Archivos diarios: 25 febrero, 2013

DICEN: “SÓLO LA ESCRITURA BASTA”; “LA BIBLIA ES LA ÚNICA NORMA DE DOCTRINA, FE Y CONDUCTA”

 

de Faced’DIOS de Sacerdote HECTOR PERNIA
 
GUÍA BÍBLICA
PARA AUXILIAR
AL PUEBLO DE DIOS
EN LA FE
(V Edicion)
Autor: Padre HÉCTOR PERNÍA, sdb.
 
Un aporte al
Año Mundial de la Fe.
 
“Dios Padre, que todos sean uno,
 para que el mundo crea
 que tú me has enviado.”
(Jn 17:21)
 
Con aprobación eclesiástica del Obispo de la Diócesis de San Cristóbal, 
Edo. Táchira – Venezuela.
Mons. Mario Moronta.
 

DICEN: “SÓLO LA ESCRITURA BASTA”; “LA BIBLIA ES LA ÚNICA NORMA DE DOCTRINA, FE Y CONDUCTA
 
Ambas afirmaciones no están en ninguna parte de la Biblia ni en la Tradición de la Iglesia. Los hermanos esperados argumentan bíblicamente esta norma con 2Tim 3,16 Necesitan urgente auxilio en la fe, pues no saben que exactamente con esa cita San Pablo sólo se refirió al Antiguo Testamento (canon alejandrino), y que a la Iglesia que con ese texto bíblico deciden desconocer la necesitan para poder creer que tal cita bíblica es Palabra de Dios. Es por la labor y la autoridad de la Tradición de la Iglesia Católica que 2Tim 3,16 y todo el Nuevo Testamento es aceptado como inspirado por Dios. (Ver tema 7).
 
Hermano católico, fíjate con mucha atención, que quienes insisten en creer sólo lo que les diga la Biblia te dicen sobre la Iglesia Católica cosas que no están en ningún libro de la Biblia, sino que son frases inventadas mostrando algún pasaje bíblico tergiversado o manipulado en su interpretación. Pídele que te muestren la cita bíblica exacta donde está escrito tal cual, palabra por palabra, lo que afirman.
 
Decir “sólo la Biblia basta” es mentir. ¿Si fuese esa la verdad revelada por Dios significa entonces que Pablo incurre en grave pecado incitando a otros a que lo imiten a él? ¿No debería Pablo estar enseñando: “No me imiten a mí sino solamente hagan lo que la Biblia les diga”?  En 1Cor 11,1 Pablo dice: “Sean imitadores míos como yo lo soy de Cristo”. Según este pasaje, además de fijarnos en lo que nos diga la Biblia, podemos y debemos fijarnos en imitar el ejemplo y la palabra de quienes en cualquier época sean imitadores y fieles seguidores de Jesucristo.
 
Este pasaje revela que la única mediación para saber de Cristo y oírle no es la Biblia sino que también lo son los pastores de la Iglesia.

LA PALABRA JEHOVÁ, UN ERROR QUE TE DESVÍA DE DIOS.

 

de Faced’DIOS de Sacerdote HECTOR PERNIA

GUÍA BÍBLICA
PARA AUXILIAR
AL PUEBLO DE DIOS
EN LA FE
(V Edicion)
Autor: Padre HÉCTOR PERNÍA, sdb.
 
Un aporte al
Año Mundial de la Fe.
 
“Dios Padre, que todos sean uno,
 para que el mundo crea
 que tú me has enviado.”
(Jn 17:21)
 
Con aprobación eclesiástica del Obispo de la Diócesis de San Cristóbal, 
Edo. Táchira – Venezuela.
Mons. Mario Moronta.
LA PALABRA JEHOVÁ, UN ERROR QUE TE  DESVÍA DE DIOS.
 
No digas JEHOVÁ, no enseñes esa palabra, no la pregones; porque los errores deben corregirse y no prolongarse. Es una trampa de Satanás para hacer que invoques a un dios que no existe porque hace que tus labios pronuncien un nombre fue inventado por hombres, que Dios nunca se dio a sí mismo, que no existe y que está construido sobre el error, sobre una falsificación.  Con la palabra Jehová terminas llamando a Dios por un nombre que no es el de Él.  Diría Dios: “No es a mí a quien estás llamando, pues ese no es mi nombre. ¿Entonces, a quién llamas? ¿Acaso te has estás haciendo tú mismo otro dios?”
 
Lea lo que digan diccionarios de reconocida autoridad; no te guíes por aquellos que no van a fondo en los términos:
 
Gran Enciclopedia Universal
“JEHOVÁ: incorrecta forma de pronunciar el y deletrear el nombre del Dios de Israel, Yahvé.”
 
Diccionario Enciclopédico; (Plaza    Janes, S.A.): 
“JEHOVÁ: Lectura errónea de Jahvé.”
 
Enciclopedia Británica
“JEHOVÁ: Una errónea lectura del nombre del Dios de Israel”.
 
Enciclopedia Americana
“JEHOVÁ: Una errónea pronunciación del nombre del Dios de Israel en la Biblia.”
 
Nueva Enciclopedia Larou
“JEHOVÁ: Forma incorrecta por Yahvé.”
 
Vale comparar que si en algún documento legal el nombre de alguien aparece con una sola letra modificada, la persona quedará afectada ante cualquier acto jurídico posterior. Ella diría: “Lo que dice ese documento no es conmigo…” o le dirían las demás personas… “lo que dice ese documento no es contigo”
 
Dice uno de los Mandamientos: “No tomarse el nombre de Dios en vano”… (Dt 5,11; Ex 20,7) y también el Padre Nuestro: “Santificado sea tu Nombre” (Mt 6,9) y “SANTO” significa “SIN MANCHA”; el nombre de Dios no puede tener mancha alguna. 
 
En Lv 21,6 está escrito: “No profanarás el nombre de su Dios”. Al nombre de Dios se le ha de respetar. 
 
No hay documentos que respalden que DIOS lleve el nombre de JEHOVÁ. Todo lo contrario; con documentos en mano se puede demostrar que JEHOVÁ nace de una adulteración o falsificación del nombre de ADONAI. Un error no puede ser al mismo tiempo una verdad, y cuando un error se enseña como una verdad entonces se está mintiendo, y donde está la mentira está Satanás. Muchos no tienen culpa de estar mintiendo a causa de que no saben que andan mintiendo y cuando se enteran sufren de vergüenza y dolor. Necesitan auxilio en la fe.
 
¿Cómo? ¿Jehová no es el nombre de Dios?
Así como lo estás leyendo. No te dejes impresionar por haber leído la palabra Jehová en muchas Biblias. Fíjate en la fecha de su edición y verás que fueron elaboradas en recientes décadas; el papel aguanta lo que le pongan. Una mentira, por el hecho de que muchísimas personas y libros la repitan y multipliquen, no se convierte en verdad; simplemente han ayudado a que la mentira se haya vuelto más grande, se expanda. Pero la mentira será siempre la mentira y, al encontrar la verdad, ésta permanecerá de pie y la mentira caerá por su propio peso.
 
La Palabra JEHOVÁ no aparece en los manuscritos originales de la Biblia (hebreo y griego); fue un invento derivado de un error cometido por los MASORETAS (Maestros rabínicos de la Escuela del Tiberiades) entre los siglos VI y X después de Cristo. Ellos adulteraron la palabra “ADONAI” (el Señor)  modificando la primera letra (”a”) por la letra “e” al introducir todas las vocales de este nombre (ADONAI) entre las cuatro consonantes YHWH. Lo que debería resultar YAHOWAH terminaron escribiéndolo como YEHOWAH. Han falsificado el nombre de ADONAI cambiándole la primera vocal “A” por la vocal “E” para llegar al nombre de JEHOVÁ. 
 
Vale recordar que la última letra de ADONAI la “i” no fue contada porque para los hebreos la “i” es una consonante y no una vocal. El problema de fonética que tenían estos Masoretas para pronunciar la “A” después de la primera consonante “Y” no les daba derecho alguno de cambiarle a ADONAI su nombre. No creo que aquellos masoretas hayan tenido la premeditada intención de adulterar e irrespetar el nombre de ADONAI y en consecuencia el de Dios; tal vez no sabían de la gravedad del error que estaban cometiendo. Del árbol caído de nuestros errores humanos Satanás saca leña para prenderle fuego a los hijos de la Iglesia de Dios que encuentra más débiles en la fe. Hoy estamos pagando las consecuencias.
 
Una manera de demostrar que la palabra JEHOVÁ nunca existió en la lengua y la cultura en la que Jesucristo vivió está en los nombres que le ponían a las personas de aquella época. Así como hoy, en la cultura hebrea se le daban nombres compuestos a los niños; especialmente sucedió con aquellos que llegaron a ser muy importantes en el plan de Dios: una partícula refería directamente a Dios y otra a una cualidad o rasgo del mismo Dios. En los siguientes ejemplos veremos cómo para estos nombres especiales se tomaba la primera parte del tetragrama YHWH: ”YH” respetando siempre  la primera vocal “A” de ADONAI (”YAH”) y al mismo tiempo podemos ir viendo como sería el resultado con esos nombres si allí hacemos lo mismo que hicieron los masoretas, cambiando la “A” por la “E”: 
 
ABDÍAS: viene de Abd-YaH que quiere decir, siervo de YaHVéH. Si cambiamos la “A” por la “E” quedaría Abd-YeH y al final el nombre no quedaría ABDÍAS sino ABDÍES.
 
ELÍAS: viene de El-YaH que quiere decir, mi Dios es YaHVéH. Si cambiamos la “A” por la “E” entre la “Y” y la “H” quedaría El-YeH y al final el nombre no quedaría ELÍAS sino ELÍES.
 
JEREMÍAS: viene de Jerem-Yah que significa, sostiene YaHVéH. Si cambiamos la “A” por la “E” quedaría Jerem-YeH y al final el nombre no quedaría JEREMÍAS sino JEREMÍES.
 
ISAÍAS: Viene de Isa-Yah… salva YaHVéH. Si cambiamos la “A” por la “E” quedaría Isa-YeH y al final el nombre no quedaría ISAÍAS sino ISAÍES.
 
¿Verdad que ni a Abdías, ni a Jeremías, ni a Elías, ni a Isaías, ni a Adonai ni a usted amigo católico o hermano esperado les gustaría que le cambiaran sus nombres? ¿Seguro que todos ellos y ustedes protestarían y pedirían que respetaran sus nombres y no lo manchen, verdad?. Pues; mucho menos a Dios se le debe de andar adulterando, cambiando y manchando de error el suyo.
 
Otro ejemplo más: La exclamación litúrgica: “HALLEL-U-YAH” significa: “Alabad a YaHVéH”. Por lo tanto, la primera vocal no es la letra “E” como pensaban los masoretas sino la letra “A”. Si fuera con la letra “E” imagínate como la estarían pronunciando cuando cantan…. Estarían cantando: ¡ALELUYEEE, ALELUYEEE, ALELUYEEEE….!
 

Espiritismo: entre el fraude y el peligro

por Luis Santamaría
Categorías : Espiritismo, Esoterismo – Ocultismo

Había dejado pendiente, desde tiempo atrás, un comentario en torno al espiritismo, después de hacer la crítica de los programas que se han emitido en España protagonizados por una médium y sus supuestos contactos con los difuntos cercanos a los invitados al plató (ver primera parte y segunda parte. Durante este tiempo han pasado dos cosas principales. La primera ha sido la gira de Anne Germain por España, haciendo su show esotérico en varias ciudades, donde las salas se han llenado de personas con un gran interés en saber algo de sus seres queridos que han muerto. Digo “gran interés” porque no creo que muchos hayan asistido por simple curiosidad, vistos los precios del espectáculo. Lo que sí es seguro es que no sólo se han llenado los lugares elegidos, sino también los bolsillos de algunos. El componente económico, como puede sospecharse, no deja de tener su importancia. Esta pequeña “inmigración” de la médium a España le ha reportado sus beneficios.

La segunda novedad a comentar –y que se ha entrecruzado en el tiempo con la primera– es la publicación por parte de un diario nacional de algunos documentos que se usaban en el programa, lo que ha provocado su cierre. ¿De qué documentos se trataba? De unos interesantes informes, redactados en inglés, en los que se le proporcionaba a Anne Germain detalles de la vida y la familia de los famosos invitados a “Más allá de la vida”. El Mundo publicó algunos de ellos el pasado mes de noviembre, y con esto se hizo patente lo que muchos sospechábamos, y lo que desgraciadamente es tan común en el mundo de la televisión: todo era un montaje. La inglesa obtenía los datos de los difuntos de lo que le habían escrito. ¿Y qué pasaba con la gente normal y corriente que acudía al plató? Pues que la recogida de datos y los micrófonos y cámaras repartidos por el plató hacían el resto del trabajo de “investigación”.

Descubierta la trama, se ha dejado de emitir el programa, y ya está. Es una pena que haya tenido que destaparse esto de forma escandalosa para poner fin a un espectáculo de tales características. Es una pena que se haya jugado con algo tan serio como la muerte para conseguir audiencia y dinero, que es de lo que se trata en el fondo. Es una pena que haya desfilado una serie de famosos por el espacio televisivo con más o menos responsabilidad en lo que ha constituido una difusión a gran escala de las prácticas espiritistas. Es una pena, en fin, que tanta gente haya depositado sus ilusiones y su esperanza, ya sea perdiendo su tiempo –en la pequeña pantalla– o su dinero –en los shows en directo– en lo que anunciaba esta señora y el entramado mediático montado a su alrededor.

Y como se ha visto que es un fraude, aunque nadie ha exigido mayores responsabilidades (¿se puede engañar a la gente así, a lo grande, y marcharse los culpables sin consecuencias?), parece que no ha pasado nada. Ella ha continuado con su gira espiritista por nuestro país, por lo que he visto en algunos medios locales, y asegura por activa y por pasiva que todo es real y que no ha engañado a nadie. En unas declaraciones recientes al diario levantino Información la inglesa decía, sobre los asistentes a su espectáculo: “algunos recibirán mensajes que les llenen de alegría y otros puede que queden decepcionados al no ser escogidos por los espíritus. Pero espero que incluso aquellos que no reciban un mensaje puedan sentir a sus seres queridos cerca”. Eso, creo yo, es seguir jugando con la credulidad de la gente.

Dice esta señora que son mejores las citas privadas (¿alguien sabe cuánto cobra por ellas?), ya que en un teatro, donde suele hacer estas convocatorias, “es más complicado”, pues “un número mayor de espíritus se comunican conmigo al mismo tiempo”. Lo mejor es cuando responde a las críticas con un cinismo pasmoso: “cada cual es libre de creer en lo que quiera y así es como deben ser las cosas. Pero la gente siempre puede venir al teatro y vivir la experiencia. Me encanta tener escépticos entre el público, siempre que vengan con la mente abierta”. Eso, que vengan, y así al menos habrán pagado una buena cantidad y les saldrá caro su escepticismo (la entrada más barata, ésa con la que te sientas atrás del todo, costaba 30 euros en la última sesión que he visto publicitada).

En fin, algunos se han echado las manos a la cabeza al reconocer que se trataba de un engaño, y así me lo han hecho saber. Yo, sin embargo, he respirado aliviado. ¿Por qué? Porque en todos estos fenómenos hay dos opciones: que sea mentira o que sea verdad eso de que la persona en cuestión oiga voces o visualice cosas. En este caso, parece que estamos ante una falsedad, aunque siempre queda la sombra de la duda, siempre puede haber algo que no encaje. ¿Y es que hay alguna posibilidad de que sea verdad? La hay, por supuesto. Y aquí viene el peligro de estas prácticas, un peligro que se da por partida doble.

En primer lugar, el peligro tiene un claro carácter psíquico. El espiritismo y todo lo que se mueve a su alrededor, con los estados de trance, alteración de la conciencia, percepción extrasensorial y contacto con supuestos seres de otras dimensiones, puede generar daños psicológicos. Lo han señalado muchos expertos en estos temas, y la experiencia lo demuestra. Uno se encuentra con personas que están desquiciadas en el sentido más literal: fuera de su quicio. Los familiares y amigos se quejan de que el sujeto, sin haber estado en una secta –cuando se da el caso–, se comporta como si hubiera estado en una, porque su personalidad se ha transformado radicalmente y parece que está fuera de sí.

Y en segundo lugar está el peligro de carácter sobrenatural. He estado a punto de escribir “para los que tienen fe”, pero me equivocaría al decirlo. Porque, para ser exactos, se trata de una situación objetiva y real, pero que sólo podemos “entender” desde una perspectiva creyente. Y es que cuando uno va conociendo casos de personas fuera del ámbito de la fe cristiana que se ven perturbados por fenómenos que no son capaces de comprender, pero que sí están convencidos de su carácter maligno, las cosas cuadran… ¿Habéis realizado alguna práctica espiritista o mágica?, es la pregunta que les hago, muy resumida aquí. La respuesta es positiva, siempre positiva, en alguna de las múltiples variantes del mundo del ocultismo.

Entonces, ¿de qué peligro sobrenatural se trata exactamente? De la acción del Diablo. Así de simple. Por eso la Sagrada Escritura ha alertado siempre sobre los intentos de contactar con los difuntos. No puede simplificarse la cuestión diciendo que se trata de una manía u obsesión del cristianismo o de la Iglesia católica. Nada de eso: el rechazo del espiritismo, vinculado a cualquier forma de adivinación o de magia, es algo común a las religiones monoteístas, porque a fin de cuentas significa buscar el sentido, el conocimiento o la verdad fuera de Dios, por otros “atajos”, perdiendo así la confianza radical que en el fondo es la fe y la relación con la Divinidad. Y cuando se abre esta puerta espiritual, el ser humano está expuesto a la acción sobrenatural negativa, a la del misterio del mal, que por la revelación sabemos que está personificado en unos seres concretos y reales: los ángeles caídos. Como una vez le leí a un experto en el espiritismo, no hay que ver demonios actuando por doquier –para ello harían falta pruebas–, pero sí hay que tener en cuenta la facilidad de que en estos casos el Diablo meta la cola.

Cuando los católicos celebramos el Año de la Fe (entre 2012 y 2013), no está de más recordar lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica, en su vigésimo aniversario, en sus números 2115-2117. Entre una serie de prácticas que son ajenas a la vivencia auténticamente religiosa y que atentan contra el primer mandamiento (“amarás a Dios sobre todas las cosas”) se habla directamente del recurso a médiums, de la evocación de los muertos y del espiritismo. La Iglesia, a lo largo de la historia, ha condenado estas conductas. Como suena mal lo de “condenar”, cabe la tentación de ser indulgentes con lo que cae bajo el peso de la crítica eclesial, de tener simpatía con la víctima de la condena. Sin embargo, aquí la comunidad cristiana actúa, una vez más, como experta en humanidad, por el bien del hombre, intentando alejarlo de aquello que lo separa de Dios y que lo daña. Con un daño que puede ir desde la estafa económica hasta la acción satánica, pasando por la mentira, la pérdida de la fe y las falsas esperanzas.

Luis Santamaría del Río

Espiritismo hecho espectáculo en televisión (II)

 por Luis Santamaría
Categorías : Espiritismo

Ha pasado bastante tiempo desde el primer artículo de esta serie, y han pasado dos cosas. La objetiva es que Telecinco ha multiplicado las emisiones del programa “Más allá de la vida”, protagonista de estas líneas. La subjetiva es que he tenido ocasión de verlo y analizarlo con algo de profundidad y sentido crítico (ése que no quieren que apliquemos mucho a nuestra condición de televidentes). Y antes de entrar a comentar este espacio, tengo que decir que me cansa, no me engancha. Sí, me cansa ver una y otra vez los mismos casos, los mismos mensajes y el mismo buenismo de fondo.

Hasta el día de hoy se han emitido siete entregas de este producto televisivo que sus promotores (la compañía productora Plural Entertaiment, responsable de varios programas emitidos sobre todo en Telecinco y Cuatro) colocan en su página web en la categoría de “entretenimiento”. Eso, para que veamos la seriedad con la que tratan el tema de la muerte. Más de dos millones de personas en España –según el promedio de la medición de audiencias– “entretenidas” por la médium Anne Germain, ya conocida en Portugal por el formato hermano del nuestro, titulado allí “Depois da vida”. Un programa en el que, tal como publicitan, “los invitados acuden para conocer los mensajes de personas fallecidas de su entorno”.

Nos sentamos frente a la pantalla y escuchamos esa voz en off que representa a la médium: “Soy Anne Germain. Desde que nací tengo un don: soy médium, contacto con personas que ya no están aquí, respondo a cuestiones que van más allá de la vida”. El plató, blanco y azul, da sensación de tranquilidad. Al comienzo de cada programa, su presentador, Jordi González –bien conocido por otros muchos espacios de dudosa seriedad–, presenta a los famosos invitados, de los que se ofrecen tomas grabadas en las que comentan su grado de escepticismo o de creencia en la vida de ultratumba y en la posibilidad de contactar con los difuntos. Muchos dicen que “no creen en esto”, así que sería interesante, entonces, saber por qué han ido al programa… aunque las posibles razones son pocas, y fácilmente adivinables, sin necesidad de que seamos videntes.

El procedimiento siempre es el mismo: el primero en llegar es el famoso, que tiene una breve conversación con el presentador, y a continuación hace su aparición Anne Germain, que sin previo trance ni “cosa rara” alguna, comienza a decir –siempre en inglés– que ve “presencias” acercándose al famoso en cuestión. De entre todas, algunas tienen más fuerza, y empieza a identificarlas, y a escuchar lo que dicen, y a ver lo que hacen en torno al invitado. Es entonces cuando el realizador empieza a jugar con el espectador, mostrando de forma alterna el rostro sereno de la médium –aunque en algunos momentos se emociona– y el rostro del famoso, que se va emocionando o conmocionando al hilo de las afirmaciones que el presentador va traduciendo del inglés. Anne Germain va dando detalles, que no dejan de ser vagos e imprecisos, y se va envolviendo al televidente con todas estas cosas, aderezadas con la música misteriosa de fondo y con mensajes sobreimpresos en la pantalla, cuestionando las cosas que están pasando y orientando hacia una creencia en las afirmaciones de la vidente, que habla con serenidad y mira al invitado con sus ojos azules transmitiéndole paz. En algunos invitados empiezan a caer las primeras lágrimas, y en ocasiones la misma médium se emociona también visiblemente. Siempre termina agradeciendo al famoso que le haya permitido hablar con los muertos, al igual que al principio suele saludar comunicando “el amor de los espíritus”.

Tras la marcha de Anne Germain, que se va “a descansar”, es cuando el presentador aprovecha para entablar un diálogo con el famoso, que suele reconocer que “ha sido mi hijo [fallecido ya, claro] el que me ha hablado, lo sé”, o que “todo lo que ella ha dicho es cierto”. Si el espectador no está todavía muy impresionado al creerse lo que dice el famoso, queda el mayor golpe de efecto del programa: la médium dirige su mirada al público asistente e interpela a alguna persona o familia de las presentes. El mensaje dirigido a la audiencia es claro: si hay sospechas de que Germain pueda conocer con antelación detalles de la vida de los invitados principales y de sus familiares fallecidos por su popularidad (cosa que Jordi se empeña en desmentir una y otra vez), la prueba de que todo es verdad es su diálogo con personas anónimas del público. Éstas acaban llorando, y se dan situaciones al menos curiosas, como cuando vemos al presentador diciéndole a uno de los sorprendidos con un mensaje de un familiar muerto: “no llores, que esto es muy bonito”.

Hay cosas que se repiten, en famosos y no famosos. La primera que destaca es la trivialidad y banalidad de muchas de las cosas que cuentan los difuntos. Entre otras cosas, algunos dicen que son los que mueven algunos objetos de la casa del vivo, para dar signos de su presencia. Otro elemento que llama la atención es la vaguedad de lo que cuentan sobre la realidad del más allá, ya que no pasan de decir que están en paz, felices y sin sufrimiento. ¿Qué hay allí? ¿Están en el cielo, o en otra dimensión, o están aquí entre nosotros de forma invisible para cambiar de sitio el osito de peluche de la cama que dejaron en la tierra?

Por supuesto que, como estamos hablando de entretenimiento, pero con visos de ser algo totalmente real, el programa deja la puerta abierta en una calculada ambigüedad, que se observa bien en las palabras de Jordi González al finalizar la primera entrega: “os decía que, seguramente, lo que hoy iba a pasar aquí, cambiaría a más de uno la percepción de la vida y de la muerte. Lo que ha pasado os lo hemos mostrado. A partir de aquí, que cada uno saque sus conclusiones”. Hala, final abierto, y a tener enganchado al espectador. Dejando estas cuestiones sin comentar del todo, y tal como hace el programa, seguiremos con este tema en un artículo posterior.

Luis Santamaría del Río
En Acción Digital

Espiritismo hecho espectáculo en televisión (I)

 

por Luis Santamaría
Categorías : Espiritismo

Comenzamos aquí a publicar una serie de artículos que irán apareciendo periódicamente sobre el tema del espiritismo, a partir de un programa de televisión. El análisis está a cargo de Luis Santamaría, sacerdote y miembro de la Red Iberoamericana de Estudio de las Sectas (RIES), que ha comenzado esta serie en su colaboración con la web de información religiosa En Acción Digital.

El verano pasado llegó el “susto”, y nunca mejor dicho. La televisión de España iba a dar una vuelta más de tuerca en la espiral de la telebasura. ¿Y cómo era eso? ¿Es que se puede caer más bajo en la emisión de productos deshumanizadores en la pequeña pantalla? Aunque algunos dudábamos de que se pudiera, hemos sido testigos de ese paso adelante. Superando tantos espacios en los que famosos y también –¿por qué no? – personas anónimas aparecen mostrando sus intimidades personales y sus asuntos familiares en una evidente falta de pudor con la complicidad de toda la sociedad, Telecinco anunció un programa en el que se iba a contactar con los muertos. ¡Qué miedo!

Al principio no me sorprendió, pensando que se trataría de otro producto más del mercado publicitario de lo paranormal y lo esotérico, como el célebre “Cuarto Milenio”, que ya lleva varias temporadas en la pantalla. Sin embargo, los medios de comunicación empezaron a hablar, con un cierto gracejo, de “La ouija de los famosos”. Entonces ya se sabía su contenido: acudirían algunas celebridades de la tierra para contactar, gracias a la labor de un médium, con algún difunto cercano. ¿Sorpresa? ¿O conclusión lógica del avance de la llamada “prensa rosa” que, en su versión televisiva, ya se agota y tiene que buscar nuevos ámbitos? Si las fuentes informativas en esta tierra ya están acabadas, ¡venga, a buscar exclusivas de ultratumba!

Uno no sabe si reír o llorar. Si tomárselo a cachondeo o escandalizarse. El 9 de agosto tuvo lugar la primera emisión, y desde entonces hasta la fecha, durante el año 2010 hemos podido ver otros dos programas (13 de octubre y 10 de noviembre), de poco más de una hora de duración (a lo que hay que añadir los anuncios, por supuesto). Por lo que dicen, las cifras de audiencia –que por desgracia aquí es lo que manda, como ya sabemos– han sido altas. Emitidos pasada la medianoche, el primero tuvo un 20.7% de la audiencia (1.481.000 espectadores), cifra que creció levemente en el segundo (1.756.000) y que aumentó considerablemente en la tercera entrega (2.626.000 espectadores), debido a que se adelantó en el horario, para competir con las series que otras cadenas emitían en “prime time”. Por cierto, es mucha más audiencia que los informativos del mismo día en el mismo canal.

Parece que ahora, en la guerra de las audiencias, todo vale. Y más si tenemos esta abundancia de canales que nos ha traído la Televisión Digital Terrestre. Uno se echaría las manos a la cabeza si no se fijara en otras muchas cosas que pasan en este mundo de la comunicación, donde asistimos con pasividad (o, más bien habría que decir, con complicidad) a una depauperación de calidad de lo que se ofrece. Sin entrar en la ya típica discusión de que si estos contenidos se ofrecen como moda cultural o se piden como demanda social, creo que la aparición de un formato como “Más allá de la vida” supera todo sentido común.

Para que se entienda lo que escribo, aclararé dos cosas. La primera: estas reflexiones están escritas varios meses después de la emisión de la primera entrega del programa espiritista de Telecinco. ¿Y eso por qué? La razón es sencilla: he dejado pasar el tiempo para que lo que escriba no sirva como publicidad añadida a algo que sencillamente rechazo. En estos cinco meses he podido recibir algunas consultas o comentarios sobre el programa, en ocasiones de gente sencilla que se encuentra desconcertada ante algo que se presenta ante sus ojos como cierto, y que choca con su percepción de la realidad planteándoles una seria duda.

La segunda aclaración que quiero hacer es que este primer artículo de la serie está elaborado antes de haber visto ningún programa. Tengo previsto ver los tres emitidos hasta ahora en la siguiente entrega de esta misma sección, para ofrecer un análisis algo más detallado, y para poder hacer una crítica fundamentada del producto final que se han tragado varios millones de españoles. Lo dicho hasta ahora sirve como pórtico a unas reflexiones que espero ofrezcan luz y criterios para juzgar “Más allá de la vida”. Antes de ver los programas, sí quiero dejar dicho que sería interesante comprobar el aumento de la creencia en estos temas de ultratumba en los españoles a través de las encuestas que se hacen a la ciudadanía, comparando los resultados con los trabajos anteriores; y comprobar también el aumento del recurso de la gente a videntes y médiums, en la medida en que fuera posible, además del más que seguro aumento de los ingresos de estos “profesionales”. Mucho me temo que este programa televisivo habrá tenido bastante más incidencia, por su apariencia –buscada y querida– de realidad y seriedad, que otros muchos productos de ficción, ya sean películas o series, que vienen explotando el tema en los últimos tiempos.

Luis Santamaría del Río
En Acción Digital

Conoce tu fe Católica

Las verdades que la Biblia enseña son las referidas a nuestra salvación.

Este primer principio lo encontramos en la Dei Verbum nº 11b. En efecto, la Biblia no es libro de ciencias naturales, sino de religión. Sus autores no son astrónomos, ni matemáticos, ni geólogos, sino catequistas y teólogos, que tratan de expresar con un lenguaje fácil y adaptado a los lectores de su tiempo, las verdades fundamentales de la salvación.

La única sabiduría, pues, que hay que buscar en la Biblia, es la que se refiere a nuestra salvación. Como dice la Segunda carta a Timoteo: Desde niño conoces las Sagradas Letras, que pueden darte la sabiduría que lleva a la salvación (2Tim 3, 15).

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¿Qué es la Eucaristía?

1. Naturaleza sacramental de la Santísima Eucaristía

1.1. ¿Qué es la Eucaristía?

La Eucaristía es el sacramento que hace presente, en la celebración litúrgica de la Iglesia, la Persona de Jesucristo (todo Cristo: Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad) y su sacrificio redentor, en la plenitud del Misterio Pascual de su pasión, muerte y resurrección. Esta presencia no es estática o pasiva (como la de un objeto en un lugar) sino activa, porque el Señor se hace presente con el dinamismo de su amor salvador: en la Eucaristía Él nos invita a acoger la salvación que nos ofrece y a recibir el don de su Cuerpo y de su Sangre como alimento de vida eterna, permitiéndonos entrar en comunión con Él -con su Persona y su sacrificio- y en comunión con todos los miembros de su Cuerpo Místico que es la Iglesia.

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En efecto, como afirma el Concilio Vaticano II, «Nuestro Salvador, en la Última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su Cuerpo y su Sangre, para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual “en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura”»[1].

1.2. Los nombres con los que se designa este sacramento

La Eucaristía es denominada, tanto por la Sagrada Escritura como por la Tradición de la Iglesia, con diversos nombres, que reflejan los múltiples aspectos de este sacramento y expresan su inconmensurable riqueza, pero ninguno agota su sentido. Veamos los más significativos:

a) unos nombres recuerdan el origen del rito: Eucaristía[2], Fracción del Pan, Memorial de la pasión, muerte y resurrección del Señor, Cena del Señor;

b) otros subrayan el carácter sacrificial de la Eucaristía: Santo Sacrificio, Santo Sacrificio de la Misa, Sacramento del Altar, Hostia (= Víctima inmolada);

c) otros intentan expresar la realidad de la presencia de Cristo bajo las especies consagradas: Sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, Pan del Cielo (cfr. Jn 6,32-35; Jn 6,51-58), Santísimo Sacramento (porque contiene al Santo de los Santos, la misma santidad de Dios encarnado);

d) otros hacen referencia a los efectos causados por la Eucaristía en cada fiel y en toda la Iglesia: Pan de Vida, Pan de los hijos, Cáliz de salvación, Viático (para que no desfallezcamos en el camino a Casa), Comunión. Este último nombre indica que mediante la Eucaristía nos unimos a Cristo (comunión personal con Jesucristo) y a todos los miembros de su Cuerpo Místico (comunión eclesial, en Jesucristo);

e) otros designan toda la celebración eucarística con el término que indica, en el rito latino, la despedida de los fieles después de la comunión: Misa, Santa Misa;

Entre todos estos nombres el término Eucaristía es el que ha ido prevaleciendo cada vez más en la Iglesia de Occidente, hasta ser la expresión común con la que se designa tanto la acción litúrgica de la Iglesia, que celebra el memorial del Señor, como el sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo.

En Oriente la celebración eucarística, sobre todo a partir del siglo X, es designada habitualmente con la expresión Santa y Divina Liturgia.

1.3. La Eucaristía en el orden sacramental de la Iglesia

«El amor de la Trinidad a los hombres hace que, de la presencia de Cristo en la Eucaristía, nazcan para la Iglesia y para la humanidad todas las gracias»[3]. La Eucaristía es el sacramento más excelso, porque en él «se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y pan vivo, que por su carne vivificada y vivificante por el Espíritu Santo, da la vida a los hombres»[4]. Los otros sacramentos, si bien poseen una virtud santificadora que proviene de Cristo, no son como la Eucaristía, que hace presente verdaderamente, realmente y sustancialmente la misma Persona de Cristo -el Hijo encarnado y glorificado del Padre Eterno-, con la potencia salvífica de su amor redentor, para que los hombres puedan entrar en comunión con Él y vivan por Él y en Él (cfr. Jn 6,56-57).

Además, la Eucaristía constituye la cumbre hacia la que convergen todos los demás sacramentos en orden al crecimiento espiritual de cada uno de los creyentes y de toda la Iglesia. En este sentido el Concilio Vaticano II afirma que la Eucaristía es fuente y cima de la vida cristiana, el centro de toda la vida de la Iglesia[5]. Todos los demás sacramentos y todas las obras de la Iglesia se ordenan a la Eucaristía porque su fin es llevar a los fieles a la unión con Cristo, presente en este sacramento (cfr. Catecismo, 1324).

No obstante contenga a Cristo, fuente a través de la cual la vida divina llega a la humanidad, y aun siendo el fin hacia el que todos los demás sacramentos se ordenan, la Eucaristía no substituye a ninguno de ellos (ni al bautismo, ni a la confirmación, ni a la penitencia, ni a la unción de los enfermos), y puede ser consagrada sólo por un ministro válidamente ordenado. Cada sacramento tiene su papel en el conjunto sacramental y en la vida misma de la Iglesia. En este sentido la Eucaristía se considera el tercer sacramento de la iniciación cristiana. Desde los primeros siglos del cristianismo el bautismo y la confirmación han sido considerados como preparación a la participación en la Eucaristía, como disposiciones para entrar en comunión sacramental con el Cuerpo de Cristo y con su sacrificio, y para insertarse más vitalmente en el misterio de Cristo y de su Iglesia.

2. La promesa de la Eucaristía y su institución por Jesucristo

2.1. La promesa
El Señor anunció la Eucaristía durante su vida pública, en la Sinagoga de Cafarnaún, ante quienes le habían seguido después de ser testigos del milagro de la multiplicación de los panes, con el que sació a la multitud (cfr. Jn 6,1-13). Jesús aprovechó aquél signo para revelar su identidad y su misión, y para prometer la Eucaristía: «En verdad, en verdad os digo que Moisés no os dio el pan del cielo, sino que mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que ha bajado del cielo y da la vida al mundo. -Señor, danos siempre de este pan-, le dijeron ellos. Jesús les respondió: -Yo soy el pan de vida… Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo… El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Igual que el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí» (cfr. Jn 6,32-35.51.54-57).

2.2. La institución y su contexto pascual
Jesucristo instituyó este sacramento en la Última Cena. Los tres evangelios sinópticos (cfr. Mt 26,17-30; Mc 14,12-26; Lc 22,7-20) y san Pablo (cfr. 1 Co 11,23-26) nos han transmitido el relato de la institución. He aquí la síntesis de la narración que ofrece el Catecismo de la Iglesia Católica: «Llegó el día de los Azimos, en el que se había de inmolar el cordero de Pascua; (Jesús) envió a Pedro y a Juan, diciendo: “Id y preparadnos la Pascua para que la comamos”… fueron… y prepararon la Pascua. Llegada la hora, se puso a la mesa con los Apóstoles; y les dijo: “Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios”… Y tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi Cuerpo que va a ser entregado por vosotros. Haced esto en recuerdo mío [en conmemoración mía; como memorial mío]”. De igual modo, después de cenar, el cáliz, diciendo: “Este cáliz es la Nueva Alianza en mi Sangre, que va a ser derramada por vosotros”» (Catecismo, 1339).

Jesús celebró pues la Última Cena en el contexto de la Pascua judía, pero la Cena del Señor posee una novedad absoluta: en el centro no se encuentra el cordero de la Antigua Pascua, sino Cristo mismo, su Cuerpo entregado (ofrecido en sacrificio al Padre, en favor de los hombres)… y su Sangre derramada por muchos para remisión de los pecados (cfr. Catecismo, 1339). Podemos pues decir que Jesús, más que celebrar la Antigua Pascua, anunció y realizó -anticipándola sacramentalmente- la Nueva Pascua.

2.3. Significado y contenido del mandato del Señor
El precepto explícito de Jesús: «Haced esto en conmemoración mía [como memorial mío]» (Lc 22,19; 1 Co 11,24-25), evidencia el carácter propiamente institucional de la Última Cena. Con dicho mandato nos pide que correspondamos a su don y que lo representemos sacramentalmente (que lo volvamos a realizar, que reiteremos su presencia: la presencia de su Cuerpo entregado y de su Sangre derramada, es decir, de su sacrificio en remisión de nuestros pecados).

– «Haced esto». De este modo designó quienes pueden celebrar la Eucaristía (los Apóstoles y sus sucesores en el sacerdocio), les confió la potestad de celebrarla y determinó los elementos fundamentales del rito: los mismos que Él empleó (por tanto en la celebración de la Eucaristía es necesaria la presencia del pan y del vino, la plegaría de acción de gracias y de bendición, la consagración de los dones en el Cuerpo y la Sangre del Señor, la distribución y la comunión con este Santísimo Sacramento.

– «En conmemoración mía [como memorial mío]». De este modo Cristo ordenó a los Apóstoles (y en ellos a sus sucesores en el sacerdocio), que celebraran un nuevo “memorial”, que sustituía al de la Antigua Pascua. Este rito memorial tiene una particular eficacia: no sólo ayuda a “recordar” a la comunidad creyente el amor redentor de Cristo, sus palabras y gestos durante la Última Cena, sino que, además, como sacramento de la Nueva Ley, hace objetivamente presente la realidad significada: a Cristo, “nuestra Pascua” (1 Co 5,7), y a su sacrificio redentor.

3. La celebración litúrgica de la Eucaristía
La Iglesia, obediente al mandato del Señor, celebró enseguida la Eucaristía en Jerusalén (cfr. Hch 2,42-48), en Tróade (cfr. Hch 20,7-11) en Corinto (cfr. 1 Co 10,14,21; 1 Co 11, 20-34), y en todos los lugares a donde llegaba el cristianismo. «Era sobre todo “el primer día de la semana”, es decir, el domingo, el día de la resurrección de Jesús, cuando los cristianos se reunían para “partir el pan” (Hch 20,7). Desde entonces hasta nuestros días la celebración de la Eucaristía se ha perpetuado, de suerte que hoy la encontramos por todas partes en la Iglesia, con la misma estructura fundamental» (Catecismo, 1343).

3.1. La estructura fundamental de la celebración
Fiel al mandato de Jesús, la Iglesia, guiada por el “Espíritu de verdad” (Jn 16,13), que es el Espíritu Santo, cuando celebra la Eucaristía no hace otra cosa que conformarse al rito eucarístico realizado por el Señor en la Última Cena. Los elementos esenciales de las sucesivas celebraciones eucarísticas no pueden ser otros que aquellos de la Eucaristía originaria, es decir: a) La asamblea de los discípulos de Cristo, por Él convocada y reunida en torno a Él; y b) La actuación del nuevo rito memorial.

La asamblea eucarística

Desde los comienzos de la vida de la Iglesia, la asamblea cristiana que celebra la Eucaristía se manifiesta jerárquicamente estructurada: habitualmente está constituida por el obispo o por un presbítero (que preside sacerdotalmente la celebración eucarística y actúa in persona Christi Capitis Ecclesiae), por el diácono, por otros ministros y por los fieles, unidos por el vínculo de la fe y del bautismo. Todos los miembros de esta asamblea están llamados a participar conscientemente, devotamente y activamente en la liturgia eucarística, cada uno según su modo propio: el sacerdote celebrante, el diácono, los lectores, los que presentan las ofrendas, el ministro de la comunión y el pueblo entero, cuyo “Amén” manifiesta su real participación (cfr. Catecismo, 1348). Por tanto, cada uno deberá cumplir el propio ministerio, sin que haya confusión entre el sacerdocio ministerial, el sacerdocio común de los fieles y el ministerio del diácono y de otros posibles ministros.

El papel del sacerdocio ministerial en la celebración de la Eucaristía es esencial. Sólo el sacerdote válidamente ordenado puede consagrar la Santísima Eucaristía, pronunciando in persona Christi (es decir, en la identificación específica sacramental con el Sumo y Eterno Sacerdote, Jesucristo), las palabras de la consagración (cfr. Catecismo, 1369). Por otra parte, ninguna comunidad cristiana está capacitada para darse por sí sola el ministerio ordenado. «Éste es un don que se recibe a través de la sucesión episcopal que se remonta a los Apóstoles. Es el obispo quien establece un nuevo presbítero mediante el sacramento del Orden, otorgándole el poder de consagrar la Eucaristía»[6].

El desarrollo de la celebración

La actuación del rito memorial se desarrolla, desde los orígenes de la Iglesia, en dos grandes momentos, que forman un solo acto de culto: la “Liturgia de la Palabra” (que comprende la proclamación y la escucha-acogida de la Palabra de Dios), y la “Liturgia Eucarística” (que comprende la presentación del pan y del vino, la anáfora o plegaria eucarística -con las palabras de la consagración- y la comunión. Estas dos partes principales están delimitadas por los ritos de introducción y de conclusión (cfr. Catecismo, 1349-1355). Nadie puede quitar o añadir a su antojo nada de lo que ha sido establecido por la Iglesia en la Liturgia de la Santa Misa[7].

La constitución del signo sacramental

Los elementos esenciales y necesarios para constituir el signo sacramental de la Eucaristía son: por una parte, el pan de harina de trigo[8] y el vino de uvas[9]; y, por otra, las palabras consagratorias, que el sacerdote celebrante pronuncia in persona Christi, en el contexto de la «Plegaria Eucarística». Gracias a la virtud de las palabras del Señor y a la potencia del Espíritu Santo, el pan y el vino se convierten en signos eficaces, con plenitud ontológica y no solo de significado, de la presencia del “Cuerpo entregado” y de la “Sangre derramada” de Cristo, es decir, de su Persona y de su sacrificio redentor (cfr. Catecismo, 1333 y 1375).

Bibliografía básica

Catecismo de la Iglesia Católica, 1322-1355.

Juan Pablo II, Enc. Ecclesia de Eucharistia, 17-IV-2003, 11-20; 47-52.

Benedicto XVI, Ex. Ap. Sacramentum caritatis, 22-II-2007, 6-13; 16-29; 34-65.

Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Redemptionis Sacramentum, 25-III-2004, 48-79.

Lecturas recomendadas

San Josemaría, Homilía La Eucaristía, misterio de fe y de amor, en Es Cristo que pasa, 83-94.

J. Ratzinger, La Eucaristía centro de la vida. Dios está cerca de nosotros, Edicep, Valencia 2003, pp. 29-44; 61-80; 135-144.

J. Echevarría, Eucaristía y vida cristiana, Rialp, Madrid 2005, pp. 17-48.

J.R. Villar – F.M. Arocena – L. Touze, Eucaristía, en C. Izquierdo (dir.), Diccionario de Teología, Eunsa, Pamplona 2006, pp. 355-356; 362-366.

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[1] Concilio Vaticano II, Const. Sacrosanctum Concilium, 47.

[2] El término eucaristía significa acción de gracias, y remite a las palabras de Jesús en la Última Cena: «Y tomando pan, dio gracias [es decir, pronunció una plegaria eucarística y de alabanza a Dios Padre], lo partió y se lo dio diciendo… » (Lc 22,19; cfr. 1 Co 11,24).

[3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, 86.

[4] Concilio Vaticano II, Decreto Presbyterorum Ordinis, 5.

[5] Cfr. Concilio Vaticano II, Const. Lumen gentium, 11.

[6] Juan Pablo II, Enc. Ecclesia de Eucharistia, 29.

[7] Cfr. Concilio Vaticano II, Const. Sacrosanctum Concilium, 22; Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Redemptionis Sacramentum, 14-18.

[8] Cfr. Misal Romano, Institutio generalis, n. 320. En el rito latino el pan debe ser ácimo, es decir, no fermentado; cfr. Ibidem.

[9] Cfr. Misal Romano, Institutio generalis, n. 319. En la Iglesia latina al vino se añade un poco de agua; cfr. Ibidem. Las palabras que dice el sacerdote al añadir agua al vino, manifiestan el sentido de este rito: «Que por el misterio de este agua y de este vino, participemos de la divinidad del que se dignó hacerse partícipe de nuestra humanidad» (Misal Romano, Ofertorio). Para los Padres de la Iglesia este rito significa también la unión de la Iglesia con Cristo en el sacrificio eucarístico; cfr. San Cipriano, Ep. 63,13: CSEL 3,711.