Archivos diarios: 13 octubre, 2011

El cuadro clínico de la dolencia Protestante según San Ignacio de Loyola

Por protestantización, entendemos un cambio complejo de la fe, de la religiosidad, de la sensibilidad, la piedad y la cultura católica. Se manifiesta principalmente en una disminución del afecto y la adhesión al Papa, a la Eucarística y a María. Este cambio consiste en una ruptura [1] latente con la tradición y la doctrina católicas que comienza como una exigencia de reforma y termina con la ruptura manifiesta con la comunión eclesial. Se ha señalado también que el lenguaje protestante es más bien dialéctico y contrapone los opuestos como disyuntiva: o, o; mientras que el lenguaje católico une los opuestos y los concilia: y, y.
San Ignacio de Loyola nos dejó un diagnóstico y una semiología de la Reforma protestante en sus: Reglas para el sentido verdadero que en la Iglesia militante debemos tener. El título mismo de estas Reglas, nos enseña que la protestantización se presenta ante todo y visiblemente como una crisis del sentido común eclesial, del sentir católico. Para Ignacio, la expresión tiene el mismo sentido que en Pablo, cuando habla de tener un mismo sentir entre los hermanos en la fe y con Cristo: “siendo todos de un mismo sentir […] tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo Jesús” (Filipenses 2, 2.5).
La tentación ‘protestante’ entendida así, como ruptura de la unidad espiritual, está presente desde los orígenes. La quiebra inicialmente oculta, la ruptura con el sentido común católico, se manifiesta visible y exteriormente en forma de desobediencia: “depuesto todo juicio contrario [elemento interior oculto] debemos tener ánimo aparejado y pronto para obedecer en todo [manifestación externa] a la verdadera esposa de Cristo que es la nuestra santa madre Iglesia jerárquica” (EE 353). La existencia de una voluntad rebelde puede pasar inadvertida para el clínico, si se la toma como una inocente indisciplina.
Pero Ignacio percibió que la desobediencia de los reformadores era, en su esencia, 1) una crisis del sentido de comunión eclesial, 2) un defecto de la fe y 3) un error de la doctrina eclesiológica que implicaba: 4) otros dos errores, uno cristológico y otro pneumatológico.
San Ignacio percibió que la crisis de comunión – oculta bajo apariencia católica todavía o ya abiertamente protestante – pasaba en primer lugar por la pérdida del sentido de obediencia a la “Esposa de Cristo, nuestra santa madre Iglesia jerárquica” [Regla 1ª EE 353]. Una pérdida que se manifestaba en su comienzo principalmente como un debilitamiento de la adhesión al Papa y al sacerdocio ordenado y que podía llegar a convertirse en una aversión violenta y en una abierta rebelión. A esta debilidad o quiebre de la fe eclesiológica le subyace una debilidad paralela de la fe en el vínculo amoroso que une al Señor con su Iglesia y en la acción del Espíritu Santo en Cristo y en su Esposa: ”creyendo – dice Ignacio – que entre Cristo Señor, esposo, y la Iglesia su esposa, es el mismo Espíritu que nos gobierna y rige” [Regla 13ª; EE 365]. No se trata pues de un mero problema disciplinar sino de una desobediencia que nace de un espíritu de impugnación; se trata de una rebeldía espiritual, que se origina en una debilidad de la fe y culmina en la pérdida de la fe católica y una separación de la comunión eclesial.
De este afecto rebelde, observable también hoy tanto en algunos fieles católicos como protestantes, nacen todas las impugnaciones disciplinares y de aspectos particulares de la vida eclesial. La terapia del mal que propone Ignacio no pasa ni por la polémica ni por la impugnación. A este mal opone San Ignacio aquel afecto creyente y católico que aprueba y alaba los usos católicos impugnados. Alabanza de la práctica sacramental, confesar con sacerdote [2] , comulgar con la mayor frecuencia posible, oír misa a menudo, cantos, salmos y oraciones en el templo y fuera de él, oficio divino y horas canónicas. Alabanza no solamente de los sacramento sino también de los sacramentales, puestos bajo sospecha o acusación de ser prácticas supersticiosas: vida religiosa y votos de religión, virginidad, continencia, devoción a los santos y a sus reliquias, invocación de su intercesión; peregrinaciones, indulgencias, cruzadas; agua bendita, incienso, escapularios y medallas, bendición de personas, de animales y de objetos, de imágenes, de casas y edificios; candelas encendidas, ayunos y abstinencias, tiempos litúrgicos; penitencias internas y más aún externas (cilicios, disciplinas); ornamentos litúrgicos, edificios de iglesias [3] . Hoy habría invitado a alabar el uso del velo para orar las mujeres, y de reclinatorios [4] . Alabar la abundancia de retablos e imágenes sagradas tenidas en veneración [5] . Alabar preceptos de la Iglesia, sus tradiciones y costumbres de los mayores. Alabar la teología positiva y también la escolástica [6] .
Este elenco permite comprobar en qué y en qué medida, según los lugares, personas, parroquias, órdenes y congregaciones religiosas, estos usos han sido y siguen siendo impugnados, abandonados o combatidos, sea mediante cuestionamientos teóricos sea mediante burlas; o están en regresión o en proceso de desaparición. Y esto demuestra hasta qué punto permanece viva la tentación interior contra la comunión.
Para terminar señalemos un hecho: la protestantización es hoy una epidemia del catolicismo en Latinoamérica donde asistimos a un verdadero éxodo de fieles católicos hacia los cultos pentecostales o evangélicos. Unos, en su mayor parte los profesionales e intelectuales, porque se han enfriado en su pertenencia católica debido a la transculturación a la cultura globalizada adveniente y dominante. Otros porque van a buscar fervor en los cultos pentecostales; o respaldo moral y solidaridad comunitaria en comunidades evangélicas. Otros porque caen en las redes de un pseudocristianismo sin cruz que les promete el pare de sufrir. Pero el actual abandono multitudinario de la comunión católica es el desenlace final de un mal que se venía incubando desde mucho antes debajo de las apariencias exteriores de la comunión eclesial católica.
Después de describir el síndrome protestante, sus síntomas y su naturaleza íntima, escuchemos las voces de atentos observadores de la realidad eclesial, que han señalado la presencia actual del mal y nos permitirán comprender mejor su naturaleza, sus causas y su desenlace.

SI REALMENTE QUISIERA , LO HARIA ?

Si yo quisiera agradar a mi Dios no cometería tantos pecados contra Él, pero aún sabiendo que hago mal, ahogo mi voluntad por alguna causa que no puedo reconocer y mi querer se convierte en No querer.
Muchas veces quisiera ayudar al pobre ó al hermano hambriento y recoger un pedazo de pan de mi alacena y dárselo al primer pobre hambriento que encuentre en la calle o tal vez salir de casa corriendo en busca de un necesitado y darle una moneda de mi repleta bolsa, pero en la pereza en que se adormita mi espíritu niego a mi querer y me escondo en el no querer.

Cuantas veces quisiera visitar a un enfermo en un hospital y llevarle con mi presencia un poco de esperanza que alivie su mal, más al entretenerme en cosas vanas de un placer pasajero, ahogo mi intención en el egoísta mal del no querer.

En ocasiones quisiera entrar a una iglesia y rezar por los que sufren, por los que han perdido la fe, pero el entusiasmo por un espectáculo baladí me aleja del umbral del templo y en mis pasos que me apartan de mi querer sus huellas sin retorno dibujan mi no querer.

Otras muchas veces quisiera sellarme los labios y no divulgar el pecado de un hermano y mas vale el protagonismo de sentirme acusador y propago con maldad su falta, y mi conciencia agoniza en mi no querer.

No se cuántas veces quisiera pedir perdón por una ofensa o injuria cometida y humilde reconocer mi mal proceder pero mi soberbia se cobija en mi no querer.

Oh Dios mío, cuanto más pudiera yo confesar de mis quisieras que son destruidos por mis no quereres, por eso, arrepentido y con la fortaleza que me da la fe en Ti, humildemente quisiera,

¡Sí!… QUISIERA:

  • Que me des la virtud de la caridad para hacer el bien sin considerar a quien se lo hago y sin esperar recompensa alguna, y que mis acciones sean agradables a Tí Señor y Dios mío.
  • Que me des paciencia para soportar todas las pruebas que te dignes poner en mi camino con el único fin de cumplir tu voluntad.
  • Que me des la continencia para poder abstenerme de todos los pecados carnales y poder entregarte un corazón sin mancha y un alma inmaculada el día que Tú decidas que el peregrinar en este valle de lagrimas haya terminado para mi.
  • Que me des modestia para no ensalzarme por mis virtudes sino que vea en ellas el fruto de tu amor.
  • Que me des entendimiento para comprender la grandeza de tu amor por la humanidad al sacrificar a tu Unigénito, Nuestro Señor Jesucristo, para que nos redimiera y nos abriera las puertas de tu reino, Señor.
  • Que me des mansedumbre para que donde se me ofenda dé yo en cambio bendición, y así poder seguir tus pasos como en la crucifixión en que clamaste al Padre por el perdón a tus ofensores.
  • Que me des fortaleza para que nunca deje de asistir a adorarte en la Capilla de Adoración Eucarística Perpetua y me des la fe para que cada día mi amor por Ti sea tan inmenso y brillante como la luz de todas las estrellas del universo y que todos reconozcan tu omnipotencia, amor y misericordia eterna.
  • Por ultimo, y como Tú lo dijiste, los últimos serán los primeros, que les des a todos los adoradores de la Capilla de Adoración Perpetua de Cardel la fuerza de voluntad y la fe para que jamás dejen de participar en la hora santa que tienen reservada para Ti Dios mío.

Dios mío quisiera amarte mucho más para que no exista en mi ni el “no puedo” ni el “no quiero”. Gracias infinitas por todo lo que dispones para este humilde siervo que solo ansía adorarte por toda esta vida y si Tú lo permites, allá en el cielo por toda la eternidad.

¡Alabado y adorado sea
Jesús en el Santísimo Sacramento!

EL MAGNIFICAT

EL MAGNIFICAT

El Magnificat constituye la cima de la historia de Israel, en el momento en que, por la acción de Dios, alcanza su pleno sentido el cumplimiento de la antigua promesa hecha a Abrahán, en cuya persona estaba concentrada en el origen la vida del pueblo, del mismo modo que está concentrada al final en María. En ella se encarna la fe de Israel, interlocutor de la Alianza, su pura esperanza en Dios, por que en ella se haya en estado puro la pobreza y la humildad (“bajeza”). Y en ella, por tanto, esta fe es pura obediencia a la palabra de Dios. La virginidad de María es la superación escatológica del tema antiguo de la mujer “estéril” (Isabel, Ana, etc.) que da a luz por obra de la gracia de Dios. La fe y la esperanza de Israel deben concentrarse y personalizarse integramente, en el alma y en el cuerpo, pues ahí debe realizarse la promesa de Dios: en su morada corporal y espiritual en la hija de Sión. Jesús la mira. Y no ve a su madre, sino a la mujer. A la que es vida y dolor y amor. “Mujer, ahí tienes a tu hijo” ( Jn. 19, 26). “Si” de María a esta renuncia final. Tú no eres ya la madre de Jesús. Te es preciso renunciar a Jesús para que nazca el Cristo total. Él te dará una multitud de hijos. En ese momento, se convierte de nuevo en la madre de Cristo, del Cristo total. “Ahí tienes a tu madre” (Jn. 19, 27).

EL MAGNIFICAT

EL MAGNIFICAT

El Magnificat constituye la cima de la historia de Israel, en el momento en que, por la acción de Dios, alcanza su pleno sentido el cumplimiento de la antigua promesa hecha a Abrahán, en cuya persona estaba concentrada en el origen la vida del pueblo, del mismo modo que está concentrada al final en María. En ella se encarna la fe de Israel, interlocutor de la Alianza, su pura esperanza en Dios, por que en ella se haya en estado puro la pobreza y la humildad (“bajeza”). Y en ella, por tanto, esta fe es pura obediencia a la palabra de Dios. La virginidad de María es la superación escatológica del tema antiguo de la mujer “estéril” (Isabel, Ana, etc.) que da a luz por obra de la gracia de Dios. La fe y la esperanza de Israel deben concentrarse y personalizarse integramente, en el alma y en el cuerpo, pues ahí debe realizarse la promesa de Dios: en su morada corporal y espiritual en la hija de Sión. Jesús la mira. Y no ve a su madre, sino a la mujer. A la que es vida y dolor y amor. “Mujer, ahí tienes a tu hijo” ( Jn. 19, 26). “Si” de María a esta renuncia final. Tú no eres ya la madre de Jesús. Te es preciso renunciar a Jesús para que nazca el Cristo total. Él te dará una multitud de hijos. En ese momento, se convierte de nuevo en la madre de Cristo, del Cristo total. “Ahí tienes a tu madre” (Jn. 19, 27).