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Reflexiones-Conversión

El ‪#‎franciscanoSeglar‬ debe ser estar consciente de que su modelo es Jesucristo y toda su vida deberá dejarse convertir por SU Amor.

No es cuestión de intentar una conversión a “juro”, eso no existe , entiendo que esto es un DON de Dios y conlleva un hermoso y constante proceso que consiste entre muchas cosas el aceptar libremente y con amor el que dependemos totalmente de Dios, quien es nuestro verdadero Padre y Creador y que dependemos totalmente del amor. Esto significa dependencia en plena libertad+
Convertirse no solo significa el perseguir un arrepentimiento sincero y personal , muchas veces nos engaños y pensamos que podemos obtener algo del reconocimiento publico por haber hecho un cambio de vida , ese converger que es algo que pasa comúnmente en nuestros ambientes religiosos y laicales , es bueno y agradable a Dios pero no dura , es vano y temporal por no tener la verdadera y suficiente humildad requerida para ese abandono a Dios , ese abandonarnos a EL con toda la seguridad y confianza que al seguirlo con sencillez y confianza podamos decir como la beata Teresa de Calcuta, en «mi todo en todo». ya no con nuestras propias fuerzas , sino dejándonos invadir por el mismo Cristo Jesús .

No debemos ponernos unas metas de propia mejora de vida sino más bien crear un vacío en nuestro interior, reconocer nuestra pobreza, nuestra incapacidad absoluta de poder ser y vivir como cristianos y franciscanos.
Sólo así la fuerza del Espíritu Santo entrará en nosotros, transformándonos interiormente y convirtiendo y dando una nueva forma de ser de manera que así logremos estar bien EVANGELIZADOS , siendo evangelios vivientes como lo fue nuestro padre seráfico y luego entonces seremos “otros Cristos” para que nuestro Señor obre de forma consciente en todo nuestro corazón, mente y cuerpo.

“Comencemos, hermanos, que hasta ahora poco o nada
hemos hecho”.

pax et bonum

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La Confesión, Sacramento de Sanación

Católicos protestantizados

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Católicos protestantizados

Existe un modo de ser católicos extraño a la fe y contrario a la verdad. Se trata de pensar y de proponer adaptaciones de las enseñanzas de la Iglesia a los propios deseos, a la mentalidad del mundo, según el «progreso» de la humanidad, según la marcha de los tiempos.

Este es el modo de pensar de muchos que se autodeclaran «católicos», cuando en realidad cada vez están más lejos de la fe de la Iglesia. Son católicos que van contra la doctrina sexual católica, que rechazan la «Humanae vitae», que defienden la «licitud» del uso de los anticonceptivos, que no ven mal las relaciones prematrimoniales si hay amor en la pareja, que aceptan el divorcio como «solución» a los fracasos de tantas parejas.

Son católicos que condenan el aborto de modo suave, casi descafeinado, al decir que está mal pero que hay situaciones especiales, que hay casos extremos que lo permitirían, que la ignorancia de las personas lo justifica, que la pobreza de muchos países lo haría casi necesario.

Son católicos que ven como negativas palabras como cruz, abnegación, renuncia de uno mismo; y que prefieren una moral más «positiva» y optimista, que renuncie a ideas «superadas» (hablar de pecado no es comprensible para muchos, según ellos dicen) y que acoja nuevas propuestas psicológicas o espiritualidades que vienen del Oriente.

Son católicos que consideran que los dogmas no pueden permanecer fijos, que las ideas cambian con el tiempo, que vale la pena adaptarse a los nuevos modos de pensar de un mundo que ya vive bajo los descubrimientos de Darwin, de Freud y de los nuevos profetas.

Son católicos que interpretan los sacramentos en clave sociológica, que rechazan la idea de la «transustanciación», que piden que las mujeres tengan acceso al sacerdocio, que incluso no tienen claro el sentido auténtico de la jerarquía en la Iglesia.

Son católicos que tienen tiempo para leer libros de espiritualidad confusa, tipo New Age, que admiran a los pueblos primitivos (algunos de los cuales ofrecían sacrificios humanos), que exaltan la riqueza intelectual de los budistas o de los musulmanes, mientras no han dedicado casi nada de tiempo a leer a fondo la Biblia, a estudiar a los Padres de la Iglesia, a conocer los documentos de los Papas y de los Concilios.

Son católicos, en definitiva, que piensan según criterios subjetivos, como tantos grupos protestantes, donde cada uno puede interpretar la fe «católica» a su manera. Se alejan así de la verdad para acoger fábulas y errores de todo tipo (cf. 2Tim 4,4).

Al final, al querer adaptar la Iglesia a su modo de pensar, lo único que hacen es desintegrarla o, simplemente, viven como si existieran cien iglesias, tantas como mentalidades diferentes conviven entre los católicos protestantizados.

Hay que superar esa mentalidad que tanto daño hace a la Iglesia y, de un modo muchas veces imperceptible, a uno mismo. Porque no existe más Iglesia que la fundada por Cristo sobre la Roca de Pedro y de los Apóstoles, porque no hay fe fuera de la aceptación amorosa de la Escritura y de la Tradición tal y como nos la presentan el Papa y los obispos que viven unidos entre sí y al Papa.

Ante esta mentalidad, podemos rezar a Dios Padre, con las mismas palabras de Cristo, para que nos conceda el don de la unidad (cf. Jn 17). Porque no existen mil doctrinas «católicas» elaboradas según los gustos de cada uno, sino que sólo existe un Evangelio de Jesucristo (cf.Gal 1,8-9) y una sola Iglesia edificada guiada por la mano de Pedro y de sus sucesores (cf. Mt16,18-19).

LA CONVERSIÓN DE SAN PABLO

Éste es un vaso de elección que elegí para que lleve
mi nombre ante los gentiles.
(Hechos de los Apóstoles, 9, 15)

San Pablo es derribado en el camino a Damasco, y de perseguidor de cristianos se convierte en apóstol de Cristo. El Señor le envía a Ananías para de volverle la vista y administrarle el santo Bautismo. El Apóstol novel permanece algunos días con los discípulos de Damasco, y, en seguida, se pone a predicar a Jesús en las sinagogas, asegurando que es el Hijo de Dios.

MEDITACIÓN
SOBRE LA CONVERSIÓN DE SAN PABLO

I. Dios llama a San Pablo derribándolo por tierra y elevándolo hasta el tercer cielo. Ya no ve a las creaturas pues ha visto a Dios. ¿Quieres convertirte? Escucha la voz de Dios que te habla; cuando te arrebata tus placeres, tus parientes, tus amigos, son rayos que recibes que te advierten cierres los ojos a las cosas de este mundo y eleves tu mirada hacia los cielos. Cuántas veces ha dicho Jesucristo en el fondo de tu corazón: “¡Desventurado! ¿por qué me persigues?”

II. San Pablo escucha la voz de Dios, y le responde: Señor, ¿quién eres tú? Examina las inspiraciones que sientes. ¿Son de Dios? ¿Es la voz de la vanidad o la de Jesucristo la que te llama a esta obra al parecer tan santa? Desde que hayas reconocido la voz de Jesucristo, dile con San Pablo: “Señor, ¿qué quieres que haga?”

III. San Pablo ejecuta con prontitud aquello que se le manda. Escucha Ananías, recibe el bautismo e, inmediatamente, da testimonio de Aquél que lo ha llamado de las tinieblas a la luz. ¿Quieres tener éxito en tu conversión? No te demores, vete a buscar un prudente y sabio director espiritual; él será el intérprete de la voluntad de Dios. No tardes, alma mía, en convertirte al Señor, ni lo difieras de día en día. (Eclesiástico).

LA CONVERSION

La conversión no es simplemente obras de penitencia. La conversión es el cambio del corazón, es hacer que mi corazón, que hasta el momento pensaba, amaba, optaba, se decidía por unos valores, unos principios, unos criterios, empiece a optar y decidirse como primer principio, como primer criterio, por el esposo del alma que es Jesucristo.

Sólo cuando llega el corazón a tocar la dimensión interior se realiza, como dice el profeta, que “Tu luz surgirá como la aurora y cicatrizarán de prisa tus heridas, se abrirá camino la justicia y la gloria del Señor cerrará tu mancha”. Entonces, casi como quien ve el sol, casi como quien no es capaz de distinguir la fuente de luz que la origina, así será en nosotros la caridad, la humildad, la entrega, la conversión, la fidelidad y tantas y tantas cosas, porque van a brotar de un corazón que auténticamente se ha vuelto, se ha dirigido y mira al Señor.

Este es el corazón contrito, esto es lo que busca el Señor que cada uno de nosotros en esta Cuaresma, que seamos capaces en nuestro interior, en lo más profundo, de llegar a abrirnos a Dios, a ofrecernos a Dios, de no permitir que haya todavía cuartos cerrados, cuartos sellados a los cuales el Señor no puede entrar, porque es visita y no esposo, porque es huésped y no esposo. El esposo entra a todas partes. La esposa en la casa entra a todas partes. Solamente al huésped, a la visita se le impide entrar en ciertas recámaras, en ciertos lugares.

Esta es la conversión del corazón: dejar que realmente Él llegue a entrar en todos los lugares de nuestro corazón. Convertirse a Dios es volverse a Dios y descubrirlo como Él es. Convertirse a Dios es descubrir a Dios como esposo de la vida, como Aquél que se me da totalmente en infinito amor y como Aquél al cual yo tengo que darme totalmente también en amor total.

¿Es esto lo que hay en nuestro corazón al inicio de esta Cuaresma? ¿O quizá nuestra Cuaresma está todavía encerrada en formulismos, en estructuras que son necesarias, pero que por sí solas no valen nada? ¿O quizá nuestra Cuaresma está todavía encerrada en criterios que acaban entreteniendo al alma? Al huésped se le puede tener contento simplemente con traerle un café y unas galletas, pero al esposo o a la esposa no se le puede contentar simplemente con una formalidad. Al esposo o la esposa hay que darle el corazón.

LA IMAGEN HABLA DE RECAREDO Y SU CONVERSION
Los visigodos eran un pueblo germánico que había sido convertido al cristianismo por sacerdotes arrianos. Estos seguían las ideas de Arrio de Alejandría, que defendía que el Hijo, Jesucristo, era inferior en su naturaleza al Padre. Las posiciones de Arrio fueron condenadas en el concilio de Nicea en 325, que planteó que el Hijo y el Padre eran de la misma naturaleza.
Los visigodos de Hispania fueron arrianos hasta que, siguiendo a su rey, Recaredo, durante el III concilio de Toledo en 589, optaron por hacerse católicos.
Desde ese momento el catolicismo ha sido la forma de cristianismo que ha imperado en la península Ibérica.
Para muchos artistas y pensadores españoles del pasado, la conversión de Recaredo fue un rasgo de la identidad nacional. Por eso recordaban a este monarca, mientras que a su padre, el rey Leovigildo, lo veían como a un extraño.