Archivos diarios: 24 junio, 2011

La Inquisición, las cruzadas y otros ataques a la Iglesia Católica | Intereconomía | blog

  • Jun 2011
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La Inquisición, las cruzadas y otros ataques a la Iglesia Católica
El periodista Michael Coren repasa en su libro ‘Por qué los católicos tienen razón’ los tópicos más típicos de la Iglesia: falta de austeridad, connivencia con los pederastas… Es un reportaje de Itxu Díaz.
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La lista de tópicos es interminable. “La Iglesia fue muy mala con Galileo”, repasa el periodista canadiense Michael Coren, “la Iglesia trató de convertir a los musulmanes y las cruzadas fueron horribles, Hitler era católico y el papa fue un nazi, la Inquisición sacrificó a millones de personas, la Iglesia es rica y no hace nada por los pobres, los niños sufrieron abusos y el Vaticano lo sabía todo y no hizo nada, el celibato conduce a la perversión, los católicos adoran estatuas, los católicos creen que el papa es infalible y que no puede equivocarse, y así sucesivamente”.Hace seis meses, Michael Coren se reunió con amigos y colegas para comentar el próximo lanzamiento de su libro Why Catholics Are Right (Por qué los católicos tienen razón). Después de revelar el título, los periodistas católicos que le acompañaban se revolvieron en sus sillas. Les interesaba el contenido, pero les asustaba el título. “Suena un poco arrogante”, comentó uno de ellos. “¿Es esto suficientemente tolerante para estos tiempos tan progresistas y plurales?, añadió otro. “Debe usted tener cuidado, porque podría ofender a gente”, apuntó un tercero. “Lo extraño”, explica el autor, “es que cuando les sugerí títulos de otros libros como Por qué los liberales tienen razón, Por qué los conservadores tienen razón, Por qué los musulmanes tienen razón y, especialmente, Por qué los ateos tienen razón, todos opinaron que eran correctos, y que ninguno de ellos causaría problemas”.Al fin y al cabo Cohen escribió el libro con la idea de echar por tierra todos los prejuicios anticatólicos, contrastando cada afirmación con hechos históricos, sin edulcorar en absoluto la propia historia de la Iglesia, con sus virtudes y sus defectos, y ofreciendo además una explicación razonable a las grandes verdades de fe de los católicos.Por qué los católicos tienen razón realiza un recorrido por las cuatro principales áreas de críticas a la Iglesia Católica: los abusos sexuales, la historia, la teología y la vida. A Coren le molesta comenzar su libro hablando de los abusos sexuales, pero lo hace precisamente por coherencia, porque es partidario de mirar al problema frente a frente.Cree que es preferible reconocer la verdad de los hechos. “La negación es inmoral”, advierte. Sin embargo, subraya la necesidad de ceñirse a la verdad de los acontecimientos. Esto implica, por ejemplo, que antes de juzgar por qué la Iglesia trasladó de parroquia a algunos de los acusados de abusos, es preciso hacer un esfuerzo por conocer qué recomendaciones ofrecían los psiquiatras de hace décadas para solucionar estos problemas dentro de una institución. Aunque aquella solución fuera “patética”, Coren recuerda que era “un estándar secular”, y que tenía en cuenta “los consejos psiquiátricos del momento, que se ofrecían a los consejos escolares, las organizaciones deportivas y otras entidades religiosas”.Insiste en que los católicos, además de sentirse avergonzados por lo ocurrido, deben estar también orgullosos de la respuesta que finalmente han dado la Iglesia y el papa Benedicto XVI. “No hay ningún grupo de hombres y mujeres sobre la Tierra que haya hecho tanto para solucionar este problema”, escribe Coren, “para mostrar su contrición y hacer de la Iglesia el lugar más seguro para los jóvenes”.Sospechosos de brujeríaLa Inquisición y las cruzadas son dos de los hechos históricos que con mayor frecuencia han servido de coartada para los anticatólicos. Coren no rehúye el debate.Considera que las cruzadas no constituyen el acontecimiento histórico del que un católico deba estar más orgulloso, pero niega que los hechos ocurridos tengan algo que ver con “las caricaturas infantiles de la mala conciencia occidental moderna ni, por supuesto, la paranoia contemporánea musulmana”. En cuanto a la Inquisición, tacha de “ridícula” la reconstrucción de la historia que se difunde actualmente. Tal y como detalla en su libro, aunque al principio los papas apoyaron la Inquisición, pronto se convirtió en responsabilidad del Estado.El autor sostiene también que la Inquisición pasó desapercibida hasta mediados del siglo XIX, cuando algunos escritores anticatólicos comenzaron a utilizarla para atacar a la Iglesia, distorsionando los hechos. A pesar de la polvareda levantada por quienes reescriben la historia, Coren recuerda que “fueron asesinados más hombres y mujeres en un par de semanas de la atea Revolución francesa que en un siglo de la Inquisición”. Y añade finalmente que también hubo inquisiciones en algunos países protestantes, que persiguieron a los sospechosos de practicar brujería.¿Por qué la iglesia no vende todo lo que tiene en el Vaticano y se lo da a los pobres? Coren responde confirmando que la Iglesia posee grandes riquezas en el Vaticano y, en particular, en sus museos, que están abiertos a todo el mundo. Pero recuerda también que la Iglesia realiza una labor impagable de conservación de estas obras. Según el autor, la venta de estas colecciones reportaría a los pobres unos beneficios muy poco duraderos que no pasarían de ser algo puntual y simbólico. El hecho de que se mantengan en el Vaticano garantiza que no caerán en manos de colecciones privadas, y que se mantendrán a disposición del público. Por otra parte, señala que es difícil encontrar instituciones que realicen una labor social en beneficio de los pobres y necesitados, tan amplia y relevante como la que hace la Iglesia Católica en todo el mundo.Michel Coren se enfrenta también a las acusaciones contra los católicos por la moral de la sexualidad. Defiende su oposición al aborto desde una perspectiva más científica que moral, y subraya que la sociedad actual, presuntamente la más abierta y tolerante de la historia, no tiene ningún reparo en asesinar deliberadamente a los discapacitados físicos o mentales en el vientre materno.Rumores habitualesEn cuanto a la recurrente condena de la Iglesia Católica a los condones y su relación con la expansión del sida en los países más pobres, Coren responde con cifras, demostrando que la estrategia de promoción de los preservativos “no ha funcionado en África”. En cambio, destaca que sí se han obtenido muy buenos resultados con los programas de abstinencia y fidelidad.Es posible que la raíz de tantas y tan variadas críticas a los católicos no responda a motivaciones profundas, sino simplemente a una reacción práctica contra todo lo que supone aceptar la fe católica. “Muy pocas personas disienten del catolicismo por su teología”, afirma Coren, “pero muchas se oponen por las consecuencias morales y éticas de sus enseñanzas”.En definitiva, Por qué los católicos tienen razón es una ayuda para los católicos que participan en debates cotidianos sobre su fe. Pero, tal y como explica el autor, estas ideas también están dirigidas a los “no católicos, que han escuchado las acusaciones y rumores habituales, y que no pueden creer que una institución que ha hecho tantas cosas buenas, y que contiene tanta gente buena, pueda realmente ser tan mala y estar tan equivocada”

Hasta las bestias del campo claman tu poder Señor ¡¡

San Antonio y la mula del Hereje
 

Por dondequiera que pasaba, san Antonio de Padua era el flagelo de los herejes en virtud del maravilloso don con que refutaba sus objeciones y desenmascaraba sus calumnias contra la fe católica. Habiendo llegado un día a Toulouse (Francia) para combatir los errores de los enemigos de la santa Iglesia, tuvo que disputar contra uno de los más tenaces albigenses. La larga discusión terminó por recaer sobre el Augusto Sacramento de la Eucaristía. Luego de grandes dificultades, el defensor del error fue reducido al silencio. Pero, si bien estaba derrotado no se había convertido; y recurrió a un argumento extremo en desafío al santo:

–Dejémonos de palabras y vayamos a los hechos. Si con algún milagro puedes probar frente a todo el pueblo que el cuerpo de Cristo está presente de verdad en la Hostia consagrada, yo renegaré de mis ideas y aceptaré las tuyas.

–Acepto el desafío –replicó enseguida san Antonio, lleno de confianza en la omnipotencia y la misericordia del Divino Maestro.
–Escucha, pues, mi propuesta: tengo una mula en mi casa. La dejaré encerrada durante tres días sin alimento alguno, y así la traeré a esta plaza. Entonces, en presencia de todos, le ofreceré una abundante cantidad de avena, y tú le presentarás eso que, según dices, es el cuerpo de Jesucristo. Si el animal hambriento abandona la comida para correr donde ese Dios que todas las criaturas deben adorar, conforme a tu doctrina, yo creeré de todo corazón la enseñanza de la Iglesia Católica.

El día fijado vino gente de todas partes. No era posible confundir la plaza en que se realizaría la gran prueba; católicos y herejes la desbordaban, presos de una expectativa fácil de imaginar. En una capilla cercana, Fray Antonio celebraba la santa Misa con angelical fervor.
Llegó entonces el albigense tirando su mula, mientras un compinche traía el alimento favorito del animal, escoltado por una multitud de herejes que auguraban su victoria.
En ese momento, san Antonio salió de la capilla portando el cáliz con el Santísimo Sacramento. La plaza quedó en silencio. Dirigiéndose a la mula, el santo clamó con fuerte voz:

–¡En el nombre y por el poder de tu Creador, el que pese a mi indignidad sostengo realmente presente en mis manos, yo te ordeno, pobre animal,  que vengas sin demora a inclinarte humildemente frente a Él, y así los herejes reconozcan que toda criatura se somete a Jesucristo, Dios Creador que el sacerdote católico tiene la honra de hacer descender sobre el altar!

Al mismo tiempo, el albigense puso el montón de avena bajo el hocico de la bestia hambrienta, incitándola a comer.
¡Oh prodigio! Sin prestar atención alguna al alimento que se le ofrecía, sin escuchar más que la voz de Fray Antonio, el animal se inclinó ante el nombre de Jesucristo y después se arrodilló delante del Sacramento de Vida, como si lo adorara.
Al ver esto los católicos estallaron en muestras de entusiasmo, al paso que los herejes se sentían aplastados por el estupor y la confusión.