LA RESPUESTA DEL HOMBRE A DIOS

 

por Pedro Kike Briceño (Notas) el Martes, 18 de enero de 2011 a la(s) 15:03

Por su revelación, transmitida oralmente o por escrito mediante  la Iglesia, “Dios invisible habla a los hombres como AMIGO(ver Éxodo 33, 11; Juan 15, 14-15), movido por su gran amor, mora con ellos (Baruc 3, 38) para invitarlos a la comunión consigo y recibirlos en su compañía” (Dei Verbum 2).

La respuesta adecuada por parte del hombre a la invitación de Dios es la FE. Esta fe nace en el corazón de los no creyentes y se alimenta en el corazón de los creyentes mediante la escucha de la Palabra de Dios en la Iglesia (ver Romanos 10,17), lleva a un consentimiento  y a un compromiso por parte del hombre con miras a instaurar una alianza duradera entre el Creador y su criatura. Por la fe, el hombre somete completamente su inteligencia y su voluntad a Dios. Con todo su ser, el hombre da su asentimiento a Dios que revela, se confía libre y totalmente a Dios. La Sagrada Escritura (ver Romanos 1, 5; Romanos 16, 26)llama “obediencia de la fe” a esta respuesta del hombre a Dios que revela.

“Obedecer en la fe”, es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, que es la Verdad misma. De esta obediencia, Abraham es el modelo que nos propone la Sagrada Escritura: “Por la fe, Abraham obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba” (ver Hebreos 11, 8; Génesis 12, 1-4); por la fe, vivió como extranjero y peregrino en la Tierra prometida (ver Génesis 23, 4); por la fe, a Sara se le otorgó el concebir al hijo de la promesa y, finalmente, por la fe, Abraham ofreció a su hijo único en sacrificio (ver Hebreos 11, 17-19). Y aunque muchos hombres y mujeres del Antiguo Testamento merecieron el elogio de la fe ejemplar, Dios tenía ya dispuesto algo mejor: la gracia de creer  en su Hijo Jesús, “el que inicia y consuma la fe” (Hebreos 11, 40; Hebreos 12, 2).  La Virgen María realiza de la manera más perfecta la “obediencia de la fe”: en  la fe, María acogió el anuncio y la promesa que le traía el ángel Gabriel,  creyendo que “nada es imposible para Dios” (Lucas 1, 37; Génesis 18, 14) y dando su  asentimiento: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”  (Lucas 1, 38). Isabel la saludó: “¡Dichosa la que ha creído que se cumplirán la  cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lucas 1, 45); por esta fe  todas las generaciones la proclamarán bienaventurada (ver Lucas 1, 48). Durante  toda su vida, y hasta su última prueba (Lucas 2, 35), cuando Jesús, su hijo,  murió en la cruz, su fe no vaciló. María no cesó de creer en el “cumplimiento”  de la palabra de Dios. Ella, como dice San Ireneo, “obedeciendo fue causa de su salvación propia y de la de todo el género humano”. Por eso no pocos Padres  antiguos en su predicación gustosamente afirman con él: “El nudo de la desobediencia  de Eva fue desatado por la obediencia de María: lo que ató la virgen Eva por su  incredulidad, lo desató la Virgen María por su fe”; y comparándola con Eva  llaman a María “Madre de los vivientes”, y afirman con mucha frecuencia: “la  muerte nos vino por Eva, la vida por María (ver Lumen Gentium 56). María es  virgen porque su virginidad es signo de su fe “no adulterada por duda alguna” (Lumen  Gentium 63) y de su entrega total a la voluntad de Dios. Su fe es la que le  hace llegar a ser la madre del Salvador: “Más bienaventurada es María al  recibir a Cristo por la fe que al concebir en su seno la carne de Cristo” (San  Agustín, de sancta virginitate 3) 

Por todo ello, la Iglesia venera en María

la realización más pura de la FE.

La fe es ante todo una adhesión personal del hombre  a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a TODA la  verdad que Dios ha revelado. Para el cristiano, creer en Dios es  inseparablemente creer en Aquel que El ha enviado, su “Hijo amado” en quien ha  puesto toda su complacencia (Marcos 1, 11) Dios nos ha dicho que le escuchemos  (ver Marcos 9, 7). El Señor mismo dice a sus discípulos: “Creed en Dios, creed  también en mi” (Juan 14, 1). Podemos creer en Jesucristo porque es Dios, el  Verbo hecho carne:

Nosotros creemos y confesamos que Jesús  de Nazaret, nacido judío de una hija de Israel, en Belén en el tiempo del rey  Herodes el Grande y del emperador César Augusto; de oficio carpintero, muerto  crucificado en Jerusalén, bajo el procurador Poncio Pilato, durante el reinado  del emperador Tiberio, es el Hijo eterno de Dios hecho hombre, que ha  “salido de Dios” (Juan 13, 3), “bajó del cielo” (Juan 3,  13; Juan 6, 33), “ha venido en carne” (1 Juan 4, 2), porque “la  Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos visto su  gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de  verdad… Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia”  (Juan 1, 14. 16). (ver CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA n. 424)

“A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único que  está en el seno del Padre, el lo ha contado” (Juan 1, 18). Porque “ha visto al  Padre” (Juan 6, 16), él es único en conocerlo y en poderlo revelar (ver Mateo  11, 27). No se puede creer en Jesucristo sin tener parte en su Espíritu. Es el  Espíritu Santo quien revela a los hombres quien es Jesús. Para entrar en  contacto con Cristo, es necesario primero haber sido atraído por el Espíritu  Santo. El es quien nos precede y despierta en nosotros la fe. Mediante el  Bautismo, primer sacramento de la fe, la Vida, que tiene su fuente en el Padre  y se nos ofrece por el Hijo, se nos comunica íntima y personalmente por el Espíritu  Santo en la Iglesia. “El Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de  Dios… Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios” (1 Corintios 2,  10-11). Sólo Dios conoce a Dios enteramente. Nosotros creemos en el Espíritu  Santo porque es Dios. “La fe de todos los cristianos se cimenta en la Santísima  Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo” (San Cesáreo de Arlés)

LAS CARACTERISTICAS DE LA FE

1.   La fe es una gracia

Cuando San Pedro confiesa que Jesús es el  Cristo, el Hijo de Dios vivo, Jesús le declara que esta revelación no le ha  venido “de la carne y de la sangre, sino de mi Padre que está en los  cielos” (Mateo 16,17; confrontar con la vocación de San Pablo: Gálatas  1,15-17; y con la de los pequeños: Mateo 11,25). La fe es un don de Dios, una  virtud sobrenatural infundida por él, “Para dar esta respuesta de la fe es  necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio  interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón y lo dirige a Dios, abre los  ojos del espíritu y concede a todos gusto en aceptar y creer la verdad'”  (Dei Verbum 5).

2.    La fe es un acto humano

Sólo es posible creer por la gracia y  los auxilios interiores del Espíritu Santo. Pero no es menos cierto que creer  es un acto auténticamente humano. No es contrario ni a la libertad ni a la  inteligencia del hombre depositar la confianza en Dios y adherirse a las  verdades por él reveladas, porque “la razón más alta de la dignidad humana  consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Desde su mismo  nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios. Existe pura y  simplemente por el amor de Dios, que lo creó, y por el amor de Dios, que lo  conserva. Y sólo se puede decir que vive en la plenitud de la verdad cuando  reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su Creador.

Muchos son, sin embargo, los que hoy  día se desentienden del todo de esta íntima y vital unión con Dios o la niegan  en forma explícita. Es este ateísmo uno de los fenómenos más graves de nuestro  tiempo. Y debe ser examinado con toda atención.  La  palabra “ateísmo” designa realidades muy diversas. Unos niegan a Dios  expresamente. Otros afirman que nada puede decirse acerca de Dios. Los hay que  someten la cuestión teológica a un análisis metodológico tal, que juzgan como  inútil el propio planteamiento de la cuestión. Muchos, rebasando indebidamente  los límites sobre esta base puramente científica sostienen que todo se explica  únicamente por esa razón científica o, por el contrario, rechazan sin excepción  toda verdad absoluta. Hay quienes exaltan tanto al hombre, que dejan sin  contenido la fe en Dios, ya que les interesa más, a lo que parece, la  afirmación del hombre que la negación de Dios. Hay quienes imaginan un Dios por  ellos rechazado, que nada tiene que ver con el Dios del Evangelio. Otros ni siquiera  se plantean la cuestión de la existencia de Dios, porque, al parecer, no  sienten inquietud religiosa alguna y no perciben el motivo de preocuparse por  el hecho religioso. Además, el ateísmo nace a veces como violenta protesta  contra la existencia del mal en el mundo o como adjudicación indebida del  carácter absoluto a ciertos bienes humanos que son considerados prácticamente  como reemplazos de Dios. La misma civilización actual, no en sí misma, pero sí  por su sobrecarga de apego a la tierra, puede dificultar en grado notable el  acceso del hombre a Dios.

Quienes voluntariamente pretenden apartar de su corazón a Dios y evitar con rodeo las cuestiones religiosas, desoyen el dictamen de su conciencia y, por tanto, no carecen de culpa. Sin embargo, también los creyentes tienen en esto su parte de responsabilidad.  Porque el ateísmo, considerado en su total integridad, no es un fenómeno  originario, sino un fenómeno derivado de varias causas, entre las que se debe  contar también la reacción crítica contra las religiones, y, ciertamente en  algunas zonas del mundo, sobre todo contra la religión cristiana. Por lo cual,  en esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios  creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la  exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida  religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión” (Gaudium et spes 19).

En la fe, la inteligencia y la voluntad  humanas cooperan con la gracia divina: “Creer es un acto del entendimiento  que asiente a la verdad divina por imperio de la voluntad movida por Dios  mediante la gracia” (S. Tomás de A., s.tú. 2-2, 2,9; confrontar Concilio  Vaticano I: DS 3010).

El motivo de creer no radica en el  hecho de que las verdades reveladas aparezcan como verdaderas e inteligibles a  la luz de nuestra razón natural. Creemos “a causa de la autoridad de Dios  mismo que revela y que no puede engañarse ni engañarnos”. “Sin  embargo, para que el homenaje de nuestra fe fuese conforme a la razón, Dios ha  querido que los auxilios interiores del Espíritu Santo vayan acompañados de las  pruebas exteriores de su revelación” (DS 3009). Los milagros de Cristo y  de los santos (confrontar Marcos 16,17-18; Hechos 2,4), las profecías, la  propagación y la santidad de la Iglesia, su fecundidad y su estabilidad  “son signos ciertos de la revelación, adaptados a la inteligencia de  todos”, “motivos de credibilidad que muestran que el asentimiento de  la fe no es en modo alguno un movimiento ciego del espíritu” (Concilio  Vaticano I: DS 3008-10).

La fe es cierta, más cierta que todo  conocimiento humano, porque se funda en la Palabra misma de Dios, que no puede  mentir. Ciertamente las verdades reveladas pueden parecer oscuras a la razón y  a la experiencia humanas, pero “la certeza que da la luz divina es mayor  que la que da la luz de la razón natural” (S. Tomás de Aquino, s.tú. 2-2,  171,5, obj.3). “Diez mil dificultades no hacen una sola duda” (J.H.  Newman, apol.).

La fe trata de comprender” (S. Anselmo, prosl. proem.): es inherente a la fe que el creyente desee conocer mejor a Aquel en quien ha puesto su fe, y comprender mejor lo que le ha sido revelado; un conocimiento más penetrante suscitará a su vez una fe mayor, cada  vez más encendida de amor. La gracia de la fe abre “los ojos del  corazón” (Ef. 1,18) para una inteligencia viva de los contenidos de la  Revelación, es decir, del conjunto del designio de Dios y de los misterios de  la fe, de su conexión entre sí y con Cristo, centro del Misterio revelado.  Ahora bien, “para que la inteligencia de la Revelación sea más profunda,  el mismo Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe por medio de sus  dones” (Dei Verbum 5). Así, según el adagio de S. Agustín (serm. 43,7,9),  “creo para comprender y comprendo para creer mejor”. Cuando el  espíritu trata de comprender el por qué y el cómo de la vida cristiana para  adherirse y responder a lo que Dios pide, hay que ayudarse meditando las  Sagradas Escrituras, especialmente el Evangelio, empleando las imágenes  sagradas, los textos litúrgicos del día o del tiempo, los escritos de los  Padres espirituales, las obras de espiritualidad, el gran libro de la acción y  el de la historia, la página del “hoy” de Dios pues “en El vivimos, nos movemos  y existimos” (CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA n. 2705)

Fe y ciencia.

“A pesar de  que la fe esté por encima de la razón, jamás puede haber desacuerdo entre  ellas. Puesto que el mismo Dios que revela los misterios y comunica la fe ha  hecho descender en el espíritu humano la luz de la razón, Dios no podría  negarse a sí mismo ni lo verdadero contradecir jamás a lo verdadero” (Concilio  Vaticano I: DS 3017). “Por eso, la investigación metódica en todas las  disciplinas, si se procede de un modo realmente científico y según las normas morales, nuca estará realmente en oposición con la fe, porque las realidades  profanas y las realidades de fe tienen su origen en el mismo Dios. Más aún,  quien con espíritu humilde y ánimo constante se esfuerza por escrutar lo  escondido de las cosas, aun sin saberlo, está como guiado por la mano de Dios,  que, sosteniendo todas las cosas, hace que sean lo que son” (Gaudium et Spes  36,2).

“Ciertamente, Dios llama a los  hombres a servirle en espíritu y en verdad. Por ello, quedan vinculados por su  conciencia, pero no coaccionados. Porque Dios tiene en cuenta la dignidad de la persona humana que El mismo ha  creado, que debe regirse por su propia determinación y gozar de libertad. Esto  se hizo patente, sobre todo, en Cristo Jesús en quien Dios se manifestó  perfectamente a sí mismo y descubrió sus caminos. En efecto, Cristo, que es  Maestro y Señor Nuestro (ver Juan 13, 13) manso y humilde de corazón (ver Mateo  11, 28) atrajo pacientemente e invitó a los discípulos (Mateo 11, 28-30; Juan  6, 67-68)” (Dignitatis Humanae 11). Cristo invitó a la fe y a la  conversión, él no forzó jamás a nadie jamás. “Dio testimonio de la verdad  (ver Juan 18, 37), pero no quiso imponerla por la fuerza a los que le  contradecían. Pues su reino no se defiende a golpes (ver Mateo 26, 51-53; Juan  18,36) sino que se establece dando testimonio de la verdad y prestándole oído,  y crece por el amor con que Cristo, exaltado en la cruz, atrae a los hombres  hacia Él” (ver Juan 12, 36)  (Dignitatis Humanae 11).

 

“Los Apóstoles, enseñados por la palabra y por el ejemplo de  Cristo, siguieron el mismo camino. Desde los primeros días de la Iglesia los  discípulos de Cristo se esforzaron en inducir a los hombres a confesar a Cristo  Señor, no por acción coercitiva ni por artificios indignos del Evangelio, sino  ante todo por la virtud de la palabra de Dios (ver 1Corintios 2, 3-5;  1Tesalonicences 2, 3-12). Anunciaban a todos resueltamente el designio de Dios  Salvador, “que quiere que todos los hombres se salven, y lleguen al  conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2, 4); pero al mismo tiempo respetaban a los débiles,  aunque estuvieran en el error, manifestando de este modo cómo “cada cual  dará a Dios cuenta de sí” (Romanos 14, 12), debiendo obedecer  entretanto a su conciencia. Lo mismo que Cristo, los Apóstoles estuvieron  siempre empeñados en dar testimonio de la verdad de Dios, atreviéndose a  proclamar cada vez con mayor abundancia, ante el pueblo y las autoridades,  “la palabra de Dios con confianza” (Hechos 4, 31; Efesios 6, 19-20).

Pues creían con fe firme que el Evangelio mismo era verdaderamente la virtud de  Dios para la salvación de todo el que cree (Romanos 1, 16). Despreciando, pues,  todas “las armas de la carne”  (2Corintios 10,4; 1Tesalonicenses 5, 8-9), y  siguiendo el ejemplo de la mansedumbre y de la modestia de Cristo, predicaron  la palabra de Dios confiando plenamente en la fuerza divina de esta palabra  para destruir los poderes enemigos de Dios (ver Efesios 6, 11-17) y llevar a  los hombres a la fe y al acatamiento de Cristo (confrontar 2 Corintios 10, 3-5).

Los Apóstoles, como el Maestro, reconocieron la legítima autoridad civil:  “no hay autoridad que no provenga de Dios”, enseña el Apóstol, que en  consecuencia manda: “toda persona esté sometida a las potestades superiores…;  quien resiste a la autoridad, resiste al orden establecido por Dios” (Romanos 13, 1-2; 1Pedro 2, 13-17). Y al mismo tiempo no tuvieron miedo de contradecir al poder público, cuando éste  se oponía a la santa voluntad de Dios: “hay que obedecer a Dios antes que  a los hombres” (Hechos 5,  29; Hechos 4, 19-20). Este camino siguieron innumerables mártires y fieles a  través de los siglos y en todo el mundo” (Dignitatis Humanae 11).

 

Creer en Cristo Jesús y en Aquél que lo envió  para salvarnos es necesario para obtener esa salvación (ver  Marcos 16,16; Juan 3,36; Juan 6,40 e.a.).

“Puesto que `sin la fe… es imposible agradar a Dios’ (Hebreos 11,6) y  llegar a participar en la condición de sus hijos, nadie es justificado sin ella  y nadie, a no ser que `haya perseverado en ella hasta el fin’ (Mateo 10,22; Mateo  24,13), obtendrá la vida eterna” (Concilio Vaticano I: DS 3012; cf. Concilio  de Trento: DS 1532).

La fe es un don gratuito que Dios hace al  hombre.

Este don inestimable podemos  perderlo; San  Pablo advierte de ello a  Timoteo: “Combate el buen combate, conservando la fe y la conciencia  recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe” (1 Timoteo  1,18-19). Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos  alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que la aumente (ver  Marcos 9,24; Lucas 17,5; Lucas 22,32); debe “actuar por la caridad”  (Gálatas 5,6; confrontar Santiago 2,14-26), ser sostenida por la esperanza (confrontar  Romanos 15,13) y estar enraizada en la fe de la Iglesia.  La fe nos hace gustar de antemano el gozo y  la luz de la visión beatífica, fin de nuestro caminar aquí abajo. Entonces  veremos a Dios “cara a cara” (1 Corintios 13,12), “tal cual  es” (1 Juan 3,2). La fe es pues ya el comienzo de la vida eterna:

Mientras que ahora contemplamos las bendiciones de la fe como el reflejo en un espejo,  es como si poseyéramos ya las cosas maravillosas de que nuestra fe nos asegura  que gozaremos un día (S. Basilio, Spir. 15,36; confrontar  S. Tomás de A., s.tú. 2-2,4,1).  Ahora, sin embargo, “caminamos en la fe  y no en la visión” (2 Corintios 5,7), y conocemos a Dios “como en un  espejo, de una manera confusa,…imperfecta” (1 Corintios 13,12). Luminosa  por aquel en quien cree, la fe es vivida con frecuencia en la oscuridad.La fe puede ser puesta a prueba. El  mundo en que vivimos parece con frecuencia muy lejos de lo que la fe nos  asegura; las experiencias del mal y del sufrimiento, de las injusticias y de la  muerte parecen contradecir la buena nueva, pueden estremecer la fe y llegar a  ser para ella una tentación.

Entonces es cuando debemos volvernos hacia los testigos de la fe: Abraham,  que creyó, “esperando contra toda esperanza” (Romanos 4,18); la  Virgen María que, en “la peregrinación de la fe” (Lumen Gentium 58),  llegó hasta la “noche de la fe” (Juan Pablo II, Redemptoris Mater 18)  participando en el sufrimiento de su Hijo y en la noche de su sepulcro; y  tantos otros testigos de la fe: “También nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe” (Hebreos 12,1-2).

BIBLIOGRAFIA:

CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA.  n. 142-165

CONCILIO ECUMENICO VATICANO II

Constitución

Dogmática Lumen Gentium

Constitución

Dogmática Dei Verbum

Constitución

Pastoral  Gaudium et Spes

Declaración

Dignitatis Humanae

MAGISTERIO DE LA IGLESIA (DS)

 

¿CUAL ES ES TU RESPUESTA AMADO HERMANO ?

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Publicado el 24 abril, 2013 en fe, OBEDECER y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Comentarios desactivados en LA RESPUESTA DEL HOMBRE A DIOS.

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