Archivos diarios: 26 abril, 2013

CONOZCA UN POCO AL EL PROTESTANTISMO

CONOZCA UN POCO AL EL PROTESTANTISMO

por Pedro Kike Briceño (Notas) el Sábado, 5 de septiembre de 2009 a la(s) 21:33

 

Es bueno comenzar diciendo que toda gran rama protestante tiene su origen en la Iglesia Católica y siempre por descontento de algún miembro que por razones meramente humanas se aparta de la Iglesia Madre.

Recordemos que el primer protestante fue Martín Lutero (1483-1546), nacido en Eisleben (Sajonia), profesó como Fraile Agustino y enseñó Teología en Wittemberg. Según parece, esperaba que le encomendasen la publicación de unas indulgencias que concedió el Papa León X, pero estas fueron encargadas a los Frailes Dominicos. Llevado entonces por la envidia, comenzó al principio a atacar violentamente los abusos de la predicación de las indulgencias; luego pasó a atacar directamente las indulgencias en sí mismas y el poder de concederlas; más tarde comenzó a decir que la Iglesia de Roma “ya no era la Iglesia de Cristo” empezando a encarecer la fe, y la fe sola, diciendo que lo que importaba era tener fe, y que esto bastaba para la justificación y el perdón de los pecados. El punto de partida de Lutero, de su doctrina sobre la justificación, es la persuasión de que la naturaleza humana quedó completamente corrompida por el pecado de Adán y de que ese pecado original consistía formalmente en la concupiscencia.

La justificación la concibe Lutero como un acto judicial o forense por el cual Dios declara justo al pecador. La justificación, según su faceta negativa, no es una verdadera remisión de los pecados, sino una simple no-imputación o encubrimiento de los mismos. Así pues, según su faceta positiva, no es una renovación o santificación internas, sino una mera imputación externa de la justicia de Cristo. La condición subjetiva de la justificación, es para Lutero, la fe fiduncial, es decir, la confianza del hombre, que va unida a la certidumbre de su salvación, en que Dios misericordioso le perdona los pecados por amor a Cristo. Por ello afirma Lutero:”Cree y puedes pecar, porque aunque peques, si crees te salvarás”. Este lema de Lutero lo deja el resumido de una forma muy sencilla: “Sola fide, sola gratia” (sólo por la fe, sólo por la gracia), basándola en las palabras de Romanos 1,17: “…el justo vive de la fe…”, así por ello la salvación del hombre para Lutero, no viene ni se obtiene por las obras, sino sólo por la fe. Así, empujados por este axioma, se hace inevitable la afirmación de Calvino: “Nosotros llamamos predestinación al consejo eterno de Dios, por el cual ha determinado lo que debe hacer cada hombre. Porque no los creó a todos en una condición paralela, sino que ordena para unos la vida eterna y para otros la eterna condenación”. Hoy en día esta doctrina ha sido abandonada por la mayor parte de los protestantes, prescindiendo por tanto de esa predestinación absurda, y centrando su fe en Jesucristo salvador. Así Lutero termina dando su famoso axioma de que para la fe basta única y exclusivamente las Sagradas Escrituras interpretadas por cada cual como quiera, es decir el “libre examen”.

Todo esto sucedía por el año 1517, fecha en la cual el Papa, tras varias tentativas para atraerle, finalmente no lo queda más remedio que lanzar una bula contra Lutero excomulgándole, por sus doctrinas contrarias a la única fe de Cristo; Más Lutero quemó públicamente la bula y se declaró en rebelión abierta contra Roma. Así por ello, dejó la Orden de los Agustinos y se casó con una mujer que había sido antes monja llamada Catalina Bora (1525) . Luego Lutero rechazó la doctrina católica por razones meramente humanas, sociales y económicas. Siguiendo estos pasos un poco más tarde también lo hicieron Zwinglio en Suiza y Calvino en Ginebra.
Pero merece una especial mención el Rey Enrique VIII de Inglaterra (1491-1547), ya que en un principio lucho y rechazó las desviaciones de Lutero e hizo incluso un tratado sobre los siete sacramentos. Pero tiempo después este Rey deseoso de un heredero varón para asegurar la dinastía Tudor, y viendo que su legítima esposa Catalina de Aragón no le había dado más que una hija, solicito la anulación de su matrimonio. Roma fue dando largas al asunto y finalmente negó la anulación. Pero el Rey Enrique VIII estaba ya apasionadamente enamorado de Ana Bolena, la que fue segunda de las seis esposas que tuvo, y por tanto el rey no podía tolerar que nadie se opusiera a su poder ni tampoco a sus deseos carnales. Así por el año 1538 y con la indicación del rey, el Parlamento Ingles anuló su primer matrimonio y ratificó el segundo; por ello Roma no tuvo otra solución que declarar la excomunión de Enrique VIII, y el rey para poder mantener su autoridad no vio otro recurso que separar la Iglesia de Inglaterra de la de Roma.
En el año 1534 era nombrado jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra el mismo rey Enrique VIII. Durante los siglos XVII y XVIII se difundió el Anglicanismo fuera de Inglaterra a favor de la expansión Marítimo-colonial. En el siglo XVIII , y del Anglicanismo nacen los Metodistas, inspirados en Wesley. En el siglo XIX y dirigidos por Nexman y como otra nueva escisión del Anglicanismo, surge el movimiento de Oxford. Tengamos por último en cuenta que no solo han surgido diferentes movimientos del Anglicanismo, sino que incluso dentro de esa misma Iglesia existe tendencias muy claras por la diversidad doctrinal: vemos en ella los “High Church” (Anglo-católicos); Los “Low Church (Evangélica); y los Modernistas. Por ello esta Iglesia Anglicana desde su invención se ha declarado a la vez católica, a la vez protestante y reformada.

Después de las anteriores menciones, han ido apareciendo más reformadores y protestantes de mil clases. Dando por ello hoy en día una total falta de “Unidad” entre ellos, ya que se han y se van multiplicando de una forma divergente en sus doctrinas, todo ello motivado por el libre examen de la Biblia y el no existir más regla que las Escrituras, la Biblia, pero interpretada como cada uno quiera, como a cada cual se le figure que le inspira el Espíritu Santo. De ello, aun a pesar de haberlo inventado el, el mismo Lutero luego se quejaba poco tiempo después de su reforma, ya que muy pronto hubo gran diversidad en la fe que profesaban. Pero incluso ni los mismos reformadores protestantes se pusieron de acuerdo: Lutero es distinto a Calvino; Calvino y Lutero distintos a Zwinglio, y los tres de Enrique VIII. Así tras varios siglos de discrepancias, de divisiones por intereses personales y particulares,…, hoy en día nos encontramos con el cínico espectáculo de encontrar centenares de sectas protestantes en el mundo entero, siendo además su rivalidad tal, que desconcierta a cualquier intento de encuesta y de descripción. Pero bien podemos englobarlas todas estas sectas en tres grandes grupos: En primer lugar los denominados Milenarios, que son grupos escatológicos polarizados hacia el fin de los tiempos y el retorno del Señor, entre los cuales a modo de ejemplo podemos mencionar a los Adventistas, a los Testigos de Jehová, a los Amigos del Hombre,…; En segundo lugar los denominados Movimientos de “acción”, llamados a despertar a las Iglesias en sus letargos, entre los cuales podemos mencionar los Cuáqueros, el Ejercito de Salvación…; Y en tercer lugar sectas curadoras.
No obstante, para una mayor claridad enmarcamos un esquema, para así poder ver su origen y pertenecía de un sin fin de grupos:
LUTERANOS.
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-Hermanos Moravos.
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-Anabaptistas.
ANGLICANOS.
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-Metodistas.
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-Ejercito de Salvación.
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-Presbiterianos.
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-Darbystas.
GRUPOS ABIERTOS
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Grupos estrictos.
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-Ravenistas.
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-Congregacionalistas.
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-Apostólicos.
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-Neo-apostólicos.
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-Nueva Iglesia Neo-apostólica.
BAPTISTAS.
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-Iglesia baptista Indete.
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-Federación de Iglesias evangélicas baptistas.
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-Asociación Evangélica de Iglesias Baptistas.
ADVENTISTAS.
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-Iglesia de Dios.
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-Adventistas reformados.
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-Adventistas tiempos venideros.
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-Iglesia cristiana Adventista.
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-Unión, vida y advenimiento.
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-Estudiantes de la Biblia.
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-Testigos de Jehová. -Los amigos del hombre.
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-rama suiza.
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-rama sayerce.
PENTECOSTALES
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-Comunidad para la evangelización y activación.
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-Voz de la curación.
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-Asambleas de Dios.
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-Iglesia Evangélica de acción.
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-Asamblea de los cristianos evangélicos.
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-Iglesia Evangélica de Filadelfia.
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-La última lluvia.
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-Pentecostales liberados.
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-Iglesia apostólica.
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-Pentecostales independientes.
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-Alianza cristiana pentecostal.
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-evangélicos en acción.
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-Bethesda.
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-Misión del evangelio.
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-Misión pentecostal internacional.
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-Misión Franco-Suiza de Pentecostés.
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-Pentecostales de aguas vivas.
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-Movimiento independiente.
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-Elim.
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-La unión por la acción.
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-Iglesia de Dios pentecostal.
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-Iglesia evangélica pentecostal”Salem” -…,y tantas otras,…

 

Todas estas sectas de orientación cristiana han procurado varias veces unirse si convenían en algunos artículos, ya que todas se llaman, así mismas, Cristianas; Al efecto introdujeron la teoría de distinguir entre artículos fundamentales, que todos debieran creer, y los no fundamentales, que se dejarían en libertad de creer o no; Cosa que es anticristiana y absurda. Pero ni aún así pudieron convenir en uno. Hoy en día no habrá ni tres artículos en que todos convengan, y gracias si convienen en la divinidad de Jesucristo, pues no faltan sectas de las enumeradas que la nieguen. Así Bossuet les dirigió su “Historia de las variaciones de los protestantes”, probándoles por ella que todas esas sectas no eran verdad ni estaban en la verdad, pues la verdad no varía.
Por tanto bien puede afirmarse que esta multiplicidad es esencial al protestantismo, y se han ido acentuando más y más cada día, pues ellos no poseen ninguna regla de fe, y por ello mismo se van permitiendo el ir variando sus doctrinas erróneas. Cada secta da su doctrina según su libre interpretación y capricho.
Otra de las características de los protestantes en su globalidad, es la traducción de la Biblia a lengua vernácula, y muchas de esas traducciones orientadas de una forma deliberada, con un designio pérfido. Así por ejemplo durante los años de la reforma, por el 1529,1532 y 1533, surgió una controversia a razón de la falsa traducción realizada por Willian Tyndale, uno de los asociados de Cramer, en cuya traducción, así como en casi todas las traducciones protestantes de la Biblia, habían cambiado y corrompido las buenas y saludables doctrinas de Cristo por sus propias herejías diabólicas, a tal punto que en muchas de ellas se había convertido en caso abiertamente contrario.
Véanse la “Hexapla” inglesa que contiene las seis versiones de traducciones a la lengua vernácula, impresa en columnas paralelas y que incluyen a Wyclif, de Tyndale y de Cramer; siendo estas de un valor inestimable para la comparación. Así y sin temor de rubor, muchos de los términos originales fueron cambiados (permutados) a capricho del traductor protestante, haciendo traducciones deliberadamente erróneas, cambiando así el mensaje real y extirpando de estas traducciones la doctrina original de Jesucristo, trasmitida fielmente por la Iglesia Católica.
De esta forma, por ejemplo, el termino “ídolos” lo tradujeron de una forma capciosa por “imágenes” forjando así un eficaz instrumento contra el culto de los santos y de la Santa humanidad de Cristo. El termino “confesar” que podía sugerir el sacramento de la penitencia, se mal tradujo por “reconocer”.. Las grandes palabras claves del evangelio “gracia” y “salvación” se mal tradujo por “favor” y “salud”. El termino “sacerdote” fue cambiado por el de “anciano” -elder-. El termino “iglesia” se tradujo por “asamblea”,…;y otros tantos términos traducidos de forma errónea.
Veamos por ejemplo, en el consejo apostólico de la epístola de Santiago:”¿Alguno de entre vosotros está enfermo? Que llame a los sacerdotes de la Iglesia y que estos recen por el después de haberle dado la unción de aceite en nombre del Señor.” Es muy evidente que la referencia al sacramento de la extremaunción podía ser mantenido y por ello en su traducción protestantes ve como:”los sacerdotes de la Iglesia” se tornaron en “ancianos de la Asamblea”.
De esta forma los protestantes podían tomar como testigo a la Biblia en lengua vulgar para probar que el nuevo testamento no contenía ninguna referencia que justificase las enseñanzas y las prácticas católicas contemporáneas de las doctrinas en disputa.

Así bien y a consecuencia de las traducciones tendenciosas de la Biblia y del principio de la libre interpretación, surgió lo inevitable entre los protestantes, de lo que uno de sus artífices se queja con estas palabras:”El azote de la división, tal como no se había visto desde tiempos de la pasión de Cristo, ha sobrevenido en nuestra Iglesia reformada, por instigación del diablo, porque no hemos sido oyentes diligentes de la Palabra de Dios, ni de su verdaderos predicadores,…”(Cramer).
Otro reformado expresaba:” He aquí arrianos, marcionistas, libertinos, davistas y semejantes monstruosidades en gran número; nos hace falta ayuda contra los sectarios y los epicúreos y los seudo-evangelistas, que han comenzado a sacudir nuestras iglesias con una violencia más fuerte que nunca” (carta original relativa a la reforma inglesa-Micronius a Bullinger ,año 1550,reformadores protestantes).
Es así, como hoy se ve, bien puede decirse que hay muchas sectas protestantes, pero no una iglesia protestante digna de tal nombre.

Muchas cosas más podríamos decir de los orígenes del protestantismo y de sus primeros fundadores, así como de sus doctrinas iniciales que en muchos casos han sido repugnantes incluso a la propia conciencia natural; Pongamos por ejemplo las palabras de Lutero:”Cree de firme y peca más de firme” (Pecca fortiter, sed credere fortius) (texto de una carta dirigida a Melanchthon), en esa carta dice Lutero: “Se pecador, y peca fuertemente y alégrate en Cristo, que es vencedor de la muerte y del mundo. Hay que pecar mientras aquí estemos. Basta que conozcamos, por la riqueza de la gloria de Dios, al cordero que quita los pecados del mundo, no nos separará de él el pecado, aunque en un día forniquemos y matemos mil veces”. En la lectura de esta carta disparatada que escribe Lutero, nos damos cuenta perfectamente que aquí él pretende decir que las obras no son necesarias para salvarse, no dice que el evangelio no nos exige buenas obras, antes en tal caso las condena. Este y otros principios de este mismo estilo es pauta de reformadores protestantes. Así por ejemplo, Calvino niega el libre albedrío con las siguientes palabras: “Dios excita al hombre a violar sus leyes, y que el hombre cae, porque así Dios lo ha ordenado. “Otro reformador protestante llega con su doctrina a las blasfemias, este es el caso de las palabras de Zwinglio:”Dios es el primer principio del pecado”

IMAGENES E ICONOS EN LA IGLESIA

IMAGENES E ICONOS EN LA IGLESIA

 

En la actitud de la Iglesia primitiva frente a las imágenes hay que hacer una distinción que no siempre se tiene en cuenta: el uso y el culto.

El uso precedió al culto. El uso de imágenes apareció muy pronto en las comunidades cristianas primitivas, como lo atestiguan las catacumbas romanas y el baptisterio y la iglesia de Dura Europas (Irak) (ciudad que fue destruida en el año 256).

El  culto a las imágenes se implantó más lentamente entre los cristianos; sin duda por la prohibición explícita del Antiguo Testamento: «No te harás escultura ni imagen alguna de lo que hay arriba en el cielo, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas bajo la tierra. Ni te postrarás ante ellas, ni les darás culto, porque yo, Yahvé, tu Dios, soy un Dios celoso» (Ex 20,4s). Sin embargo, esta prohibición tan tajante no hay que entenderla de un modo absoluto porque, de hecho, en lo más santo de Israel, el arca de la alianza, había unos querubines: «Harás además dos querubines de oro […] en los dos extremos del propiciatorio» (Ex 25,18; cf. Ez 41,18-20). También se puede considerar como una imagen la serpiente de bronce levantada por Moisés en el desierto (Núm. 21,8s).

El descubrimiento de la sinagoga de Dura Europos, bellamente decorada con escenas del Antiguo Testamento, demuestra que, en la práctica, los judíos no eran tan ajenos al uso de imágenes, aunque el caso de esta sinagoga es verdaderamente excepcional.
En los primeros siglos cristianos no faltaron algunas voces contrarias al uso de las imágenes, apoyándose precisamente en la prohibición del Antiguo Testamento. Sobresalen Tertuliano (De spectaculis 23,5: Dios, absoluta verdad, tiene que ser forzosamente refractario a la falsedad). Pero Tertuliano, después de haber pasado al montanismo, dice que los católicos tienen cálices con la figura grabada del Buen Pastor. También Clemente de Alejandría (Stromata VIl,5,28: Dios no puede ser circunscrito), Minucio Félix y Orígenes, quien rechazaba la argumentación de los paganos para representar a Dios en imágenes, alegando que el honor debido a la imagen va dirigido a su prototipo (Contra Celsum VI,14). Y, especialmente, el Concilio de Elvira, cuyo canon 36 prohíbe expresamente la presencia de pinturas en las iglesias: «Se dispuso que no debe haber pinturas en las iglesias, para que lo que se venera y se adora no se pinte en las paredes».
Eusebio de Cesárea ve en las imágenes un peligro de idolatría o, cuando menos, un claro influjo del paganismo: «… hemos indagado que se conservan pintadas en cuadros las imágenes de los apóstoles Pablo y Pedro, e incluso del mismo Cristo, cosa natural, pues los antiguos tenían por costumbre honrarlos de este modo, sin miramiento, como salvadores, según el uso pagano vigente entre ellos» (Historia eclesiástica VIl,18,4). La emperatriz Constancia, hermana de Constantino y esposa de Licinio, desea conseguir una imagen de Cristo; y Eusebio se niega a proporcionársela alegando que «ahora la forma humana de Cristo ha sido divinizada, de modo que, en adelante, ya no puede ser representada» (ibid).

Después de la paz de la Iglesia (313), con la progresiva desaparición del paganismo, el peligro de idolatría se hace cada vez más remoto; y, por consiguiente, el uso de imágenes se difunde sin problemas por todas las comunidades cristianas. El Concilio de Nicea le atribuye a san Basilio esta expresión: «el honor debido a la imagen va dirigido a su prototipo»; pero esta frase está sacada de su contexto, puesto que no se refiere en modo alguno al culto de las imágenes, sino a la teología de la imagen de Dios (De Spiritu Sancto, XVIll,45).
Todavía a finales del siglo IV o principios del V, san Epifanio de Salamina decía que las pinturas o imágenes de Cristo «van contra nuestra religión» (citado por San Jerónimo, Epist. 51).

El culto a las imágenes en la Iglesia primitiva
A comienzos del siglo V, en contra de la opinión y praxis de san Epifanio, muchos Santos Padres se refieren ya a las imágenes sin manifestar ningún rechazo hacia ellas. El culto de las imágenes empieza por la cruz. Y no sólo el madero de la cruz de Jesús descubierto por santa Elena, que es venerado como una reliquia auténtica, sino el signo de la cruz propiamente dicho, que empieza a multiplicarse: Prudencio habla de la cruz que los emperadores llevan sobre la corona (Apotheosis 448); y Teodoreto de Ciro habla de la veneración del signo, no de la reliquia de la cruz (Graec. Af. Curatio IV). Pero todos los testimonios de imágenes pintadas, de este tiempo, se refieren más al uso que al culto.
Los testimonios que garantizan la existencia del culto de las imágenes de Cristo, de la Virgen y de los santos son más bien escasos hasta el siglo VI. A finales de esta centuria, Leoncio, obispo de Neápolis (Chipre), defiende a los cristianos contra las acusaciones de los judíos, que los tachaban de idólatras por el culto que tributaban a las imágenes; y él fue quien trazó las primeras líneas de una teología del culto a la cruz y a las imágenes (Discurso 50).
San Gregorio Magno (+ 604) corrige a Sereno, obispo de Marsella, el cual había destruido algunas imágenes por miedo a que el pueblo cayese en la idolatría. Se puede afirmar que fue este papa quien explicitó definitivamente la doctrina ortodoxa relativa al culto de las imágenes cuando afirmaba: «Una cosa es adorar las imágenes, y otra distinta venir en conocimiento, por medio de ellas, de lo que se ha de adorar. Lo que la Escritura es para el lector, eso mismo es la imagen para quienes no saben leer. No cabe duda de que no es desacertado elevarse por lo visible a lo invisible» (Epist. 11).
San Gregorio de Nisa ya había llamado a las imágenes la Biblia de los pobres y de los ignorantes. San Basilio atribuía a la pintura la misma función que a la palabra: la pintura, es decir, las imágenes, hacen visible, a través de la imitación, cuanto el discurso manifiesta a través del oído (PO 31,524). Las imágenes son como un libro abierto que estimula al deseo de las realidades espirituales. Por eso, él prefería que las basílicas fuesen decoradas con escenas bíblicas y alegóricas. San Nilo aconseja al emperador Olimpiodoro que, en vez de pinturas simplemente ornamentales de animales y plantas, pinte escenas del Antiguo y Nuevo Testamento que sean aptas, a la vez, para instruir a los analfabetos y para transmitirles deseos del cielo.

Pero, por encima de todos los Padres de la Iglesia oriental, fue san Juan Damasceno quien, siguiendo el pensamiento de la Iglesia occidental, mejor planteó el tema de la veneración de las imágenes: «Hubo un tiempo en que no se hacía imagen alguna de Dios, dado que él existe sin cuerpo ni figura. Ahora, en cambio, después de haberse manifestado en la carne y de haber vivido con los hombres, hago objeto de imagen cuanto de Dios es visible. No adoro la materia, sino al creador de la materia… No dejaré de honrar la materia que sirvió de instrumento para procurarme la salvación» Orat. I.
Según san Juan Damasceno, las imágenes perpetúan de algún modo la potencia divina, presente en los santos cuando estos vivían en la tierra: «Durante la vida, los santos estaban llenos del Espíritu Santo, y en la muerte, la gracia del Espíritu Santo perdura inseparable en sus almas, en sus cuerpos, en los sepulcros y en las santas imágenes que los representan, no, por cierto, en el plano de la esencia, sino en aquel de la gracia y de la acción» (ibid).
El iconoclasmo
A lo largo del siglo VII, el culto a las imágenes emprendió una marcha triunfal en la devoción de las gentes sencillas, favoreciendo así las leyendas e incluso la milagrería. Fue por entonces cuando empezaron a aparecer imágenes de Cristo no pintadas por mano de hombre (akeiropoieta), imágenes de la Virgen atribuidas a san Lucas, imágenes caídas del cielo; imágenes que derramaban sangre, que defendían contra las enfermedades…
Quizá por esa especie de fanatismo surgieron de nuevo algunas voces contra las imágenes. Había incluso regiones enteras, como Armenia, que eran hostiles a las imágenes; y no precisamente entre los herejes, especialmente los monofisitas, y sectarios, como los paulicianos, sino también entre obispos plenamente ortodoxos.

El origen de la iconoclastia parece que no estuvo tanto en el emperador León III el Isáurico, cuanto en algunos obispos del Asia Menor, entre los que sobresalieron Constantino de Nacoeo, el metropolita Tomás de Claudiópolis, y el también metropolita Teodoro de Éfeso. Estos obispos, antes de que brotase la contienda del iconoclasmo, habían pedido al patriarca Germán de Constantinopla, no sólo que moderara, sino incluso que reprimiera el culto a las imágenes.
No se puede decir con exactitud cuándo empezó el verdadero culto a las imágenes; pero tuvo que ser, más o menos, a finales del siglo VII, porque el Concilio Trulano o Quinisexto (692) promulgó tres cánones sobre el culto de las imágenes: el canon 73 se refiere a la veneración de la cruz; el 82 pide que se sustituyan las representaciones simbólicas y alegóricas de Cristo, por ejemplo el Cordero, por figuras humanas; y el 100 da normas concretas sobre la decencia en el arte sacro.
San Juan Damasceno fue el adversario más demoledor de los iconoclastas, porque, según éstos, la trascendencia divina, es decir, la esfera de lo sagrado, es absolutamente intangible; en cambio, según el Damasceno, la imagen va unida a la presencia viva y actual del evento narrado.
El decreto dogmático del Concilio II de Nicea
El Concilio II de Nicea fue convocado en el año 787 por la emperatriz Irene, regente durante la minoría de edad de su hijo Constantino IV (780-790), la cual había permanecido fiel, aunque en secreto, al culto de las imágenes. El papa Adriano I (772-795), invitado por la emperatriz al Concilio, no asistió personalmente, pero envió, como era costumbre, sus legados: Pedro, arcipreste de la basílica de San Pedro, y el abad Pedro, del monasterio de San Sabas.
Después de muchas dificultades provocadas por los obispos iconoclastas, que pretendían boicotear el Concilio, los Padres conciliares, juntamente con la emperatriz Irene y su hijo Constantino IV, firmaron las actas del concilio, en las que figura el siguiente decreto dogmático que había sido aprobado en la sesión VI (13.10.787): «Siguiendo el camino real, fieles al magisterio divinamente inspirado de nuestros Santos Padres y a la tradición de la Iglesia católica, pues la reconocemos ser del Espíritu Santo que habita en ella, definimos con todo esmero y diligencia que, como la de la preciosa y edificante Cruz, así también hay que exhibir las venerables y santas imágenes, tanto las de colores como las de mosaicos o de otras materias convenientes, en las santas iglesias de Dios, en los vasos y vestidos sagrados y en los muros y tablas, en las casas y en los caminos; a saber, tanto la imagen de Nuestro Señor Dios y Salvador Jesucristo, como la de nuestra Inmaculada Señora, la Santa Madre de Dios, y las de los honorables ángeles y de todos los santos y piadosos varones.
Porque cuanto más se las contempla en una reproducción figurada, tanto más los que las miran se sienten estimulados al recuerdo y afición de los representados, a besarlas y a rendirles el homenaje de la veneración (Proskinesis timetiké), aunque sin testificarle adoración (latría), la cual compete sólo a la naturaleza divina: de manera que a ellas (las imágenes) como a la figura de la preciosa y vivificante Cruz, a los santos evangelios y a las demás ofrendas sagradas, les corresponde el honor del incienso y de las luces, según la piadosa costumbre de los mayores, ya que el honor tributado a la imagen se refiere al representado en ella, y quien venera una imagen venera en ella a la persona representada» (Denzinger 600-601).
San Basilio asimilaba ontológicamente la imagen a la Palabra divina; y le brindó al Concilio II de Nicea la fórmula teológica: «La adoración de la imagen pasa a quien está pintado. Sea por el pensamiento en las palabras de la Escritura, sea por la representación del icono…, nosotros recordamos los prototipos (sus modelos vivientes) y somos introducidos al Iado de ellos».
Después de la victoria del culto a las imágenes, un sínodo de Constantinopla (860) sentenció en el siguiente decreto: «Lo que el Evangelio nos dice con palabras, el icono lo hace con colores y lo hace presente».
El Concilio Niceno II (787) acalló definitivamente todas las voces contrarias al culto de las imágenes; pero no logró acabar con las de algunas sectas, por ejemplo los paulicianos, los cuales encontrarán bastantes adeptos en la Edad Media, tales como Pedro y Enrique de Bruys, y posteriormente Wyclif, Juan Hus y los reformadores protestantes, en general, y muy especialmente Calvino. Contra todos ellos el Concilio de Trento proclamó de nuevo la legitimidad del culto a las imágenes.

el autor es Jesús Álvarez Gómez nació en San Pedro de Trones (León) en 1934.. Se graduó doctor en Historia de la Iglesia por la Universidad Gregoriana (Roma) y es profesor de Arqueología cristiana en la Facultad de Teología “San Dámaso” de Madrid. Entre sus numerosas publicaciones cabe destacar Historia de la Vida Religiosa (3 vols).

LA FALTA DE UNIDAD EN LA IGLESIA

 

por Pedro Kike Briceño (Notas) el Sábado, 5 de septiembre de 2009 a la(s) 19:00

 

  La unidad de la iglesia es parte esencial de su constitución en el cuerpo de Cristo.

Así como el cuerpo humano no puede ser dividido sin exponerlo a muerte, todo cisma y soberbia es fatal para la vida del cuerpo de Cristo. El sistema de las denominaciones es esencialmente humano y contrario a la voluntad de nuestra Cabeza. Un principio doctrinal no tiene importancia suficiente como para suplantar el nombre del Señor, que es el solo nombre que debe regir en su Iglesia. El hecho de que Dios haya usado una iglesia dividida no es razón para creer que él apruebe su división.

Hay, sin embargo, un mal mayor que el de las denominaciones, y es el que dentro de la misma denominación o congregación, hay frecuentemente disensiones y divisiones mayores que las existentes entre las iglesias y sectas. La unidad de la iglesia es destruida no sólo por cismas y por el espíritu sectario, sino también por envidias secretas, celos y contiendas entre el pueblo del Señor, que acusan falta de amor, que es la gracia suprema del cristianismo.
Una de las causas de todo esto en la Iglesia es la falta de santificación individual de sus miembros, pues los males apuntados provienen de la naturaleza vieja y pecaminosa, como el apóstol escribió a los corintios: «Pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no soy carnales, y andáis como hombres?». Y en otro lugar los compara a niños y les dice que no ha podido hablarles como a espirituales.

Otra causa de estas divisiones es el apego indebido a ciertos hombres, como hombres. El culto de los héroes de esta creación es una de las causas principales de este gran mal que ha dividido y debilitado el cuerpo del Señor. Los males apuntados dañan, primeramente, la cabeza. Como una herida, por leve que sea, en el miembro más pequeño de nuestro cuerpo, inmediatamente se comunica a la cabeza; así Cristo es herido por nuestros celos, envidias, contiendas.
Cuando herimos a los hermanos, herimos al Señor Jesús, y cuando el cuerpo es destrozado, la Cabeza sufre con dolor mortal. Hiriendo a los demás miembros de la Iglesia, nos herimos a nosotros mismos por el hecho de ser un cuerpo. Si un miembro sufre, todos sufrimos. Hay una ley de retribución que hace recaer sobre el autor de un hecho sus consecuencias. Muchas personas hay que están sufriendo de enfermedades, y otras muchas que están paralizadas en su vida espiritual como consecuencia de injusticias y agravios inferidos que debieron ser confesados con oportunidad.
En tercer lugar, herimos todo el cuerpo de Cristo, puesto que todos formamos parte del mismo cuerpo. La frialdad se debe en gran parte a estas divisiones. La pérdida de la fe apostólica y del poder que la acompaña se debe a la desunión de los fieles. Su organismo espiritual está destrozado.

Además, tal estado de cosas estorba al testimonio de la Palabra de Dios en el mundo. La unidad de la Iglesia fue designada por Cristo como un testimonio al mundo, y la ausencia de esta unidad es el obstáculo mayor con que los hombres tropiezan en su aceptación al evangelio. Un historiador inglés del Imperio Romano lo reconoció cuando dijo que la unidad de la Iglesia primitiva había sido un testimonio al mundo que no se podía contradecir. Mas ¡ay! No se puede decir lo mismo hoy día.

“Porque me ha sido declarado de vosotros, hermanos míos, por los que son de Cloe, que hay entre vosotros contiendas; Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: Yo cierto soy de Pablo; pues yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo. ¿Está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿ó habéis sido bautizados en el nombre de Pablo?”

paz y bien

Dios nos juzgará por la caridad

La catequesis de la audiencia general de hoy, 24 de abril de 2013, fue especialmente bella, una llamada de Jesús a nuestros corazones a través de la voz del Papa Francisco

Autor: Papa Francisco | Fuente: News.va

 

Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

 

En el Credo profesamos que Jesús “de nuevo vendrá con gloria para juzgar a los vivos y a los muertos”. La historia humana comienza con la creación del hombre y la mujer a imagen y semejanza de Dios y concluye con el juicio final de Cristo. A menudo nos olvidamos de estos dos polos de la historia, y sobre todo la fe en el regreso de Cristo y en el juicio final a veces no está tan clara y sólida en el corazón de los cristianos. Jesús durante su vida pública, a menudo ha reflexionado sobre la realidad de su venida final.
Sobre todo recordamos que, con la Ascensión, el Hijo de Dios ha llevado al Padre nuestra humanidad que Él asumió y quiere atraernos a todos hacia Sí mismo, llamar a todo el mundo para que sea recibido en los brazos abiertos de Dios, para que, al final de la historia, toda la realidad sea entregada al Padre. Hay, sin embargo, este “tiempo intermedio” entre la primera venida de Cristo y la última, que es precisamente el momento que estamos viviendo. En este contexto se coloca la parábola de las diez vírgenes (cf. Mt 25,1-13). Se trata de diez muchachas que esperan la llegada del Esposo, pero tarda y ellas se duermen. Ante el repentino anuncio de que el Esposo está llegando, todas se preparan para recibirlo. Pero mientras cinco de ellas, prudentes, tienen el aceite para alimentar sus lámparas, las otras, necias, se quedan con las lámparas apagadas, porque no lo tienen; y mientras lo buscan, el Esposo llega y las vírgenes necias encuentran cerrada la puerta que conduce a la fiesta de bodas. Llaman con insistencia, pero es demasiado tarde, el Esposo responde: no os conozco.
El Esposo es el Señor, y el tiempo de espera de su llegada es el tiempo que Él se nos da, con misericordia y paciencia, antes de su llegada final, tiempo de la vigilancia; tiempo en que tenemos que mantener encendidas las lámparas de la fe, de la esperanza y de la caridad, tiempo de mantener abierto nuestro corazón a la bondad, a la belleza y a la verdad; tiempo que hay que vivir de acuerdo con Dios, porque no conocemos ni el día, ni la hora del regreso de Cristo. Lo que se nos pide es estar preparados para el encuentro: preparados a un encuentro, a un hermoso encuentro, el encuentro con Jesús. Esto significa ser capaz de ver los signos de su presencia, mantener viva nuestra fe con la oración, con los Sacramentos, estar atentos para no caer dormidos, para no olvidarnos de Dios. La vida de los cristianos dormidos es una vida triste, ¿eh?, no es una vida feliz. El cristiano debe ser feliz, con la alegría de Jesús… ¡No se duerman!
La segunda parábola, la de los talentos, nos hacen reflexionar sobre la relación entre la forma en que usamos los dones recibidos de Dios y su regreso, cuando nos pedirá cómo los hemos utilizado (cf. Mt 25,14-30). Conocemos bien la historia: antes de salir de viaje, el dueño da a cada siervo algunos talentos para que sean bien utilizados durante su ausencia. Al primero le entrega cinco, dos al segundo y uno al tercero. Durante su ausencia, los dos primeros siervos multiplican sus talentos -se trata de monedas antiguas, ¿verdad?-, Mientras que el tercero prefiere enterrar su propio talento y entregarlo intacto a su dueño. A su regreso, el dueño juzga su trabajo: alaba a los dos primeros, mientras que el tercero viene expulsado fuera de la casa, porque ha mantenido oculto por temor el talento, cerrándose sobre sí mismo. Un cristiano que se encierra dentro de sí mismo, que oculta todo lo que el Señor le ha dado… ¿es un cristiano?… ¡no es un cristiano! ¡Es un cristiano que no agradece a Dios todo lo que le ha dado!
Esto nos dice que la espera del retorno del Señor es el tiempo de la acción. Nosotros somos el tiempo de la acción, tiempo para sacar provecho de los dones de Dios, no para nosotros mismos, sino para Él, para la Iglesia, para los otros, tiempo para tratar siempre de hacer crecer el bien en el mundo. Y sobre todo hoy, en este tiempo de crisis, es importante no encerrarse en sí mismos, enterrando el propio talento, las propias riquezas espirituales, intelectuales, materiales, todo lo que el Señor nos ha dado, sino abrirse, ser solidarios, tener cuidado de los demás. En la plaza, he visto que hay muchos jóvenes. ¿Es verdad esto? ¿Hay muchos jóvenes? ¿Dónde están? A ustedes, que están en el comienzo del camino de la vida, pregunto: ¿Han pensado en los talentos que Dios les ha dado? ¿Han pensado en cómo se pueden poner al servicio de los demás? ¡No entierren los talentos! Apuesten por grandes ideales, los ideales que agrandan el corazón, aquellos ideales de servicio que harán fructíferos sus talentos. La vida no se nos ha dado para que la conservemos celosamente para nosotros mismos, sino que se nos ha dado, para que la donemos. ¡Queridos jóvenes, tengan un corazón grande! ¡No tengan miedo de soñar cosas grandes!
Por último, una palabra sobre el párrafo del juicio final donde viene descrita la segunda venida del Señor, cuando Él juzgará a todos los seres humanos, vivos y muertos (cf. Mt 25,31-46). La imagen utilizada por el evangelista es la del pastor que separa las ovejas de las cabras. A la derecha se sitúan los que han actuado de acuerdo a la voluntad de Dios, que han ayudado al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado, al extranjero. Pienso en los muchos extranjeros que hay aquí en la diócesis de Roma. ¿Qué hacemos con ellos? Mientras que a la izquierda están los que no han socorrido al prójimo. Esto nos indica que seremos juzgados por Dios en la caridad, en cómo lo hemos amado en los hermanos, especialmente en los más vulnerables y necesitados. Por supuesto, siempre hay que tener en cuenta que somos justificados, que somos salvados por la gracia, por un acto de amor gratuito de Dios que siempre nos precede. Solos no podemos hacer nada. La fe es ante todo un don que hemos recibido, pero para dar fruto, la gracia de Dios siempre requiere de nuestra apertura a Él, de nuestra respuesta libre y concreta. Cristo viene para traernos la misericordia de Dios que salva. Se nos pide que confiemos en Él, de responder al don de su amor con una vida buena, hecha de acciones animadas por la fe y el amor.
Queridos hermanos y hermanas, no tengamos nunca miedo de mirar el juicio final; que ello nos empuje en cambio a vivir mejor el presente. Dios nos ofrece con misericordia y paciencia este tiempo para que aprendamos cada día a reconocerlo en los pobres y en los pequeños, para que nos comprometamos con el bien y estemos vigilantes en la oración y en el amor. Que el Señor, al final de nuestra existencia y de la historia, pueda reconocernos como siervos buenos y fieles. Gracias. (Traducción de Eduardo Rubio- Radio Vaticana)