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LA CONFESION EN LA BIBLIA

CONFESIÓN:

Núm. 5:7, “Confesará el pecado que cometió”.Proverbios 28:13El que encubre sus pecados no prosperará;
Mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia. Sant. 5:16, “Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados” (físicamente, véase el v. 15); a veces el pecado se relaciona con la enfermedad. 1 Juan. 1:9, “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda mal-dad”. Los conversos de Juan, Mar. 1:5, “y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados”. Hechos 19: 18 También muchos de los que creyeron llegaban CONFESANDO públicamente todo lo malo que antes habían hecho
Mateo 3:6 Confesaban sus pecados y Juan los bautizaba en el río Jordán
1 de Juan 1:8 Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.
1 de juan 1:9 Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.
1 de juan 1:10 Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros.
PERDÓN DE LOS PECADOS
Jesús da este poder a los hombres para que lo hagan en su nombre.
Mateo 16: 19 lo que tú ates aquí en la tierra, también quedará atado en el cielo, y lo que tú desates aquí en la tierra, también quedará desatado en el cielo.
Mateo 18:18
Les aseguro que lo que ustedes aten aquí en la tierra, también quedará atado en el cielo, y lo que ustedes desaten aquí en la tierra, también quedará desatado en el cielo.
A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; y a quienes se los retengan les quedan retenidos» (Jn. 20, 22-23).
2ª Cor 2: 6-11
Así que aquel a quien ustedes perdonen algo, también yo se lo perdono. Y se lo perdono, si es que había algo que perdonar, por consideración a ustedes y en presencia de Cristo
1 de juan 2:12 Os escribo a vosotros, hijitos, porque vuestros pecados os han sido perdonados por su nombre.
juan 3:27 Juan respondió: «Nadie puede recibir nada si no se le ha dado del cielo.
2 Cor. 5, 18-20
“Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación.
Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación. Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!”
Mateo 7, 21-27
No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, SINO EL QUE HAGA LA VOLUNTAD DE MI PADRE CELESTIAL. Muchos me dirán aquel Día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: ¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad! Así pues, TODO EL QUE OIGA ESTAS PALABRAS MÍAS Y LAS PONGA EN PRÁCTICA, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre ROCA: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada SOBRE ROCA. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina. “Simón Pedro PIEDRA, SOBRE ESTA PIEDRA EDIFICARE MI IGLESIA”….MATEO 16:18
Jesus da este poder a los hombres para que lo hagan en su nombre.
” Reciban el Espíritu Santo: a quienes ustedes perdonen sus pecados, queden perdonados, y a quienes se los retengan, queden retenidos” Jn 20,22-23
Nuestro Señor Jesucristo es muy claro. Aquí está hablando del “poder” de “perdonar” y de “no perdonar” los pecados. No está hablando de que nos perdonemos cuando nos ofendamos, sino que “algunos” (los apóstoles y sus sucesores) tienen el poder de perdonar los pecados. Por supuesto de Jesucristo sabía que ellos eran hombres pecadores y aun asi les dió este poder. Los obispos son sucesores de los Apóstoles y los sacerdotes sus colaboradores. Algunas personas de sectas dicen que no se necesita confesarse con el sacerdote, que sólo hay que pedir perdón a Dios directamente. Se basan en citas Bíblicas ANTES DE CRISTO, antes de que él diera la orden y el poder (El Espíritu Santo) si son judíos no deberían creer que Cristo es Dios y tiene el poder de ordenar y conceder poder a sus apóstoles. No te dejes confundir, esto no es cierto. En este evangelio ( Jn 20 ,19 -23) vemos muy claro que Cristo da a sus apóstoles ( los primeros sacerdotes ) el poder de perdonar los pecados y no dice que cada persona pida perdón a Dios directamente para que se le perdonen.
Pero algunos dicen: “Yo no me confieso con ningún hombre pecador como yo, yo sólo me confieso con Dios”.
Santiago ordena:
“Confesaos los pecados unos a otros”.
Santiago 5,16.
Practica de la confesion en la Biblia :
“Muchos de todo lo que habían hecho”
Hechos 19:18 También muchos de los que creyeron llegaban confesando públicamente todo lo malo que antes habían hecho
¿Por qué tenían que ir a otro lugar y no directamente con Dios?
La respuesta es muy sencilla. Ellos iban buscando a los Apóstoles. Ahí confesaban sus faltas. Esto es lo que hacían los cristianos verdaderos de aquel tiempo y lo que los católicos seguimos haciendo en la actualidad.
Alguien me dijo: «¿Cómo se le ocurre que yo me voy a confesar con un pecador como yo? Yo me confieso con Dios y punto. Entro en mi habitación, oro con fervor y Dios me perdona». Le contesté que el asunto no es tan simple. Muchas veces acomodamos la religión a nuestra manera, y así pasa también con la confesión. La confesión no es solamente «pecar, orar y listo». Hay que buscar a un sacerdote. Hacer un gran acto de humildad. Decirle sus pecados. Y luego recibir una corrección fraterna y la absolución del sacerdote de la Iglesia. Eso no lo han inventado los curas. Hay claras indicaciones en la Biblia acerca de la confesión delante de un ministro de la Iglesia.
Queridos hermanos católicos, en esta carta quiero explicarles primero lo que nos enseña la Biblia acerca del perdón de los pecados, y luego voy a contestar algunas dudas acerca de la confesión que algunos hermanos de otra religión nos plantean. Muchos católicos, sin mayor formación religiosa, fácilmente se dejan influenciar por estas inquietudes y sin darse cuenta se les van los grandes tesoros que Jesús confió a su Iglesia. Con esta carta no quiero ofender a nadie, pero lo que me mueve a escribir estas líneas es el amor por la verdad. Ya que solamente «la verdad nos hará libres» (Jn. 8, 32).EFECTOS DE LA CONFESIÓN SACRAMENTAL
No cabe duda que la confesión realizada en las condiciones que pide la Iglesia, es un medio de alta eficacia santificadora.
Porque con ella:
a) La sangre de Cristo ha caído sobre nuestra alma, purificándola y santificándola. Por eso los santos, que habían recibido luces vivas sobre el valor infinito de la sangre redentora de Jesús, tenían verdadera hambre y sed de recibir la absolución sacramental.
b) Se nos aumenta la gracia ex opere operato, aunque en grados diferentes según las disposiciones del penitente. De cien personas que hayan recibido la absolución de las mismas faltas, no habrá dos que hayan recibido la gracia en el mismo grado. Depende de la intensidad de su arrepentimiento y del grado de humildad con que se haya acercado al sacramento.
c) Después de una buena confesión el alma se siente llena de paz y de consuelo. Y esta disposición psicológica es indispensable para correr por los caminos de la perfección.
d) Se reciben mayores luces en los caminos de Dios. Y así, por ejemplo, después de confesarnos comprendemos mejor la necesidad de perdonar las injurias, viendo cuán misericordiosamente nos ha perdonado el Señor; o se advierte con más claridad la malicia del pecado venial, que es una mancha que- además de ofender a Dios- afea y ensucia el alma, privándola de gran parte de su brillo y hermosura.
e) Aumenta considerablemente las fuerzas del alma, proporcionándole la energía para vencer las tentaciones y fortalezas para el perfecto cumplimiento del deber. Claro que estas fuerzas se van debilitando, poco a poco, y por eso es menester aumentarlas otra vez acercándose al sacramento con la mayor frecuencia que nos sea posible, teniendo en cuenta todas las circunstancias que nos rodean.
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La Confesión. ¿Quien perdona los pecados el hombre o Dios? ¿para que se necesita al Sacerdote?

La Confesión, Sacramento de Sanación

Mejorar las confesiones con san Francisco de Sales

Recurrimos al sacramento de la confesión porque Dios ha movido nuestros corazones. Primero, nos ha hecho ver que hemos pecado. Luego, nos ha invitado al arrepentimiento, a las lágrimas sinceras del corazón. Después, nos ha dado fuerzas para tomar propósitos que nos lleven a cambiar de vida. Finalmente, nos ha esperado en un sacerdote que pronuncia las palabras de la misericordia: “yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”.

Notamos, sin embargo, que algunas confesiones no llegan a fondo, o son rutinarias, o están vacías de un dolor sincero, o no permiten un cambio serio, una conversión auténtica.

¿Cómo mejorar, entonces, nuestras confesiones? Podemos ayudarnos de algunos consejos que ofrecía san Francisco de Sales.

En su obra “Introducción a la vida devota”, san Francisco de Sales explicaba a Filotea (es decir, a quien dirigía su libro, al alma enamorada de Dios) cómo hay confesiones que no están bien llevadas porque el penitente hace una acusación vaga, genérica, de los propios pecados.

Tras recomendar la confesión frecuente (cada 8 días) y dar una serie de indicaciones importantes (qué pecados hay que decir, el dolor, el propósito de la enmienda), el santo pone su atención en el modo de presentar los pecados veniales para sacar mejor provecho del sacramento. Sus palabras son claras y prácticas:

“No hagas tan sólo ciertas acusaciones superfluas, que muchos hacen por rutina: no he amado a Dios como debía; no he rezado con la debida devoción; no he amado al prójimo cual conviene; no he recibido los sacramentos con la reverencia que se requiere, y otras cosas parecidas. La razón es, porque, diciendo esto, nada dices, en concreto, que pueda dar a conocer a tu confesor el estado de tu conciencia, pues todos los santos del cielo y todos los hombres de la tierra podrían decir lo mismo, si se confesaran” (Introducción a la vida devota, parte II, capítulo XIX).

Para evitar esas acusaciones superfluas o vagas, Francisco recomienda ir a lo concreto. Luego, fijarse en las actitudes que el alma tenía cuando cometió un pecado. El texto antes citado sigue así:

“Examina, pues, de qué cosas, en particular, hayas de acusarte, y, cuando las hubieres descubierto, acúsate de las faltas cometidas, con sencillez e ingenuidad. Te acusas, por ejemplo, de que no has amado al prójimo como debías; ¿lo haces porque has encontrado un pobre necesitado, al cual podías socorrer y consolar, y no has hecho caso de él? Pues bien, acúsate de esta particularidad y di: he visto un pobre necesitado, y no lo he socorrido como podía, por negligencia, o por dureza de corazón, o por menosprecio, según conozcas cuál sea el motivo del pecado. Asimismo, no te acuses, en general, de no haberte encomendado a Dios con la devoción que debías; sino que, si has tenido distracciones voluntarias o no has tenido cuidado en elegir el lugar, el tiempo y la compostura requerida para estar atento en la oración, acúsate de ello sencillamente, según sea la falta, sin andar con vaguedades, que nada importan en la confesión”.

Junto con la claridad de los pecados, que han de ser presentados de modo concreto, Francisco exhortaba a buscar y corregir las raíces que provocan nuestras faltas:

“No te limites a decir los pecados veniales en cuanto al hecho; antes bien, acúsate del motivo que te ha inducido a cometerlos. No te contentes con decir que has mentido sin dañar a nadie; di si lo has hecho por vanagloria, para excusarte o alabarte, en broma o por terquedad. Si has pecado en las diversiones, di si te has dejado llevar del placer en la conversación, y así de otras cosas. Di si has persistido mucho en la falta, pues, generalmente, la duración acrecienta el pecado, porque es mucha la diferencia entre una vanidad pasajera, que se habrá colado en nuestro espíritu por espacio de un cuarto de hora, y aquella en la cual se habrá recreado nuestro corazón, durante uno, dos o tres días. Por lo tanto, conviene decir el hecho, el motivo y la duración de los pecados, pues, aunque, ordinariamente, no tenemos la obligación de ser tan meticulosos en la declaración de los pecados veniales, ni nadie está obligado a confesarlos, no obstante, los que quieren purificar bien sus almas, para llegar más fácilmente a la santa devoción, han de ser muy diligentes en dar a conocer al médico espiritual el mal, por pequeño que sea, del cual desean ser curados”.

San Francisco de Sales nos deja, así, consejos concretos y realistas. No podemos curarnos sin recurrir al Médico, y no podemos recibir con fruto el sacramento de la reconciliación sin un examen que saque a la luz las raíces de nuestros pecados.

Si mejoramos, por lo tanto, la manera de acusar los pecados, el confesor, que actúa en nombre de Cristo y de la Iglesia, podrá guiarnos con un conocimiento mejor de las actitudes de nuestro corazón. De este modo, desde la luz del Espíritu Santo, seremos más conscientes de los puntos en los que tenemos que poner mayor esfuerzo para erradicar el pecado de la propia vida y para pensar y actuar según el Evangelio.


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  • P. Fernando Pascual LC