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ESTUDIO SOBRE LA PALABRA ARRODILLARSE.

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Eucaristía, su significado y su presencia en la biblia

QUINCE MINUTOS EN COMPAÑIA DE JESUS SACRAMENTADO.

HORA SANTA



El sol brilla, enorme, candente, encandilante, en medio de desierto. El aire sofoca. Arena y polvo vuelan enloquecidas en el viento. Los labios se agrietan sobre las bocas resecas. Falta agua, el hambre aprieta.
La caravana avanza lentamente. Los hombres arrastrando sus armas; las mujeres apenas sosteniendo sus bultos y enseres; y los niños ya sin fuerzas ni siquiera para llorar.

Y, al frente, el caudillo alucinado, empecinado en la marcha. “ ¡Allá, allá! ” Apunta al horizonte lejano. “ Allá esta la tierra prometida; la tierra que mana leche y que mana miel ”. Los hombres aguzan los ojos; entrecierran los párpados las mujeres y se empinan en los pies. Pero, ni siquiera el engaño del espejismo: el horizonte es polvo, viento, hirviente sol.
Y hambre, y sed.

Sí: los han sacado de Egipto. Eran esclavos; y el hombre enviado por Dios los ha liberado. Pero ¿para qué quieren la libertad en este desierto hostil? ¿Quién se acuerda ahora de los latigazos de los capataces, de las cabezas gachas, de la amargura de la servidumbre?

¡Ah! Cuándo aprieta el tormento de la sed ¡qué bellas y frescas aparecen en el recuerdo las aguas del Nilo! Y, en medio del hambre, ¡qué banquete parecen las ollas de carne que allá comían! Y, cuando la arena se mete en los ojos y en la boca y en los oídos ¡ah! ¡el recuerdo de las sólidas paredes de las casas allá dejadas! ¡Qué importa la esclavitud cuando hay agua, comida, techo y pueden las madres cantar el arrorró a su niños y, a la tarde, los jóvenes danzar y cantar a la luz de las fogatas! ¿Por qué se nos habrá ocurrido prestar oídos a este loco y a su libertad y a su tierra prometida?

Los hombres murmuran, protestan sordamente las mujeres, y el clamor llega a Moisés: “ Ojalá –cuenta la Biblia- el Señor nos hubiera hecho morir en Egipto cuando nos sentábamos delante de las ollas de carne y comíamos pan hasta saciarnos. Nos has traído a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud ”

Se eleva la queja al cielo.
Y también ora Moisés:”¿ Por qué tratas mal a tu siervo? ¿Por qué, señor, no he hallado gracia a tus ojos, para que hayas echado sobre mi la carga de todo este pueblo?”
Y Dios escucha. Y responde: “ Yo haré caer pan para ustedes desde lo alto del cielo ”.
Y el maná cae como copos de nieve refrescante para alimentar a su pueblo. Y las fuerzas vuelven, y el desierto ya no parece tan desierto, y los cuerpos agobiados ya pueden erguirse nuevamente, y mirar al horizonte –y hasta parece que ya, a lo lejos, pero no tan lejos, se ve algo- y, restaurados, siguen la marcha hacia la tierra prometida.

También Jesús un día llamó a nuestras puertas. Nos sacudió, nos despertó. Estábamos en Egipto, entorpecidos por el mundo que nos rodeaba, esclavos del ambiente, esclavos de nuestra pereza, de nuestros gustos, de nuestra mediocridad, de nuestros sentidos. Bajábamos la cabeza ante los capataces del mundo, de la moda, del qué dirán. Humillábamos nuestra inteligencia ante la opinión de los otros, de los diarios, de las revistas, del cine, de la televisión. Comíamos de las ollas de carne de la pavada cotidiana, de la charla tonta, de la fiesta, del bailecito, del chisme de familia, de oficina y entre vecinos. Se nos hacía agua en la boca ante las pirámides de las riquezas, de los autos último modelo, de la técnica, de los negocios y de las vidrieras de los supermercados. Bebíamos en las tranquilas aguas del Nilo nuestra pachorra burguesa –o nuestra rebeldía adocenada- buscando el placer y la comodidad. Que los látigos de los capataces siglo XX ya no duelen, sino que hipnotizan y acarician, engañan y adormecen. Quizá sí, un día, hirientes, silbarán, pero ya será tarde para escapar.

Sí, así estábamos. Hasta que un día tú, Señor, Moisés, Jesús, nos llamaste y despertaste. Nos hiciste sentir la bajeza de nuestra condición esclava y nos mostraste el sublime camino de la libertad. Tu evangelio nos habló de otros senderos; nos excitó a la lucha y al combate; nos señaló el horizonte estupendo de tu compañía en la eternidad.

Y, entonces, abandonamos Egipto -¿te acuerdas?-. Aquella vez que, harto de mis pecados, me volví a Ti y tu me sonreíste. O esotra, a lo mejor, cuando, después de ser cristiano durante tanto tiempo, me di cuenta finalmente lo que ser cristiano quería en serio decir. O, quizá, esa vez que, cansado de tanta nauseabunda chatura y mediocridad, me sacudiste con tu mirada de jefe. O esa otra en que, después de tanto tiempo, me confesé. O aquel retiro cuando me alisté en tus filas. O, simplemente, cuando de niño crucé el mar rojo del las aguas del bautismo y esa semilla creció siempre en medio de mi familia buena. Sí: me llamaste y tomé tu bandera y te seguí al desierto. Hacia la prometida tierra.

Pero ¿para qué lo vamos a negar Señor? Al principio corríamos entusiasmados. Todo parecía fácil. ¡Qué alegría ardía en nuestro pecho! ¡Descubrir la belleza del darse a los hermanos, del ser dueño de si mismo, del ser amigos tuyos, del vivir con la frente bien alta!
Pero, el camino es largo. No es la huida presurosa de un día. Es la marcha fatigosa y lenta de los años. Y tus desiertos, Señor, a veces, se transforman en calvarios. Y, perdóname Señor, si te lo digo ¡qué lindo aparece Egipto a nuestro lado! Y ¡qué lejos, qué nublado e inasible, se nos aparece tu cielo prometido! ¡Qué tentación las ollas de carne egipcia!
Sí, cristianos. Dios, Jesús, Moisés, no nos ha llamado a un fácil camino. Sed y hambre habrá. Y espina y clavos. Las oscuras noches de la oración no respondida; del precepto exigente; de los fracasos; de las caídas; del llamado de Egipto; de las penas; de la salud herida; de las ingratitudes y abandonos.
Y tendremos hambre y tendremos sed. Y solo habrá, para nosotros, hiel y vinagre.
Pero, Jesús ya lo sabe. Y Jesús no te deja solo. Y Jesús calma tu hambre. Y Jesús hace llover sobre tu alma hambrienta el pan de los ángeles.

“Yo soy el pan de vida” –dijo-.
“El que viene a mi jamás tendrá hambre;
“El que cree en mi jamás tendrá sed.”
“Yo soy el pan de vida”.
“Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero este es el pan que desciende del cielo, para el que lo coma no muera.”
“Yo soy el pan vivo bajado del Cielo. El que coma este pan vivirá eternamente y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo.”
Cuando se haga penoso tu camino; cuando te tiente Egipto; cuando quieras reponer tus fuerzas y seguir el combate; cuanto te abrume el estar solo entre tantos egipcios porteños que se burlan; cuanto te apriete la angustia, el dolor, o la soledad y se empañe tu esperanza de eternidad; ¡soldado, ven al sagrario, Jesús te da su pan!
Canto: “Cuerpo y sangre de Jesús”.

Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh, buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti
Del maligno enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Ti
Para que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos.
Amén

Oremos en silencio cinco minutos.

Señor Jesús, Pan aquí presente en la multiplicación milagrosa de los sagrarios; Dios todopoderoso, caudillo nuestro que te nos das en este maná. Preso en el copón. Preso esta noche, mañana morirás en el calvario.
No prometemos acompañarte –al menos no te lo prometemos en alta voz, para que no nos oigan: Pedro gritó su promesa delante de los demás y después te negó tres veces-. Queremos hacerte, en cambio, una promesa más modesta, silenciosa y tímida. Una promesa condicional, humilde; porque nos conocemos y nos sabemos débiles:
Si Tu nos lo pides; si nos das las fueras; si es necesario; si nos acompañas; ¡que se haga en nuestra vida tu voluntad!; aún –y “si es posible apártese de mi este cáliz”- aún si nos quieres llevar a la Cruz.
Pero, entonces, no nos niegues nunca de este Pan. Que encontremos aquí el gozo y aliento de tu compañía; que, en tu sagrada mesa, repongamos nuestras fuerzas y encontremos ayuda para nuestra debilidad. Amén.

Bendito sea Dios.
Bendito sea su Santo Nombre.
Bendito sea Jesucristo verdadero Dios y verdadero Hombre.
Bendito sea el Nombre de Jesús.
Bendito sea su Sacratísimo Corazón.
Bendito sea su Preciosísima Sangre.
Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar.
Bendito sea el Espíritu Santo Consolador.
Bendita sea la Incomparable Madre de Dios la Santísima Virgen María.
Bendita sea su Santa e Inmaculada Concepción.
Bendita sea su gloriosa Asunción.
Bendito sea el Nombre de María Virgen y Madre.
Bendito sea San José su casto esposo.
Bendito sea Dios en sus Ángeles y en sus Santos.

Canto: “Alabado sea el Santísimo…”

C. Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del altar.
P. Sea por siempre bendito y alabado.

HORA SANTA


Contemplación

Santo, Santo, Santo es Jesucristo en el Santísimo Sacramento del Altar. Jesús, Tú eres Santo y más que Santo. Silenciosamente Te haces presente en un sencillo y pequeño pedazo de pan y estás frente a mí. Concédeme entender con el corazón, que Tú estás vivo ahí y que es por mí. Dame Señor una fe viva que me haga consciente de Tu presencia real en la hostia Consagrada. Oh Jesús, concédeme en este momento la gracia de adorarte con todo mi ser: mi alma, mi espíritu y mi cuerpo.
¡Santos y Ángeles, vengan y adoren conmigo a Jesucristo, el Señor resucitado que está en verdad ante mí! María, Madre del Salvador y madre de todos nosotros, acomáñanos Tú también. Tú me has invitado a adorar a Jesús en el Santísimo Sacramento y me has asegurado que no estaría solo.
¡Oh María, gracias por Tu presencia! Como Santo Tomás, yo quisiera decir: ¡Señor mío y Dios Mío! No te pido Jesús que extiendas ante mí Tus manos y me muestres tus heridas. Yo creo que aquí estás Tú, verdaderamente vivo y realmente presente en Tu cuerpo, alma y divinidad, con la plenitud de Tu amor. Por eso me postro ante Ti y guardo silencio… (Contempla un momento la grandeza de este misterio) Padrenuestro, Ave María y Gloria… (En caso de una adoración comunitaria, cantar un himno eucarístico o bien, meditar el Salmo 58, 12).
“…y se dirá: Si hay un fruto para el justo; sí, hay un Dios que juzga la tierra”.
Tú eres mi Dios
Jesús, Tú eres mi Dios. Eres fuente de santidad, porque eres la santidad misma. Sólo a Ti y a nadie más debo adorar. Por eso es que hago a un lado todas las cosas, personas y planes. Me despojo de cualquier otro pensamiento, para ocuparme tan sólo de adorarte. Quiero que mi mente y mi corazón sean uno Contigo. Con todo mi ser, me entrego enteramente a Ti.
Madre mía, me doy cuenta que soy indigno de adorar a Jesús. Gracias por acompañarme, porque no hay en el mundo persona más digna que Tú de adorar y de amar a Jesús. Y es que Tú eres Su Madre, amorosa y fiel. María, por eso Te entrego mi corazón, para que Tú puedas adorar a Jesús en mí y conmigo. Madre, Te consagro a mi familia, a mis seres queridos, a mis amigos, a mi comunidad, a mi pueblo y a mi Iglesia.
Oh Madre, Te amo intensamente y me ofrezco a Ti. Por medio de Tu amor, Tu bondad y Tu gracia, ¡sálvame! Quiero pertenecerte por entero. Te amo infinitamente y quiero que Tú me protejas. Desde el fondo de mi corazón Te pido, Madre misericordiosa, que me prestes Tu bondad, para que sea yo capaz de amar a mi prójimo como Tú amaste a Jesús. Ayúdame a ser grato a Tus ojos. Me pongo totalmente en Tus manos y Te pido que me acompañes en cada momento de mi vida, Tú que eres la llena de gracia. Amén Jesús me he consagrado a Tu Madre para poder pertenecerte a Ti de forma más perfecta. Concédeme ser Tuyo con María, como ella lo fue. Mira el amor que ella Te tiene y concédeme amarte cada día de mi vida, tal y como María Te amó aquí en la tierra. Aparta de mi corazón toda soberbia, egoísmo y cualquier sentimiento que me impida adorarte profundamente.
(Permanece en silencio)
Padrenuestro, Ave María y Gloria…
(Canto eucarístico o bien, medita el Salmo 104, 1-2; 33-34)
<<¡Alma mía, bendice a Yahveh! ¡Yahveh, Dios mío, que grande eres! vestido de esplendor y majestad, arropado de luz como un manto, Tú despliegas los cielos lo mismo que una tienda…>>
A Yahveh mientras viva he de cantar, mientras exista salmodiaré para mi Dios. Yo en Yahveh tengo mi gozo>>

Jesús, Tu me amaste hasta la muerte y más que eso. Naciste por mí, viviste por mí, moriste y resucitaste por mí. Al percatarte de que Tu muerte Te separaría de mí, supliste por amor Tu ausencia, quedándote conmigo y por mí en el Santísimo Sacramento. ¡Bendito seas Jesús en este simple pedacito de pan que es la Hostia Consagrada! ¡Seas por siempre alabado Señor, Tú que eres el único digno de toda gloria y alabanza!
¡Bendigo y glorifico al Padre Celestial que Te envió a dar Tu vida a nosotros y por nosotros! Gloria y alabanza al Espíritu Santo que, por intercesión de María, clama en mí: ¡gloria y alabanza, por siglos de los siglos!
Señor, permíteme adorarte en todas las iglesias del mundo: ¡bendito y alabado seas en cada Hostia Consagrada!
¡Bendito y alabado seas en todas las comuniones en las que me he encontrado Contigo! Yo te glorifico y ensalzo, en reparación de cada uno de esos encuentros, en los cuales Te recibí sin haber estado realmente consciente de que Tú, el Dios vivo y verdadero, habías venido a mí. ¡Bendito seas Jesús, por cada momento que hasta ahora he pasado Contigo y por todos los que viviré en el futuro! ¡Bendito seas por aquellos que Te reciben con fe, porque viven en el amor, inspirados por Ti! Quiero glorificarte y pedirte perdón, por los que se oponen a Ti y Te persiguen. Quiero adorarte Señor y consolar el dolor que Te causan aquellos que Te reciben, sin darse cuenta de Tu presencia amorosa en la Eucaristía. Perdónalos Jesús, porque al término de la Santa Misa salen a la calle y se comportan como si no te hubieran recibido. ¡Oh Señor, bendito y glorificado seas, porque has venido a traer Tu amor y Tu vida en abundancia a los que se acercan a Ti!
(Permanece en silencio y deja que estas palabras resuenen en tu interior)
Padrenuestro, Ave María y Gloria…
(Canto eucarístico o bien, medita el Salmo 145, 1-2; 7-10)
“Yo te ensalzo oh Rey Dios mío, y bendigo tu nombre para siempre jamás; todos los días te bendeciré, por siempre jamás alabaré tu nombre;…
…se hará memoria de tu inmensa bondad, se aclamará tu justicia.
Clemente y compasivo Yahveh, tardo a la cólera y grande en amor; bueno es Yahveh para con todos, y sus ternuras sobre sus obras.Te darán las gracias, Yahveh, todas tus obras Y tus amigos te bendecirán…”

Señor Jesús, permite que cada palabra que pronuncie durante esta oración, sea en unión con Tu Espíritu Santo. No permitas que sean expresiones huecas. Inspírame para poder comprender Tu palabra, con las cuales has querido atraerme completamente a Ti. Tu dijiste que eras alimento para nuestro espíritu, para nuestra vida, para saciar toda hambre, pero primero y antes que nada, para suplir nuestra hambre de amor. Jesús, alimenta mi alma, ahora que Te estoy adorando.
Convencido por Tu palabra, la cual se aplica también a mí, aquí estoy Jesús y Te imploro: ¡dame de comer, dame de beber! Estoy hambriento y sediento. Nada podrá calmar mi hambre y mi sed, nada sino Tú, porque todo es pasajero, todo es imperfecto. ¡Gracias porque Tú eres la respuesta a todas mis necesidades y anhelos!
(Permanece en silencio)
Jesús, aquí estoy de rodillas ante Ti, en nombre de todos aquellos que tienen hambre y sed de verdad, de justicia, de amor y de reconciliación.
Estoy de rodillas ante Ti, en nombre de todos los que están sedientos y andan en busca de bebidas que embriagan y los conducen a la muerte y no a la vida. ¡Oh Pan de Vida Eterna, estoy de rodillas ante ti en nombre de los que están en conflicto y hacen las guerras; de los que odian y se persiguen unos a otros; de los que con celo se acechan mutuamente, a causa del pan terrenal! Jesús, revélate a ellos, Tú que eres el pan celestial de vida eterna.
Haz que Te encuentren y que sientan Tu presencia, de tal manera que no continúen vagando por el mundo, siendo golpeados por el pecado y por el mal. Jesús, Tú que eres el maná del Padre para los viajantes que peregrinamos por el desierto de este mundo, atiende la oración que Te ofrezco por todos aquellos que tienen hambre del pan terrenal; que trabajan y no reciben salario, porque son explotados por los más ricos y poderosos.
Deja Señor que mi corazón se postre ante Ti y se sumerja en Tu presencia. Haz que Tu vida me absorba completamente, de tal manera que me llene de Tu dulzura, para que pueda transmitirla a todos aquellos que Te buscan. ¡Que nunca más amargue yo la vida de nadie! Déjame ser pan de vida Contigo.
(Medita en silencio)
Padrenuestro, Ave María y Gloria…
(Canto eucarístico o bien, medita el salmo 103, 17-22)
<< Mas el amor de Yahveh desde siempre hasta siempre para los que le temen, y su justicia para los hijos de sus hijos, para aquellos que guardan su alianza, y se acuerdan de cumplir sus mandatos. Yahveh en los cielos asentó su trono, y su soberanía en todo señorea. Bendecid a Yahveh, ángeles suyos, héroes potentes, ejecutores de sus órdenes, en cuanto oís la voz de su palabra. Bendecid a Yahveh, todas sus obras, en todos los lugares de su imperio. ¡Bendice a Yahveh, alma mía!

Alabanza

Jesús, Tú eres el plan celestial que da vida al mundo, el misterio incomprendido, el Verbo del Padre para todos nosotros. Me lleno de paz al estar Contigo y pienso ahora en otra de Tus palabras, que Tu Madre me ha exhortado a meditar.
Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero
Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, que comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os visteis. ¿No vale más la vida que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo; no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida? Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo, como crecen; no se fatigan ni hilaran. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria vistió como uno de ellos. Pues si la hierba del campo que hoy es y mañana se hecha al barro, Dios así viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe? No andéis pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal.” (Mt. 6, 24-34).
(Medita en silencio)
¡Bendito y alabado seas por siempre, Oh Señor mío, porque hablas con estas palabras! Sí, Tú eres mi amo y mi maestro, no tengo otro ni quiero tenerlo. No Te alejes de mí, porque no deseo servir a nadie más que a Ti. Ahora, en presencia Tuya, me desprendo de todas mis preocupaciones, ansiedades, miedos y desconfianzas. Te hago entrega de cuanto me preocupa. Es difícil vivir atado y encadenado, pensativo y ansioso… Y Tú me ofreces que viva, con Tu amor, la libertad de las aves del cielo y la belleza de los lirios del campo…
A causa de mis preocupaciones y planes, no tengo tiempo para mis familiares y amigos, mucho menos para ocuparme de otros. ¿Podría alguna otra persona ofrecerme una promesa mejor que la que Tú me das, cuando me dices que Tú te harás cargo de todo? ¡Oh Dios, Tú quieres que yo sea como niño, desde que anochece hasta que amanece, viviendo alegre y sin preocuparme por nada! Después de meditar Tus palabras, me pregunto si será posible. Y sí, sí lo es, porque Tú Jesús así lo dices y yo sabré entenderlo, cuando Tú lo seas todo y estés por encima de todo para mí.
Oh Jesús, ¿cómo no glorificarte, cómo no adorarte? No puedo sino orar a Ti, día y noche. Si esto es así ayúdame a entenderlo, de tal manera que Tú lo seas todo para mí.
(Permanece en silencio)
Padrenuestro, Ave María y Gloria…
(Canta o medita el Salmo 22)
Yahveh es mi pastor, nada me falta. Por prados de fresca hierva me apacienta. Hacia las aguas de reposo me conduce; y conforta mi alma; me guía por senderos de justicia, en gracia de su nombre. Aunque pase por valles tenebrosos, ningún mal temeré, porque Tú vas conmigo; tu vara y tu cayado, ellos me sosiegan. Tú preparas ante mí una mesa frente a mis adversarios; unges con óleo mi cabeza, rebosante está mi copa. Sí, dicha y gracia me acompañarán todos los días de mi vida; mi morada será la casa de Yahveh a lo largo de los días.

Jesús, Tu dijiste que había venido por los enfermos y pecadores. Te doy gracias, porque en Tu Santidad, perdonaste todos los pecados y compartiste Tu pan con los pecadores. Gracias porque no temiste las críticas de aquellos, que a sí mismos se consideraban justos, despreciando a otros por sus pecados e indignidad. Por tanto, ahora Te pido que me perdones y me purifiques de todos mis pecados. Gracias Jesús porque Tu nos has llamado a todos los cristianos a actuar como Tú: a amar incondicionalmente y sin esperar nada a cambio. De rodillas ante Ti, hoy me decido a seguir Tu camino y Te pido que me consideres digno de orar, en Tu nombre, por mi propia purificación y sanación. Aún más, Te doy gracias, porque sé que estás dispuesto a sanar a otros, a través de mi oración. Te pido también Señor, que los invites a reanudar su amistad Contigo. ¡Oh Jesús, quiero ser digno de Ti!
María, Madre de todo consuelo, acompáñame y ora conmigo, para que a partir de este momento, yo sea tan puro como la nieve y sea capaz de obrar en beneficio de aquellos, por quienes deseo interceder Contigo ante Tu Hijo Jesús.
(Ora por todos aquellos que sabes que necesitan ser sanados por Jesús, para reanudar su amistad con Él)
Padrenuestro, Ave María y Gloria..
(Canto eucarístico o Salmo 103, 8-10; 13)
“Clemente y compasivo es Yahveh tardo a la cólera y lleno de amor no se querella eternamente ni para siempre guarda rencor; no nos trata según nuestras culpas. …Cual la ternura de un padre para sus hijos, así de tierno es Yahveh para quienes le temen”.

Jesús, después de permanecido en Tu adoración, mi corazón se ha llenado de gozo. Ahora tengo la certeza de que Tú Te harás cargo de mí y de todas aquellas personas, mis hermanos y hermanas, por quienes he intercedido con María ante Ti. Al concluir esta adoración, prometo ocuparme más de Ti y de Tu palabra. Quiero entregarme – por medio de la oración, de la meditación, de la adoración y del ayuno – a experimentar Tu amor y derramarlo en los demás.
Sé que aún me espera un largo viaje y que mi destino final está lejano. Pero a pesar de ello, Te doy gracias, por la esperanza que has encendido en mi corazón y por el amor que en él ha nacido hacia Ti y al mismo tiempo hacia mis hermanos y hermanas.
Te ruego Jesús, que por medio de la Sagrada Eucaristía hagas morada en mi corazón. Quiero que cada día crezcas dentro de mí. Sana mi alma y mi cuerpo. Manténme a salvo de toda enfermedad física y mental, de todo mal contagioso e incurable.
Al mismo tiempo, Te suplico que cures y consueles a todos mis hermanos y hermanas enfermos y desdichados. ¡Glorifícate a Tí mismo en nosotros Señor! ¡Que Tu rostro brille a través de nosotros sobre toda la humanidad!
María, quédate también Tú conmigo. Tú eres la Madre del Emanuel, la Madre del Dios que decidió permanecer siempre entre nosotros.
Padrenuestro, Ave María y Gloria…

Bendición con el Santísimo Sacramento

Adoremos reverentes A tan grande Sacramento En vez de la antigua alianza Ya es el nuevo testamento; No lo ven nuestros sentidos, Mas la fe lo está diciendo.
Honor, gloria y bendiciones A Dios, Padre sin principio, Y las mismas alabanzas Al hijo de El nacido, Y al Espíritu de ambos, Nuestro Dios único y Trino. Amén.
Oremos: Señor nuestro Jesucristo, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión, concédenos venerar de tal modo los sagrados misterios de Tu cuerpo y de Tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de Tu redención. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

EXPOSICIÓN DEL PADRE NUESTRO..!

EXPOSICIÓN DEL PADRE NUESTRO..
por S. Francisco de Asís

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Oh santísimo Padre nuestro: creador, redentor, consolador y salvador nuestro.
Que estás en el cielo: en los ángeles y en los santos; iluminándolos para el conocimiento, porque tú, Señor, eres luz; inflamándolos para el amor, porque tú, Señor, eres amor; habitando en ellos y colmándolos para la bienaventuranza, porque tú, Señor, eres sumo bien, eterno bien, del cual viene todo bien, sin el cual no hay ningún bien. Santificado sea tu nombre: clarificada sea en nosotros tu noticia, para que conozcamos cuál es la anchura de tus beneficios, la largura de tus promesas, la sublimidad de la majestad y la profundidad de los juicios.
Venga a nosotros tu reino: para que tú reines en nosotros por la gracia y nos hagas llegar a tu reino, donde la visión de ti es manifiesta, la dilección de ti perfecta, la compañía de ti bienaventurada, la fruición de ti sempiterna.
Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo: para que te amemos con todo el corazón, pensando siempre en ti; con toda el alma, deseándote siempre a ti; con toda la mente, dirigiendo todas nuestras intenciones a ti, buscando en todo tu honor; y con todas nuestras fuerzas, gastando todas nuestras fuerzas y los sentidos del alma y del cuerpo en servicio de tu amor y no en otra cosa; y para que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos, atrayéndolos a todos a tu amor según nuestras fuerzas, alegrándonos del bien de los otros como del nuestro y compadeciéndolos en sus males y no dando a nadie ocasión alguna de tropiezo.
Danos hoy nuestro pan de cada día: tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo: para memoria e inteligencia y reverencia del amor que tuvo por nosotros, y de lo que por nosotros dijo, hizo y padeció.
Perdona nuestras ofensas: por tu misericordia inefable, por la virtud de la pasión de tu amado Hijo y por los méritos e intercesión de la beatísima Virgen y de todos tus elegidos.
Como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden: y lo que no perdonamos plenamente, haz tú, Señor, que lo perdonemos plenamente, para que, por ti, amemos verdaderamente a los enemigos, y ante ti por ellos devotamente intercedamos, no devolviendo a nadie mal por mal, y nos apliquemos a ser provechosos para todos en ti.
No nos dejes caer en la tentación: oculta o manifiesta, súbita o importuna.
Y líbranos del mal: pasado, presente y futuro.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo,
como era en el principio, ahora y siempre
y por los siglos de los siglos. Amén