaciones de santa Isabel: «Bendita tú entre las mujeres (…). ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» (Lc 1, 42. 45).

Huellas de una veneración ya difundida en la primera comunidad cristiana se hallan presentes en el cántico del Magníficat: «Desde ahora me felicitarán todas las generaciones» (Lc 1, 48). Al poner en labios de María esa expresión los cristianos le reconocían una grandeza única, que sería proclamada hasta el fin del mundo.

Además, los testimonios evangélicos (cf. Lc 1, 34-35; Mt 1, 23 y Jn 1, 13) las primeras fórmulas de fe y un pasaje de san Ignacio de Antioquía(cf. Smirn. 1, 2: SC 10, 155) atestiguan la particular admiración de las primeras comunidades por la virginidad de María, íntimamente vinculada al misterio de la Encarnación.

El evangelio de san Juan, señalando la presencia de María al inicio y al final de la vida pública de su Hijo, da a entender que los primeros cristianos tenían clara conciencia del papel que desempeña María en la obra de la Redención con plena dependencia de amor de Cristo.

3. El concilio Vaticano II

Juan Pablo IIEl concilio Vaticano II, al subrayar el carácter particular del culto mariano, afirma: «María, exaltada por la gracia de Dios, después de su Hijo, por encima de todos los ángeles y hombres, como la santa Madre de Dios, que participó en los misterios de Cristo, es honrada con razón por la Iglesia con un culto especial» (Lumen Gentium, 66).

Luego, aludiendo a la oración mariana del siglo III«Sub tuum presídium» —«Bajo tu amparo»— añade que esa peculiaridad aparece desde el inicio: «En efecto, desde los tiempos más antiguos, se venera a la santísima Virgen con el título de Madre de Dios, bajo cuya protección se acogen los fieles suplicantes en todos sus peligros y necesidades» (ib.).

Esta afirmación es confirmada por la iconografía y la doctrina de los Padres de la Iglesia, ya desde el siglo II.

En Roma, en las catacumbas de santa Priscila, se puede admirar la primera representación de la Virgen con el Niño, mientras, al mismo tiempo, san Justino y san Ireneo hablan de María como la nueva Eva que con su fe y obediencia repara la incredulidad y la desobediencia de la primera mujer. Según el Obispo de Lyon, no bastaba que Adán fuera rescatado en Cristo, sino que «era justo y necesario que Eva fuera restaurada en María» (Dem., 33). De este modo subraya la importancia de la mujer en la obra de salvación y pone un fundamento a la inseparabilidad del culto mariano del tributado a Jesús, que continuará a lo largo de los siglos cristianos.

4. María como «Theotókos»

theotokos

El culto mariano se manifestó al principio con la invocación de María como «Theotókos», título que fue confirmado de forma autorizada, después de la crisis nestoriana, por el concilio de Éfeso, que se celebró en el año 431.

La misma reacción popular frente a la posición ambigua y titubeante de Nestorio, que llegó a negar la maternidad divina de María, y la posterior acogida gozosa de las decisiones del concilio de Éfeso testimonian el arraigo del culto a la Virgen entre los cristianos. Sin embargo, «sobre todo desde el concilio de Éfeso, el culto del pueblo de Dios hacia María ha crecido admirablemente en veneración y amor, en oración e imitación» (Lumen Gentium, 66). Se expresó especialmente en las fiestas litúrgicas entre las que, desde principios del siglo V, asumió particular relieve «el día de María Theotókos», celebrado el 15 de agosto en Jerusalén y que sucesivamente se convirtió en la fiesta de la Dormición o la Asunción.

Además, bajo el influjo del «Protoevangelio de Santiago», se instituyeron las fiestas de la Natividad, la Concepción y la Presentación, que contribuyeron notablemente a destacar algunos aspectos importantes del misterio de María.

Podemos decir que el culto mariano se ha desarrollado hasta nuestros días con admirable continuidad, alternando períodos florecientes con períodos críticos, los cuales, sin embargo, han tenido con frecuencia el mérito de promover aún más su renovación.

Después del concilio Vaticano II, el culto mariano parece destinado a desarrollarse en armonía con la profundización del misterio de la Iglesia y en diálogo con las culturas contemporáneas, para arraigarse cada vez más en la fe y en la vida del pueblo de Dios peregrino en la tierra.

Juan Pablo II , 15 octubre 1997

KEJARITOMENE

Nuestra Señora del Perpetuo Socorro

El culto a la Virgen María