Archivos diarios: 15 abril, 2013

La enseñanza del apóstol San Pablo, para el Año de la Fe.

1.-  Introducción

Y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí. Gálatas 2,20.

* Pablo asegura que “vive de la fe” en el Hijo de Dios. La fe es la columna central de la casa de su alma, y sin ella todo se vendría abajo. ¿Es así también nuestra vida? Lamentablemente hay vidas, incluyendo vidas de sacerdotes, que no dan tal centralidad a la fe. Por ejemplo:
(1) Está el teólogo de oficio, que sabe manipular ideas y recomponerlas, pero no se siente obligado a creer nada de ellas. Hace teología como quien estudia dragones.
(2) Está el que ha perdido orientación y sabor del ministerio y entonces intenta “reinventarse” en términos de una profesión u oficio secular.
(3) Está el funcionario semi distraído, que en realidad no quiere que haya una nueva evangelización porque prefiere la inercia de un trabajo bien demarcado en sus horarios, personas y responsabilidades.
(4) Está el que no ve sentido a su soledad y busca una compensación afectivo-sexual en contradicción con su promesa de celibato.
* Pero el llamado permanece: ¿Y si la fe fuera lo central de mi vida entera?

2.- Gracia y Fe

Pues habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es un don de Dios. Efesios 2,8.

* Es relativamente sencilla la teología de Pablo sobre la fe: Dios nos ha dado el don de su amor en el sacrificio redentor de Cristo en la Cruz; es pura gracia. Nosotros lo recibimos por la fe.
* Pregunta: ¿Y si es tan sencillo, ¿por qué muchos no lo reciben? Respuesta: porque hay dificultades objetivas y subjetivas. Las objetivas tienen que ver con la verdad de los hechos sucedidos, incluyendo la verdad de la existencia histórica de Cristo y de su amor oblativo. Las dificultades subjetivas tienen que ver con lo que expone el mismo apóstol Pablo al comienzo de Efesios 2: el reconocimiento del pecado es lo que le hace a uno sensible al don de la gracia.
* El fariseo que cree que se le debe una paga, y el cínico que piensa que nada debe no pueden ser sensibles a la gracia. Al fariseísmo se llega por la “lógica de la transacción,” que mira sólo el propio esfuerzo. Al cinismo se llega por justificarse en lo que otros hacen, o por acumular resentimientos y esperar desquites, o por pensar que los gustos y apetitos de uno son derechos adquiridos.
* Pero el amor de Dios triunfa, y cuando triunfa hablamos de conversión. Sus caminos son múltiples pero su gracia es una y la misma.

 

3.- Kerigma

Pero ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas, justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen – pues no hay diferencia alguna. Romanos 3,21-22.

* Una palabra clave en la teología sobre la fe en San Pablo es la “justificación.” Mientras que en el lenguaje común “justificarse” es dar excusas, en el mundo semita la justificación es el camino para alcanzar la justicia, es decir, para estar a paz y salvo con el Dios justo.
* Los fariseos veían la justificación como un asunto de interpretaciones humanas de la Ley, y luego, de fuerzas humanas para alcanzar una supuesta perfección en la práctica de la misma Ley. Pero Pablo enseña que la justicia de Dios “se ha manifestado” o “ha aparecido” independientemente de la Ley, es decir: las fuerzas humanas no bastan para alcanzar esa comunión y obediencia gozosa y enraizada en el amor.
* Anunciar que uno no se salva a sí mismo sino que es salvado por puro regalo de amor que nos ha dado a su Hijo: ese es el Kerigma.

 

4.- La Fe que Obra por el Amor

Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión ni la incircuncisión tienen valor, sino solamente la fe que actúa por la caridad. Gálatas 5,6.

* Suele hablarse de una especie de contradicción entre el planteamiento de Pablo y el de Santiago, en cuanto a la fe y las obras. Pablo dice que somos salvos por la fe “independientemente de las obras de la ley” (Romanos 3); Santiago dice que “la fe sin obras está muerta” (Santiago 2). ¿Cómo se entiende esta contradicción y en qué sentido nos afecta?
* Hay que distinguir entre las obras anteriores y las obras posteriores a la justificación. En cuanto a las obras anteriores, la postura de los fariseos, la de los judaizantes, o la de la Iglesia en los momentos oscuros de tiempos del Renacimiento pretende “comprar” la salvación. Esa postura es contraria al Evangelio, por supuesto.
* Pero en cuanto a las obras posteriores, es unánime la voz de los apóstoles: el fruto natural del amor recibido es amor para entregar. Lo dice San Pablo en Gálatas 5,6 cuando afirma que nuestra fe es la que “obra por la caridad.” Lo dice Santiago al subrayar que la fe viva tiene “obras.” Lo dice San Juan en su Primera Carta: “Quien dice que está siempre en el debe andar de continuo como el anduvo.”
* En resumen: en el texto de Romanos 3 Pablo hablaba de las obras anteriores y Santiago, en su Capítulo 2, hablaba de las obras posteriores.
* Y lo importante para nosotros es transmitir la experiencia de gratuidad y a la vez mostrar que hemos de ser como tubos o canales que no retienen sino que extienden la gracia recibida.

 

5. Predicación

Por tanto, la fe viene de la predicación, y la predicación, por la Palabra de Cristo. Romanos 10,17.

* Es claro que a partir de una experiencia real del amor de Dios la vida cambia, pero ¿hay camino hacia esa experiencia?
* El camino es siempre el binomio propuesta-respuesta. Y la propuesta supone, de manera ordinaria, la narración de aquellos hechos en los que Dios ha manifestado su amor. Por eso san Pablo asegura que “la fe viene de la predicación.”
* De hecho, los movimientos eclesiales que conocemos hacen amplio uso de la predicación, ya se trate de los fines de semana de los Cursillos de Cristiandad, las catequesis del Camino Neocatecumenal, o el Seminario de Vida en el Espíritu de la Renovación carismática.
* No deberíamos separar la renovación de nuestra vida sacerdotal de la renovación que estos movimientos han traído a la Iglesia. Y aunque resulte más fácil criticar desde fuera o burlarse, más fecundo resulta valorar y conocer desde dentro.

 

6.- Nueva Evangelización

* Uno de los grandes desafíos cuando se trata de presentar el mensaje del Evangelio con renovado ardor es la cultura laicista radical, que no ve un espacio para la fe en la vida pública, y por consiguiente no reconoce a la Iglesia como interlocutora válida en la construcción del bien común de la sociedad.
* Esta mentalidad laicista tiene su origen en la concepción de la fe como un acontecimiento exclusivamente subjetivo, comparable en todo a los gustos y caprichos que cualquier persona puede tener. Creer en Dios es así comparado con ser aficionado a las carreras de caballos, o creer en dragones morados.
* La respuesta a la agresión laicista en parte es antropológica y teológica, a partir de la naturaleza misma del acto de creer y del ser de la Iglesia, pero en términos pastorales la respuesta más profunda es la evangelización, o mejor, la nueva evangelización.
* Más que discutir con quien desprecia la fe es útil esperar ese momento de gracia en que la persona descubre una necesidad honda, se descubre incapaz de responderla, y se pone en camino. Si sabemos “estar ahí” y ser respuesta viva de caridad estamos demostrando con los hechos que la fe tiene un lugar irreemplazable en los momentos más duros de la vida humana.

 

7.- Comunidad

En él también vosotros, tras haber oído la Palabra de la verdad, el Evangelio de vuestra salvación, y creído también en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la Promesa, que es prenda de nuestra herencia, para redención del Pueblo de su posesión, para alabanza de su gloria. Efesios 1,13-14.

* La fe es comparable a una puerta porque da comienzo a una vida nueva. Las riquezas de esa vida nueva son las de la gracia.
* Pero no pasamos solos por la Puerta de la Fe. La palabra misma “iglesia” (ekklesía) indica una realidad comunitaria, que brota de la Palabra recibida y compartida por todos. La Nueva Evangelización es inseparable del fomento y atención pastoral a las pequeñas comunidades de fe.
* El sacerdote mismo es miembro de la comunidad, por supuesto, desde su ministerio específico de hacer presente a Cristo-Cabeza. Pero el sacerdote no es todo ni reemplaza a todos. Más bien su carisma incluye el discernimiento de otros carismas en sus hermanos bautizados. Una persona que se sepa bien alimentada espiritualmente, valorada en sus capacidades y útil dentro del conjunto de comunidades de la parroquia, es una persona con sentido de pertenencia a su Iglesia Católica.
* Toda la labor nueva, muchas veces exhaustiva, que supone este modo de servir a la comunidad, sólo es posible desde una renovación en el amor: tal es el sello del Espíritu que nos permite “gustar siempre el bien y gozar de su consuelo.”

Dos argumentos contra el protestantismo, La definición del canon bíblico y El fundamento del dogma de la Santísima Trinidad

Dos argumentos contra el protestantismo

por Daniel Iglesias
Categorías : Teología dogmática

BIBLIA

Los católicos creemos que todos quienes han recibido un bautismo válido (como el de las comunidades eclesiales protestantes históricas) son verdaderos cristianos, aunque no estén en perfecta comunión con la Iglesia Católica, la verdadera Iglesia de Cristo. Por ende, los protestantes son nuestros hermanos en la fe, aunque “hermanos separados”. En este artículo presentaré dos cuestionamientos a los fundamentos doctrinales de esa separación.

1. La definición del canon bíblico

En el contexto de la doctrina católica, el problema de la definición del canon bíblico (pese a su larga y complicada historia) admite una solución que básicamente es muy sencilla: la Iglesia fundada por Cristo y asistida por el Espíritu Santo tiene autoridad suficiente para determinar el canon bíblico, es decir para discernir cuáles libros están inspirados por Dios y cuáles no.

La Iglesia no es una mera organización humana, sino una institución divina y humana a la vez. El Espíritu Santo guía a los Pastores de la Iglesia para que ellos conduzcan a todo el Pueblo de Dios por caminos de fidelidad a la Palabra de Dios en Cristo. En esa Iglesia, por voluntad de Dios, hay diversas instancias de autoridad (los Obispos, sucesores de los apóstoles) pero hay también una autoridad última e inapelable (el Papa, sucesor de Pedro, la roca de la Iglesia). Por eso, cuando Roma habla con intención de definir una cuestión teológica, la discusión termina (1). La autoridad conferida por Cristo a Pedro y sus sucesores les permite dirimir de una vez para siempre cuestiones teológicas como la del canon bíblico.

En cambio, en el contexto de la doctrina protestante el problema del canon bíblico es completamente insoluble. La Biblia misma no determina el canon bíblico. Por lo tanto, dado el principio protestante de que la Biblia es la única autoridad en materia religiosa, no queda en pie autoridad alguna que pueda determinar el canon bíblico.

De hecho, los protestantes recibieron el canon bíblico (en principio) de la Iglesia Católica, aunque luego Lutero –contradictoriamente y sin fundamento válido alguno– se arrogó el derecho de modificar ese canon, quitando de la Biblia a siete libros del Antiguo Testamento.

En definitiva, para los protestantes la Biblia es un conjunto (o lista) no infalible de libros que infaliblemente transmiten la Palabra de Dios. La Carta a los Gálatas transmite infaliblemente la Palabra de Dios, pero el protestante no puede tener certeza de que esa Carta sea realmente Palabra de Dios.

La “solución protestante” del problema del canon bíblico (y de muchos otros problemas doctrinales) es demasiado “humana”. Cada protestante apela directamente a la asistencia del Espíritu Santo para sostener su propia interpretación de la Sagrada Escritura, pero esas interpretaciones se contradicen entre sí. Unos protestantes creen en la validez del bautismo de los niños y otros no; unos protestantes creen en la presencia real de Cristo en la Eucaristía y otros no; unos protestantes apoyan la legalización del aborto y otros no; y así sucesivamente, hasta el infinito… Por lo cual hoy hay decenas de miles de “iglesias” protestantes enfrentadas entre sí.

Pero en el problema del canon bíblico su posición es aún más débil, porque la Biblia no dice nada sobre cuál es concretamente el canon bíblico. ¿Cómo sabe el protestante que la carta a los Romanos es un libro inspirado por Dios? ¿Porque lo dice Lutero? ¿Quién dio a Lutero autoridad para decidir esa cuestión? ¿Y quién le dio autoridad para definir que los siete libros “deuterocanónicos” no son inspirados por Dios? En su rebelión contra la autoridad auténtica (de origen divino), los protestantes terminan sometidos a autoridades falsas, de origen meramente humano.

2. El fundamento del dogma de la Santísima Trinidad

Los protestantes, como los católicos, creen en la Santísima Trinidad; pero además creen en el principio protestante de la “sola Escritura” (2). Sin embargo, el dogma de la Santísima Trinidad no está enunciado explícitamente en ningún lugar de la Sagrada Escritura. Por supuesto, está contenido implícitamente en la Escritura, pero no de un modo tan evidente que no se hayan necesitado muchas intervenciones de Papas y Concilios de los primeros siglos de la era cristiana para evitar las interpretaciones erradas de la Biblia acerca de esta cuestión esencial de la fe cristiana (nada menos que nuestra noción de Dios). He aquí pues otra gran contradicción: los protestantes aceptan la doctrina de los primeros Concilios Ecuménicos (Nicea, año 325; Constantinopla I, año 381; Éfeso, año 431; Calcedonia, año 451; etc.) con respecto al dogma de la Trinidad (y también, dicho sea de paso, con respecto al dogma de la Encarnación) y niegan la autoridad de esos mismos Concilios (y todos los posteriores) sobre todos los demás temas teológicos.

El dogma de la Santísima Trinidad no puede ser deducido de la Sagrada Escritura de un modo tan fácil que haga innecesaria la ayuda de la Sagrada Tradición de la Iglesia para evitar los errores y herejías en ese punto fundamental. Las grandes disputas teológicas de los primeros siglos de la era cristiana sobre los dogmas de la Trinidad y la Encarnación serían totalmente inexplicables si esos dogmas pudieran deducirse muy fácilmente de la sola Escritura. Incluso grandes teólogos católicos ortodoxos (es decir, de doctrina verdadera) discutieron entre sí sobre estos temas, porque la terminología teológica no estaba bien definida, y así unos y otros daban significados diferentes a términos como “naturaleza” o “persona”.

En el caso de las disputas teológicas sobre la Trinidad se ve claramente que la función del Magisterio de la Iglesia no es inventar dogmas que no estaban contenidos en la Divina Revelación, sino preservar el depósito de la fe mediante interpretaciones autorizadas de la Revelación, que declaran su auténtico sentido y ayudan a toda la Iglesia a avanzar en su comprensión. El Magisterio brinda así a todo el Pueblo de Dios un servicio esencial: el servicio de la verdad.

La falta de un auténtico Magisterio de la Iglesia conduce inevitablemente a la confusión y la dispersión de los cristianos. No en vano las herejías antitrinitarias de los unitarios, los Mormones y los Testigos de Jehová surgieron y prosperaron en ambientes protestantes.

En suma, si hoy los protestantes creen que Dios es uno en naturaleza, sustancia o esencia (un solo Dios), y trino en personas, hipóstasis o subsistencias (Padre, Hijo y Espíritu Santo), eso se lo deben a la Tradición de la Iglesia Católica que, a través de todo lo que ella es y cree, transmite la verdad revelada; y a los Papas y Concilios que, con la autoridad conferida a ellos por el mismo Jesucristo, resolvieron de una vez para siempre las principales cuestiones teológicas sobre la Santísima Trinidad.

Daniel Iglesias Grèzes

Notas:

1) “Roma locuta causa finita” (“Roma ha hablado, la discusión ha terminado”) es un principio teológico, no histórico. De hecho algunas discusiones teológicas prosiguieron después de la decisión final del Papa; pero de derecho deberían haber terminado y terminaron en la perspectiva católica ortodoxa.
2) Ese principio (que dice que la Divina Revelación es transmitida sólo en la Sagrada Escritura, y no también en la Sagrada Tradición de la Iglesia) es claramente auto-contradictorio, porque él mismo no está contenido en la Biblia, ni implícita ni explícitamente.

Mientras compartía con sus discípulos… – Mc 14, 12-26

EL Orden Sagrado, Orden Sacerdotal

Mediante el sacramento del orden se confiere una participación al sacerdocio de Cristo-Cabeza. El sacerdocio ministerial se distingue esencialmente del sacerdocio común de los fieles.


Autor: Philip Goyret | Fuente: www.opusdei.es

orden

1. El sacerdocio de Cristo
De entre el pueblo de Israel, designado en Ex 19,6 como «reino de sacerdotes», la tribu de Leví fue escogida por Dios «para el servicio de la Morada del Testimonio» (Nm 1,50); a su vez, de entre los levitas se consagraban los sacerdotes de la antigua alianza con el rito de la unción (cfr. Ex 29,1-7), al conferirles una función «en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados» (Hb 5,1). Como elemento de la ley mosaica, este sacerdocio es «introducción a una esperanza mejor» (Hb 7,19), «sombra de los bienes futuros», mas de por sí «no puede nunca, mediante unos mismos sacrificios que se ofrecen sin cesar año tras año, dar la perfección a los que se acercan» (Hb 10,1).
El sacerdocio levítico prefiguró de algún modo en el pueblo elegido la plena realización del sacerdocio en Jesucristo, no ligado ni a la genealogía, ni a los sacrificios del templo, ni a la Ley, sino sólo al mismo Dios (cfr. Hb 6,17-20 y 7,1ss). Por eso, fue «proclamado por Dios Sumo Sacerdote a semejanza de Melquisedec» (Hb 5,10), quien «mediante una sola oblación ha llevado a la perfección para siempre a los santificados» (Hb 10,14). En efecto, el Verbo de Dios encarnado, en cumplimiento de las profecías mesiánicas, redime a todos los hombres con su muerte y resurrección, entregando su propia vida en cumplimiento de su condición sacerdotal. Este sacerdocio, que Jesús mismo presenta en términos de consagración y misión (cfr. Jn 10,14), tiene, por tanto, valor universal: no existe «una acción salvífica de Dios fuera de la única mediación de Cristo»[1].
2. El sacerdocio en los apóstoles y en la sucesión apostólica
En la última cena, Jesús manifiesta la voluntad de hacer participar a sus apóstoles de su sacerdocio, expresado como consagración y misión: «Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad» (Jn 17,18-19). Esta participación se hace realidad en distintos momentos a lo largo del ministerio de Cristo que pueden considerarse como los sucesivos pasos que conducirán a la institución del orden sagrado: cuando llama a los apóstoles constituyéndoles como colegio (cfr. Mc 3,13-19), cuando les instruye y los envía a predicar (cfr. Lc 9,1-6), cuando les confiere el poder de perdonar los pecados (cfr. Jn 20,22-23), cuando les confía la misión universal (cfr. Mt 28,18-20); hasta la especialísima ocasión en que les ordena celebrar la Eucaristía: «haced esto en memoria mía» (1 Co 11,24). En la misión apostólica ellos «fueron confirmados plenamente el día de Pentecostés»[2].
Durante su vida, «no sólo tuvieron diversos colaboradores en el ministerio, sino que a fin de que la misión a ellos confiada se continuase después de su muerte, los apóstoles, a modo de testamento, confiaron a sus cooperadores inmediatos el encargo de acabar y consolidar la obra por ellos comenzada (…) y les dieron la orden de que, a su vez, otros hombres probados, al morir ellos, se hiciesen cargo del ministerio». Es así como «los obispos, junto con los presbíteros y diáconos, recibieron el ministerio de la comunidad para presidir sobre la grey en nombre de Dios como pastores, como maestros de doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros dotados de autoridad»[3].
2.1. Liturgia de ordenación
En el Nuevo Testamento, el ministerio apostólico es transmitido a través de la imposición de las manos acompañada de una oración (cfr. Hch 6,6; 1 Tm 4,14; 5,22; 2 Tm 1,6); ésta es la praxis presente en los ritos de ordenación más antiguos, como los recogidos en la Traditio apostólica y los Estatuto Ecclesiae Antiqua. Este núcleo esencial, que constituye el signo sacramental, ha sido enriquecido a lo largo de los siglos por algunos ritos complementarios, que pueden diferir según las diversas tradiciones litúrgicas. «En el rito latino, los ritos iniciales -la presentación y elección del ordenando, la alocución del obispo, el interrogatorio del ordenando, las letanías de los santos- ponen de relieve que la elección del candidato se hace conforme al uso de la Iglesia y preparan el acto solemne de la consagración; después de ésta varios ritos vienen a expresar y completar de manera simbólica el misterio que se ha realizado: para el obispo y el presbítero la unción con el santo crisma, signo de la unción especial del Espíritu Santo que hace fecundo su ministerio; la entrega del libro de los evangelios, del anillo, de la mitra y del báculo al obispo en señal de su misión apostólica de anuncio de la palabra de Dios, de su fidelidad a la Iglesia, esposa de Cristo, de su cargo de pastor del rebaño del Señor; entrega al presbítero de la patena y del cáliz, “la ofrenda del pueblo santo” que es llamado a presentar a Dios; la entrega del libro de los evangelios al diácono que acaba de recibir la misión de anunciar el evangelio de Cristo» (Catecismo, 1574).
2.2. Naturaleza y efectos del orden recibido
Mediante el sacramento del orden se confiere una participación al sacerdocio de Cristo según la modalidad trasmitida por la sucesión apostólica. El sacerdocio ministerial se distingue del sacerdocio común de los fieles, proveniente del bautismo y de la confirmación; ambos «se ordenan el uno para el otro», mas «su diferencia es esencial, no solo gradual»[4]. Es proprio y específico del sacerdocio ministerial ser «una representación sacramental de Cristo Cabeza y Pastor»[5], lo que permite ejercer la autoridad de Cristo en la función pastoral de predicación y de gobierno, y obrar in persona Christi en el ejercicio del ministerio sacramental.
La repraesentatio Christi Capitis subsiste siempre en el ministro, cuya alma ha sido sellada con el carácter sacramental, impreso indeleblemente en el alma en la ordenación. El carácter es, pues, el efecto principal del sacramento, y siendo realidad permanente hace que el orden no pueda ser ni repetido, ni eliminado, ni conferido por un tiempo limitado. «Un sujeto válidamente ordenado puede ciertamente, por causas graves, ser liberado de las obligaciones y las funciones vinculadas a la ordenación, o se le puede impedir ejercerlas, pero no puede convertirse de nuevo en laico en sentido estricto» (Catecismo, 1583).
El orden en cada uno de sus grados confiere además «la gracia del Espíritu Santo propia de este sacramento», que es «la de ser configurado con Cristo Sacerdote, Maestro y Pastor, de quien el ordenado es constituido ministro» (Catecismo, 1585). Esta ministerialidad es tanto don como tarea, pues el orden se recibe en vista del servicio a Cristo y a los fieles, que en la Iglesia conforman su Cuerpo místico. Más específicamente, para el obispo el don recibido es «el Espíritu de gobierno que diste a tu amado Hijo Jesucristo, y él, a su vez, comunicó a los santos apóstoles»[6]. Para el presbítero se pide a Dios el don del Espíritu «para que sea digno de presentarse sin reproche ante tu altar, de anunciar el evangelio de tu reino, de realizar el ministerio de tu palabra de verdad, de ofrecerte dones y sacrificios espirituales, de renovar tu pueblo mediante el baño de la regeneración; de manera que vaya al encuentro de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo»[7]. En el caso de los diáconos, «con la gracia sacramental, en comunión con el obispo y su presbiterio, sirven al Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad»[8].
2.3. Los grados del orden sagrado
El diaconado, el presbiterado y el episcopado conservan entre sí una relación intrínseca, como grados de la única realidad sacramental del orden sagrado, recibidos sucesivamente en modo inclusivo. A su vez, ellos se distinguen según la realidad sacramental conferida y sus correspondientes funciones en la Iglesia.
El episcopado es «la plenitud del sacramento del orden», llamado «en la liturgia de la Iglesia y en el testimonio de los santos padres “supremo sacerdocio” o “cumbre del ministerio sagrado”»[9]. A los obispos se les confía «el ministerio de la comunidad para presidir sobre la grey en nombre de Dios como pastores, como maestros de doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros dotados de autoridad»[10]. Son sucesores de los apóstoles, y miembros del colegio episcopal, al que se incorporan inmediatamente en virtud de la ordenación, conservando la comunión jerárquica con el Papa, cabeza del colegio, y con los demás miembros. Principalmente a ellos corresponden las funciones de capitalidad, tanto en la Iglesia universal como presidiendo las Iglesias locales, a las que rigen «como vicarios y legados de Cristo», y lo hacen «con sus consejos, con sus exhortaciones, con sus ejemplos, pero también con su autoridad y con su potestad sagrada»[11]. De entre los oficios episcopales «se destaca la predicación del Evangelio. Porque los obispos son los pregoneros de la fe que ganan nuevos discípulos para Cristo y son los maestros auténticos, es decir, herederos de la autoridad de Cristo, que predican al pueblo que les ha sido encomendado la fe que ha de creerse y ha de aplicarse a la vida», y «cuando enseñan en comunión por el Romano Pontífice, deben ser respetados por todos como los testigos de la verdad divina y católica»[12]. Finalmente, como administradores de la gracia del supremo sacerdocio, ellos moderan con su autoridad la distribución sana y fructuosa de los sacramentos: «ellos regulan la administración del bautismo, por medio del cual se concede la participación en el sacerdocio regio de Cristo. Ellos son los ministros originarios de la confirmación, dispensadores de las sagradas órdenes, y los moderadores de la disciplina penitencial; ellos solícitamente exhortan e instruyen a su pueblo a que participe con fe y reverencia en la liturgia y, sobre todo, en el santo sacrificio de la misa»[13].
El presbiterado ha sido instituido por Dios para que sus ministros «tuvieran el poder sagrado del orden para ofrecer el sacrificio y perdonar los pecados y desempeñaran públicamente, en nombre de Cristo, la función sacerdotal en favor de los hombres»[14]. A los presbíteros se les ha confiado la función ministerial «en grado subordinado, con el fin de que, constituidos en el orden del presbiterado, fueran cooperadores del orden episcopal para el recto cumplimiento de la misión apostólica»[15]. Ellos participan «de la autoridad con la que Cristo mismo forma, santifica y rige su Cuerpo», y por el orden sacramental recibido «quedan marcados con un carácter especial que los configura con Cristo Sacerdote, de tal forma que pueden obrar in persona Christi Capitis»[16]. Ellos «forman, junto con su obispo, un presbiterio dedicado a diversas ocupaciones»[17] y desempeñan su misión en contacto inmediato con los hombres. Más concretamente, los presbíteros «tienen como obligación principal anunciar a todos el Evangelio de Cristo, para constituir e incrementar el Pueblo de Dios, cumpliendo el mandato del Señor: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura”»[18]. Su función está centrada «en el culto eucarístico o comunión, en el cual, in persona Christi agentes, y proclamando su Misterio, juntan con el sacrificio de su Cabeza, Cristo, las oraciones de los fieles (cfr. 1 Co 11,26), representando y aplicando en el sacrificio de la Misa, hasta la venida del Señor, el único Sacrificio del Nuevo Testamento, a saber, el de Cristo que se ofrece a sí mismo al Padre, como hostia inmaculada (cfr. Hb 9,14-28)»[19]. Ello va unido al «ministerio de la reconciliación y del alivio», que ejercen «para con los fieles arrepentidos o enfermos». Como verdaderos pastores, «ellos, ejercitando, en la medida de su autoridad, el oficio de Cristo, Pastor y Cabeza, reúnen la familia de Dios como una fraternidad, animada y dirigida hacia la unidad y por Cristo en el Espíritu, la conducen hasta Dios Padre»[20].
Los diáconos constituyen el grado inferior de la jerarquía. A ellos se les imponen las manos «no en orden al sacerdocio, sino al ministerio», que ejercen como una repraesentatio Christi Servi. Compete al diaconado «la administración solemne del bautismo, el conservar y distribuir la Eucaristía, el asistir en nombre de la Iglesia y bendecir los matrimonios, llevar el viático a los moribundos, leer la Sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al pueblo, presidir el culto y oración de los fieles, administrar los sacramentales, presidir los ritos de funerales y sepelios»[21].
3. Ministro y sujeto
La administración del orden en sus tres grados está reservada exclusivamente al obispo: en el Nuevo Testamento sólo los apóstoles lo confieren, y, «dado que el sacramento del orden es el sacramento del ministerio apostólico, corresponde a los obispos, en cuanto sucesores de los apóstoles, transmitir “el don espiritual” (LG 21), “la semilla apostólica” (LG 20)» (Catecismo, 1576), conservada a lo largo de los siglos en el ministerio ordenado.
Para la licitud de la ordenación episcopal se requiere, en la Iglesia latina, un explícito mandato pontificio (cfr. CIC, 1013); en las Iglesias orientales está reservada al Romano Pontífice, al Patriarca o al Metropolita, siendo siempre ilícita si no existe mandato legítimo (cfr. CCEO, 745). En el caso de ordenaciones presbiterales y diaconales, se precisa que el ordenante sea el obispo propio del candidato, o haber recibido las cartas dimisorias de la autoridad competente (cfr. CIC, 1015-1016); si la ordenación tiene lugar fuera de la propia circunscripción, es necesaria la venia del obispo diocesano (cfr. CIC 1017).
Para la validez de la ordenación, en sus tres grados, es necesario que el candidato sea varón y esté bautizado. Jesucristo, en efecto, eligió como apóstoles solamente hombres, a pesar de que entre quienes le seguían se encontraban también mujeres, que en varias ocasiones demostraron una mayor fidelidad. Esta conducta del Señor es normativa para toda la vida de la Iglesia y no puede considerarse circunstancial, pues ya los apóstoles se sintieron vinculados a esta praxis e impusieron las manos solo a varones, también cuando la Iglesia estaba difundida en regiones donde la presencia de mujeres en el ministerio no hubiese suscitado perplejidad. Los padres de la Iglesia siguieron fielmente esta norma conscientes de tratarse de una tradición vinculante, que fue adecuadamente recogida en decretos sinodales. La Iglesia, en consecuencia, «no se considera autorizada a admitir a las mujeres a la ordenación sacerdotal»[22].
Una ordenación legítima y plenamente fructuosa requiere además, por parte del candidato, la vocación como realidad sobrenatural, a la vez confirmada por la invitación de la autoridad competente (la «llamada de la jerarquía»). Por otra parte, en la Iglesia latina rige la ley del celibato eclesiástico para los tres grados; ella «no es exigida, ciertamente, por la naturaleza misma del sacerdocio»[23], pero «tiene mucha conformidad con el sacerdocio», pues con ella los clérigos participan en la modalidad célibe asumida por Cristo para realizar su misión, «se unen a El más fácilmente con un corazón indiviso, se dedican más libremente en El y por El al servicio de Dios y de los hombres». Con la entrega plena de sus vidas a la misión confiada, los ordenandos «evocan el misterioso matrimonio establecido por Dios (…), por el que la Iglesia tiene a Cristo como Esposo único. Se constituyen, además en señal viva de aquel mundo futuro, presente ya por la fe y por la caridad, en que los hijos de la resurrección no tomarán maridos ni mujeres»[24]. No están obligados al celibato los diáconos permanentes ni los diáconos y presbíteros de las Iglesias orientales. Finalmente, para ser ordenados se requieren determinadas disposiciones internas y externas, la edad y ciencia debidas, el cumplimiento de los requisitos previos a la ordenación y la ausencia de impedimentos e irregularidades (cfr. CIC, 1029-1042; CCEO, 758-762). En los candidatos a la ordenación episcopal rigen condiciones particulares que aseguran su idoneidad (cfr. CIC, 378).
EDICIÓN: Abril 2013
Bibliografía básica
Catecismo de la Iglesia Católica, 1533-1600.
Lecturas recomendadas
Concilio Vaticano II, Const. Lumen Gentium, 18-29; Decr. Presbyterorum Ordinis, 2, 4-6, 15-17.
San Josemaría, Homilía Sacerdotes para la eternidad, en Amar a la Iglesia, Palabra, Madrid 1986, pp. 63-82.
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[1] Congregación para la Doctrina de la Fe, Declar. Dominus Iesus, 6-VIII-2000, 14.
[2] Concilio Vaticano II, Const. Lumen Gentium, 19.
[3] Ibidem, 20.
[4] Ibidem, 10.
[5] Juan Pablo II, Ex. Apost. Pastores dabo vobis, 25-III-92, 15, 4.
[6] Pontifical Romano, Ordenación episcopal, Plegaria consacratoria.
[7] Rito bizantino, Plegaria de ordenación presbiteral.
[8] Concilio Vaticano II, Const. Lumen Gentium, 29.
[9] Ibidem, 21.
[10] Ibidem, 20.
[11] Ibidem, 27.
[12] Ibidem, 25.
[13] Ibidem, 26.
[14] Concilio Vaticano II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 2.
[15] Idem.
[16] Idem.
[17] Concilio Vaticano II, Const. Lumen Gentium, 28.
[18] Concilio Vaticano II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 4.
[19] Concilio Vaticano II, Const. Lumen Gentium, 28.
[20] Idem.
[21] Ibidem, 29.
[22] Juan Pablo II, Carta Apost. Ordinatio Sacerdotalis, 22-V-94, 2.
[23] Concilio Vaticano II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 16.
[24] Ibidem.