Archivos Mensuales: junio 2011

La Verdad de la Iglesia Católica

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Te invitamos a meditar de la Palabra según el método de la “lectio divina” o “lectura orante de la Palabra”.

Orar el Evangelio de cada domingo
Lectio Divina para orar la Palabra de Dios.
Autor: P. Martín Irure | Fuente: Catholic.net
PRESENTACIÓN

Estimado amigo, la Lectio Divina puede ayudarte a saborear en la oración la Palabra de Dios según el Evangelio de cada domingo.

Te invitamos a meditar de la Palabra según el método de la “lectio divina” o “lectura orante de la Palabra”.

¿Qué es la “lectio divina” o lectura orante de la Palabra?

• Es un método muy antiguo en la Iglesia para orar desde y con la Palabra de Dios.
• No es sólo una la lectura de algún texto bíblico.
• Es un proceso o itinerario que nos lleva al encuentro con el Señor por medio de la Palabra.
• Es un encuentro con el Verbo, Jesús de Nazaret, que es el centro de toda la Biblia y la Palabra definitiva y total del Padre.
• Dios nos habla en su Palabra. Y nosotros le respondemos en la oración.
• La lectura orante (lectio divina) es el diálogo de oración (alabanza, acción de gracias, petición de perdón y petición de gracias) entre Dios y el creyente por medio de la Palabra.

El concilio Vaticano II lo recomendó afirmando:

“El Santo Sínodo recomienda insistentemente a todos los fieles, especialmente a los religiosos, la lectura asidua de la Escritura para que adquieran -la ciencia suprema de Jesucristo- (Flp 3, 8), -pues desconocer la Escritura es desconocer a Cristo-…. (Los fieles) recuerden que a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues -a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos los oráculos divinos-” (Dei Verbum 25).

El Papa Benedicto XVI nos recomienda esta antigua práctica que literalmente quiere decir «lectura de Dios»:

“La lectura asidua de la Sagrada Escritura acompañada por la oración permite ese íntimo diálogo en el que, a través de la lectura, se escucha a Dios que habla, y a través de la oración, se le responde con una confiada apertura del corazón”.

Esta propuesta ha recibido en los últimos cuarenta años un nuevo impulso en toda la Iglesia tras la publicación de la constitución dogmática «Dei Verbum» del Concilio Vaticano II (18 de noviembre de 1965).

«Si se promueve esta práctica con eficacia, estoy convencido de que producirá una nueva primavera espiritual en la Iglesia»

«No hay que olvidar nunca que la Palabra de Dios es lámpara para nuestros pasos y luz en nuestro camino»

Si bien la lectura orante de la Biblia se remonta a los primeros cristianos, el primero en utilizar la expresión «Lectio divina» fue Orígenes (aproximadamente 185-254), teólogo, quien afirmaba que para leer la Biblia con provecho es necesario hacerlo con atención, constancia y oración.

Más adelante, la «Lectio divina» se convirtió en la columna vertebral de la vida religiosa. Las reglas monásticas de Pacomio, Agustín, Basilio y Benito harían de esa práctica, junto al trabajo manual y la liturgia, la triple base de la vida monástica.

La sistematización de la «Lectio divina» en cuatro peldaños proviene del siglo XII. Alrededor del año 1150, Guido, un monje cartujo, escribió un librito titulado «La escalera de los monjes», en donde exponía la teoría de los cuatro peldaños: la lectura, la meditación, la oración y la contemplación».

«Esa es la escalera por la cual los monjes suben desde la tierra hasta el cielo», afirmaba.

Cómo orar con la Palabra de Dios

La lectura orante de la Palabra, más que una reflexión, es una experiencia de encuentro personal e íntimo con Dios, que te ama y sale a tu encuentro. Estos pasos te van llevando al mismo interior de la Palabra.

1. Invoca…
al Espíritu Santo. Pídele que te ilumine y te abra a la comprensión de la Palabra y que te anime a la respuesta con tu vida.

2. Lee…
muy despacio el texto bíblico. Vuelve a leerlo. Lee también algún comentario que te ayude a conocer mejor el sentido del texto. Dale tiempo al Señor y escucha el mensaje que Él quiere darte en esta Palabra.

3. Medita…
qué te dice la Palabra que has leído lentamente. Una vez que hayas captado el sentido del texto, entonces puedes hacerte esta pregunta: qué me dice esta Palabra.

4. Ora…
respóndele al Señor que te ha dado su mensaje en la Palabra meditada. Tu actitud sea la de la Virgen María: Hágase en mí según tu Palabra.

5. Contempla…
quédate impresionado, fascinado, en silencio, en calma. Déjate animar por el ardor de la Palabra, como quien recibe el calor del sol.

6. Actúa….
Haciendo un compromiso que brote de este encuentro con el Señor. Es el salto a la vida. Animado e invadido por la Palabra, regresa a la vida con otra actitud.

Recuerda. “El Evangelio es el libro de la vida del Señor y está escrito para que se convierta en el libro de nuestra vida… No sólo hay que leerlo, sino interiorizarlo. Cada Palabra es Espíritu y vida, y está esperando un corazón hambriento para entrar en él” (M Delbrel).

Si eres fiel a la oración con y desde la Palabra de Dios, tu vida irá cambiando. La Palabra te hará confrontar tus criterios, valores, sentimientos, actitudes y conducta con lo que ella misma te vaya inspirando. Ama la Palabra, estúdiala, déjala que moldee tu personalidad. Te lo deseo vivamente.

NUESTRA SEÑORA DEL PERPETUO SOCORRO


Patrona de los Padres Redentoristas y de Haití

El icono original está en el altar mayor de la Iglesia de San Alfonso, muy cerca de la Basílica de Santa María la Mayor en Roma.

El icono de la Virgen, pintado sobre madera, de 21 por 17 pulgadas, muestra a la Madre con el Niño Jesús. El Niño observa a dos ángeles que le muestran los instrumentos de su futura pasión. Se agarra fuerte con las dos manos de su Madre Santísima quien lo sostiene en sus brazos. El cuadro nos recuerda la maternidad divina de la Virgen y su cuidado por Jesús desde su concepción hasta su muerte. Hoy la Virgen cuida de todos sus hijos que a ella acuden con plena confianza.

Historia

En el siglo XV un comerciante acaudalado de la isla de Creta (en el Mar Mediterráneo) tenía la bella pintura de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Era un hombre muy piadoso y devoto de la Virgen María. Cómo habrá llegado a sus manos dicha pintura, no se sabe. ¿Se le habría confiado por razones de seguridad, para protegerla de los sarracenos? Lo cierto es que el mercader estaba resuelto a impedir que el cuadro de la Virgen se destruyera como tantos otros que ya habían corrido con esa suerte.

Por protección, el mercader decidió llevar la pintura a Italia. Empacó sus pertenencias, arregló su negocio y abordó un navío dirigiéndose a Roma. En ruta se desató una violenta tormenta y todos a bordo esperaban lo peor. El comerciante tomó el cuadro de Nuestra Señora, lo sostuvo en lo alto, y pidió socorro. La Santísima Virgen respondió a su oración con un milagro. El mar se calmó y la embarcación llegó a salvo al puerto de Roma.

Cae la pintura en manos de una familia

Tenía el mercader un amigo muy querido en la ciudad de Roma así que decidió pasar un rato con él antes de seguir adelante. Con gran alegría le mostró el cuadro y le dijo que algún día el mundo entero le rendiría homenaje a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.

Pasado un tiempo, el mercader se enfermó de gravedad. Al sentir que sus días estaban contados, llamó a su amigo a su lecho y le rogó que le prometiera que, después de su muerte, colocaría la pintura de la Virgen en una iglesia digna o ilustre para que fuera venerada públicamente. El amigo accedió a la promesa pero no la llegó a cumplir por complacer a su esposa que se había encariñado con la imagen.

Pero la Divina Providencia no había llevado la pintura a Roma para que fuese propiedad de una familia sino para que fuera venerada por todo el mundo, tal y como había profetizado el mercader. Nuestra Señora se le apareció al hombre en tres ocasiones, diciéndole que debía poner la pintura en una iglesia, de lo contrario, algo terrible sucedería. El hombre discutió con su esposa para cumplir con la Virgen, pero ella se le burló, diciéndole que era un visionario. El hombre temió disgustar a su esposa, por lo que las cosas quedaron igual. Nuestra Señora, por fin, se le volvió a aparecer y le dijo que, para que su pintura saliera de esa casa, él tendría que irse primero. De repente el hombre se puso gravemente enfermo y en pocos días murió. La esposa estaba muy apegada a la pintura y trató de convencerse a sí misma de que estaría más protegida en su propia casa. Así, día a día, fue aplazando el deshacerse de la imagen. Un día, su hijita de seis años vino hacia ella apresurada con la noticia de que una hermosa y resplandeciente Señora se le había aparecido mientras estaba mirando la pintura. La Señora le había dicho que le dijera a su madre y a su abuelo que Nuestra Señora del Perpetuo Socorro deseaba ser puesta en una iglesia; y, que si no, todos los de la casa morirían.

La mamá de la niñita estaba espantada y prometió obedecer a la Señora. Una amiga, que vivía cerca, oyó lo de la aparición. Fue entonces a ver a la señora y ridiculizó todo lo ocurrido. Trató de persuadir a su amiga de que se quedara con el cuadro, diciéndole que si fuera ella, no haría caso de sueños y visiones. Apenas había terminado de hablar, cuando comenzó a sentir unos dolores tan terribles, que creyó que se iba a morir. Llena de dolor, comenzó a invocar a Nuestra Señora para que la perdonara y la ayudara. La Virgen escuchó su oración. La vecina tocó la pintura, con corazón contrito, y fue sanada instantáneamente. Entonces procedió a suplicarle a la viuda para que obedeciera a Nuestra Señora de una vez por todas.

Accede la viuda a entregar la pintura

Se encontraba la viuda preguntándose en qué iglesia debería poner la pintura, cuando el cielo mismo le respondió. Volvió a aparecérsele la Virgen a la niña y le dijo que le dijera a su madre que quería que la pintura fuera colocada en la iglesia que queda entre la basílica de Sta. María la Mayor y la de S. Juan de Letrán. Esa iglesia era la de S. Mateo, el Apóstol.

La señora se apresuró a entrevistarse con el superior de los Agustinos quienes eran los encargados de la iglesia. Ella le informó acerca de todas las circunstancias relacionadas con el cuadro. La pintura fue llevada a la iglesia en procesión solemne el 27 de marzo de 1499. En el camino de la residencia de la viuda hacia la iglesia, un hombre tocó la pintura y le fue devuelto el uso de un brazo que tenía paralizado. Colgaron la pintura sobre el altar mayor de la iglesia, en donde permaneció casi trescientos años. Amado y venerado por todos los de Roma como una pintura verdaderamente milagrosa, sirvió como medio de incontables milagros, curaciones y gracias.

En 1798, Napoleón y su ejército francés tomaron la ciudad de Roma. Sus atropellos fueron incontables y su soberbia, satánica. Exilió al Papa Pío VII y, con el pretexto de fortalecer las defensas de Roma, destruyó treinta iglesias, entre ellas la de San Mateo, la cual quedó completamente arrasada. Junto con la iglesia, se perdieron muchas reliquias y estatuas venerables. Uno de los Padres Agustinos, justo a tiempo, había logrado llevarse secretamente el cuadro.

Cuando el Papa, que había sido prisionero de Napoleón, regresó a Roma, le dio a los agustinos el monasterio de S. Eusebio y después la casa y la iglesia de Sta. María en Posterula. Una pintura famosa de Nuestra Señora de la Gracia estaba ya colocada en dicha iglesia por lo que la pintura milagrosa de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro fue puesta en la capilla privada de los Padres Agustinos, en Posterula. Allí permaneció sesenta y cuatro años, casi olvidada.

Hallazgo de un sacerdote Redentorista

Mientras tanto, a instancias del Papa, el Superior General de los Redentoristas, estableció su sede principal en Roma donde construyeron un monasterio y la iglesia de San Alfonso. Uno de los Padres, el historiador de la casa, realizó un estudio acerca del sector de Roma en que vivían. En sus investigaciones, se encontró con múltiples referencias a la vieja Iglesia de San Mateo y a la pintura milagrosa de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.

Un día decidió contarle a sus hermanos sacerdotes sobre sus investigaciones: La iglesia actual de San Alfonso estaba construida sobre las ruinas de la de San Mateo en la que, durante siglos, había sido venerada, públicamente, una pintura milagrosa de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Entre los que escuchaban, se encontraba el Padre Michael Marchi, el cual se acordaba de haber servido muchas veces en la Misa de la capilla de los Agustinos de Posterula cuando era niño. Ahí en la capilla, había visto la pintura milagrosa. Un viejo hermano lego que había vivido en San Mateo, y a quien había visitado a menudo, le había contado muchas veces relatos acerca de los milagros de Nuestra Señora y solía añadir: “Ten presente, Michael, que Nuestra Señora de San Mateo es la de la capilla privada. No lo olvides”. El Padre Michael les relató todo lo que había oído de aquel hermano lego.

Por medio de este incidente los Redentoristas supieron de la existencia de la pintura, no obstante, ignoraban su historia y el deseo expreso de la Virgen de ser honrada públicamente en la iglesia.

Ese mismo año, a través del sermón inspirado de un jesuita acerca de la antigua pintura de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, conocieron los Redentoristas la historia de la pintura y del deseo de la Virgen de que esta imagen suya fuera venerada entre la Iglesia de Sta. María la Mayor y la de S. Juan de Letrán. El santo Jesuita había lamentado el hecho de que el cuadro, que había sido tan famoso por milagros y curaciones, hubiera desaparecido sin revelar ninguna señal sobrenatural durante los últimos sesenta años. A él le pareció que se debía a que ya no estaba expuesto públicamente para ser venerado por los fieles. Les imploró a sus oyentes que, si alguno sabía dónde se hallaba la pintura, le informaran dueño lo que deseaba la Virgen.

Los Padres Redentoristas soñaban con ver que el milagroso cuadro fuera nuevamente expuesto a la veneración pública y que, de ser posible, sucediera en su propia Iglesia de San Alfonso. Así que instaron a su Superior General para que tratara de conseguir el famoso cuadro para su Iglesia. Después de un tiempo de reflexión, decidió solicitarle la pintura al Santo Padre, el Papa Pío IX. Le narró la historia de la milagrosa imagen y sometió su petición.

El Santo Padre escuchó con atención. Él amaba dulcemente a la Santísima Virgen y le alegraba que fuera honrada. Sacó su pluma y escribió su deseo de que el cuadro milagroso de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro fuera devuelto a la Iglesia entre Sta. María la Mayor y S. Juan de Letrán. También encargó a los Redentoristas de que hicieran que Nuestra Señora del Perpetuo Socorro fuera conocida en todas partes.

Aparece y se venera, por fin, el cuadro de Nuestra Señora

Ninguno de los Agustinos de ese tiempo había conocido la Iglesia de San Mateo. Una vez que supieron la historia y el deseo del Santo Padre, gustosos complacieron a Nuestra Señora. Habían sido sus custodios y ahora se la devolverían al mundo bajo la tutela de otros custodios. Todo había sido planeado por la Divina Providencia en una forma verdaderamente extraordinaria.

A petición del Santo Padre, los Redentoristas obsequiaron a los Agustinos una linda pintura que serviría para reemplazar a la milagrosa.

La imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro fue llevado en procesión solemne a lo largo de las vistosas y alegres calles de Roma antes de ser colocado sobre el altar, construido especialmente para su veneración en la Iglesia de San Alfonso. La dicha del pueblo romano era evidente. El entusiasmo de las veinte mil personas que se agolparon en las calles llenas de flores para la procesión dio testimonio de la profunda devoción hacia la Madre de Dios

A toda hora del día, se podía ver un número de personas de toda clase delante de la pintura, implorándole a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro que escuchara sus oraciones y que les alcanzara misericordia. Se reportaron diariamente muchos milagros y gracias.

Hoy en día, la devoción a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro se ha difundido por todo el mundo. Se han construido iglesias y santuarios en su honor, y se han establecido archicofradías. Su retrato es conocido y amado en todas partes.

Patrona de Haití

Teniendo esta advocación mariana como patrona de su congregación, los Padres Redentoristas la llevaron a sus misiones en Haití. Allí se le edificó un santuario en Béle-Aire, cerca de Puerto Príncipe.

En 1883 una terrible epidemia de viruela azotaba el país. Los devotos acudieron a la Virgen del Perpetuo Socorro y le hicieron una novena. La epidemia cesó milagrosamente y se decidió nombrarla patrona del país.

En 1993 se celebró con gran regocijo el centenario del milagro y del nombramiento de la Virgen como patrona. El Papa Juan Pablo II visitó Haití para esta celebración y puso al país bajo el amparo de la Virgen del Perpetuo Socorro.

Los Haitianos también tienen gran devoción a la Virgen de la Asunción.

Signos de la imagen de Nuestra Madre del Perpetuo Socorro
(conocida en el Oriente bizantino como el icono de la Madre de Dios de la Pasión)

Aunque su origen es incierto, se estima que el retrato fue pintado durante el decimotercero o decimocuarto siglo. El icono parece ser copia de una famosa pintura de Nuestra Señora que fuera, según la tradición, pintada por el mismo San Lucas. La original se veneraba en Constantinopla por siglos como una pintura milagrosa pero fue destruida en 1453 por los Turcos cuando capturaron la ciudad.

Fue pintado en un estilo plano característico de iconos y tiene una calidad primitiva. Todas las letras son griegas. Las iniciales al lado de la corona de la Madre la identifican como la “Madre de Dios”. Las iniciales al lado del Niño “ICXC” significan “Jesucristo”. Las letras griegas en la aureola del Niño: owu significan “El que es”, mientras las tres estrellas sobre la cabeza y los hombros de María santísima indican su virginidad antes del parto, en el parto y después del parto.

Las letras más pequeñas identifican al ángel a la izquierda como “San Miguel Arcángel”; el arcángel sostiene la lanza y la caña con la esponja empapada de vinagre, instrumentos de la pasión de Cristo. El ángel a la derecha es identificado como “San Gabriel Arcángel”, sostiene la cruz y los clavos. Nótese que los ángeles no tocan los instrumentos de la pasión con las manos, sino con el paño que los cubre.

Cuando este retrato fue pintado, no era común pintar aureolas. Por esta razón el artista redondeó la cabeza y el velo de la Madre para indicar su santidad. Las halos y coronas doradas fueron añadidas mucho después. El fondo dorado, símbolo de la luz eterna da realce a los colores más bien vivos de las vestiduras. Para la Virgen el maforion (velo-manto) es de color púrpura, signo de la divinidad a la que ella se ha unido excepcionalmente, mientras que el traje es azul, indicación de su humanidad. En este retrato la Madona está fuera de proporción con el tamaño de su Hijo porque es -María- a quien el artista quiso enfatizar.

Los encantos del retrato son muchos, desde la ingenuidad del artista, quien quiso asegurarse que la identidad de cada uno de los sujetos se conociera, hasta la sandalia que cuelga del pie del Niño. El Niño divino, siempre con esa expresión de madurez que conviene a un Dios eterno en su pequeño rostro, está vestido como solían hacerlo en la antigüedad los nobles y filósofos: túnica ceñida por un cinturón y manto echado al hombro. El pequeño Jesús tiene en el rostro una expresión de temor y con las dos manitas aprieta la derecha de su Madre, que mira ante sí con actitud recogida y pensativa, como si estuviera recordando en su corazón la dolorosa profecía que le hiciera Simeón, el misterioso plan de la redención, cuyo siervo sufriente ya había presentado Isaías.

En su doble denominación, esta bella imagen de la Virgen nos recuerda el centralismo salvífico de la pasión de Cristo y de María y al mismo tiempo la socorredora bondad de la Madre de Dios y nuestra.

Abrazando la Cruz: SIGNOS DE VIDA – Parte IV – La Misa

SIGNOS DE VIDA – Parte IV – La Misa

Esta semana he tenido poco o mejor dicho nada de tiempo para dedicarme a la redacción de esta serie catequética que llamamos “Signos de Vida”. Ya me empezaba a preocupar, cuando de repente surge un poco de tiempo nuevamente y la sorpresa es grande y muy agradable, porque el tema de hoy va íntimamente ligado a la gran fiesta que vivimos también en este día en la Iglesia. No me cabe dudas de que fue Dios mismo que así lo quiso, para que podamos aprovechar mejor esta catequesis virtual.
Hoy, celebramos la fiesta máxima de la Eucaristía, Corpus Christi. El cuerpo de Cristo que se nos entrega en cada Misa y en cada celebración Eucarística. Aún así, muchos de nuestros hermanos en la fe desconocen este misterio o lo desmeritan, con mucha más razón debemos ser testigos fieles de nuestra fe en Cristo y vivir la Eucaristía solemnemente cada día hasta, especialmente en las cosas más sencillas. Por otro lado, me pone bastante feliz que ya tengo un poco de material de apoyo para hablar de este tema, ya que hace como dos semanas que tengo preparado algo en respuesta y pedido de un viejo amigo mío, que hoy es un pastor protestante. El quería saber más sobre la Eucaristía, de hecho me había confesado que en su juventud fue católico, pero que no sabe lo que es la Eucaristía. ¿A cuántos de nosotros nos ha pasado algo así? O sea, ¿Cuántos de nosotros desconocemos el misterio Eucarístico? Como cristianos debemos estar conscientes que entre todos los sacramentos, éste es sin dudas el más importante, ya que Jesucristo se hace realmente presente allí, en el Pan y el Vino consagrados.
Entonces, con gusto he preparado una respuesta para mi amigo que hoy es pastor evangélico y para todos aquellos que siendo miembros de la Iglesia Católica, no viven la fe y como resultado no conocen a Jesús y terminan alejándose de la Iglesia y en algunos casos engrosando las filas de otras confesiones religiosas.
Generalmente criticamos sin saber; generalmente nos aburre la Misa y buscamos algo más “personal”. Decimos que necesitamos una fe más ardiente y más viva, y que la Misa no nos llena. Estoy seguro que no soy el único que sintió eso alguna vez en su vida, y estoy seguro que alguno de los que lean este artículo estará pensando “sí, a mi me aburre la Misa y no me gusta ni siquiera pensar en eso”. Pues bien, a todos los que no profundizamos en la fe nos puede llegar a pasar que buscamos algo más fuerte y algo más vivo, más pleno, más alegre… etc.
Amigos, déjenme decirles que no hay nada más fuerte ni más vivo, ni más pleno ni más alegre, que una Misa bien vivida en comunión con Cristo Jesús. Si estás pensando que estoy loco, no me molesta. Sólo quiero que me sigas leyendo para enterarte de lo locos que estaban también nuestros antepasados, los primeros cristianos, hace 19 o 20 siglos. Ellos vivían plenamente cada Misa, cada Eucaristía. Si estás pensando “Eso no es posible porque la Misa es un invento de la Iglesia romana” ¡Excelente! Veamos si eso es verdad porque sólo “la verdad nos hará libres”.
Mucho antes de que los libros del Nuevo Testamento fuesen escritos, mucho antes de que los primeros templos cristianos fuesen construidos y mucho antes de que el primer mártir haya muerto por su fe en Cristo, la Misa ya era el centro de la vida de la Iglesia.
San Lucas lo resume en Hechos 2, 42: “Perseveraban asiduamente en la doctrina de los apóstoles y en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones”. Lucas consigue resumirnos en tan pocas palabras tanto detalle cómo le es posible. Los primeros Cristianos eran Eucarísticos por naturaleza: ellos se juntaban para la fracción del pan y las oraciones”. Ellos eran formados por la Palabra de Dios, la enseñanza de los Apóstoles. Cuando se reunían como Iglesia, su reunión culminaba en “comunión” – en griego koinonia.
La Eucaristía era el centro de la vida de los discípulos de Jesús, y siempre ha sido así. Inclusive hoy, en la Misa podemos experimentar la “doctrina apostólica, la comunión, la fracción del pan y las oraciones”. Eso es básicamente lo que observamos en cada Misa, pero hay mucho más.
Los primeros cristianos eran judíos, vivían en una cultura judía, enraizados en formas judías de dar culto. Ellos veían a la Eucaristía como el cumplimiento de todos los ritos de la antigua alianza. El sacrificio de Jesús hizo obsoletas las leyes ceremoniales judías, pero no eliminó los rituales del culto, Jesús mismo estableció ritos para la nueva alianza: bautismo (Mt 28, 19), por ejemplo, y la absolución sacramental (Jn 20, 22-23). Él reservó, sin embargo, la mayor solemnidad para la Eucaristía (Lc 22, 20).
La liturgia de la nueva alianza estaba prefigurada en los rituales de la antigua. Los evangelios hacen una conexión explícita entre la Misa y la Ultima Cena (Lc 22, 15). La Epistola a los Hebreos ve la Misa a la luz de los sacrificios de animales en el Templo (Heb 13, 10). Muchos estudiosos modernos han notado paralelismos entre la Misa y la Acción de Gracias, Todah. El Todah era una comida o cena sacrificial en forma de Pan y Vino, compartido con los amigos, y en agradecimiento a Dios. El Talmud registra a los antiguos rabíes enseñando eso, cuando el Mesías venga, “todos los sacrificios cesarán excepto el sacrificio del Todah. Este nunca cesará en toda la eternidad”. Cuando los judíos tradujeron sus Escrituras al griego, ellos tradujeron la palabra Todah como eucharistein. Impresionante ¿no? Entonces existe una estrecha relación entre este culto de Acción de Gracias judío y su par cristiano. Tal vez podamos profundizar un poco más sobre el Todah y su relación con la Eucaristía Cristiana en un futuro artículo. Hoy concentrémonos en la Misa.
Todas las formas de culto israelí tradicionales son como poderosos ríos que fluyeron hacia el océano infinito de la adoración que Jesús estableció para la Iglesia. Allí encontraron su cumplimiento. Lo cual no debe extrañarnos, pues el cristianismo tiene raíces judaicas muy profundas y no deben ser rechazadas ni negadas.
Los israelíes estaban “divididos” o mejor dicho organizados en tribus, pero todos juntos formaban una sola familia; la familia del Pueblo de Dios. Uno era miembro de este pueblo por vínculo sanguíneo, es decir, una persona que no tenía sangre israelí no podía simplemente decir de un día para otro “yo tengo fe y creo en Yahveh” y ser parte de este pueblo. Había un protocolo que seguir según la Ley, y había requisitos que cumplir. Los judíos eran y siguen siendo muy estrictos con este tema porque creen que su sangre no debe “mezclarse” con otra que no sea judía.
Sin embargo, Jesucristo, Hijo de Dios, nos dio la oportunidad para por medio de la fe en él ser también parte de esta familia celestial, pueblo de Dios, Iglesia, y es en el bautismo que esto se plenamente visible. Entonces, si todos miembros de la Iglesia son bautizados en la fe que Cristo nos ha enseñado, eso significa que todos formamos una sola familia en la fe, una sola Iglesia. Eso implica vivir la fe de la manera que Cristo nos ha enseñado a través de sus Apóstoles y esto es a través de su Iglesia. Así existe una unión común entre todos los fieles, no importa su estado social, raza, color, sexo o nación, eso es lo que se llama Comunión.
Cuando recibimos la “hostia” en la Misa decimos que recibimos la “comunión”. Jesús mismo, presente en cuerpo y sangre en la eucaristía, es quien nos une con Él y entre nosotros a través de este Sacramento, su Cuerpo. El Cuerpo de Cristo, Corpus Christi. Así también, estando en comunión con el Padre y en comunión con los demás miembros de esta familia que llamamos Iglesia, somos un solo cuerpo y profesamos una sola fe en un solo Dios Padre que nos ha hecho hijos suyo por medio de un solo bautismo.
Los apóstoles dijeron que la salvación que viene por medio de Jesús ha derribado todas las fronteras entre Israel y el resto de las naciones, y también entre Dios y el mundo entero. Sí, la comunión es ahora posible entre todas las naciones, judíos y gentiles. La familia de Dios es finalmente universal o en griego καθολικός (katolikos). No solo “katolikos” significa “universal” sino “según la totalidad”, “según el todo”. Lo cual expresa claramente el carisma eclesial y la misión que Jesús le ha dado a su Iglesia, la de evangelizar según toda la revelación que se ha revelado “totalmente” en Cristo para la salvación de “toda la humanidad”.
En la antigüedad, Israel consideraba que su liturgia o culto terrenal era una imitación inspirada por Dios, de lo que es el culto en el cielo. Lo que los sacerdotes hacían en el Templo era una imitación de lo que los ángeles hacían en el cielo. Aún así, era solo una imitación, solo una sombra.
Asumiendo la condición humana, el Hijo de Dios trajo el cielo a la tierra. El Pueblo de Dios ya no estaría solamente imitando a los ángeles en el cielo, sino haciendo exactamente lo mismo. En la liturgia de la nueva alianza, Cristo mismo preside, ya no es una imitación lo que hacemos, sino que participamos con los ángeles. Mediante la Misa y en cada Misa, hay comunión entre el Cielo y la tierra.
Vemos esa realidad más viva en el libro del Apocalipsis donde la Iglesia en la tierra se reúne ante el altar con los ángeles y los santos en el cielo… donde escuchamos “Santo Santo Santo”, “El Cordero de Dios”, el “Amén”, el “Aleluia” y muchas otras canciones… Creo que no es pura casualidad que el Apocalipsis se divida en dos partes principales, la primera consiste de lecturas y la segunda de “la cena de la boda del Cordero”. Esta estructura corresponde al más antiguo orden de culto a Dios.
En la liturgia Cristiana todavía se sigue el mismo padrón de culto del Antiguo Testamento: un servicio que incluye tanto la lectura de la Palabra de Dios como la ofrenda del sacrificio. Jesús mismo siguió ese orden cuando se apareció a sus discípulos en el camino a Emaús (Lc 24, 27-35). En la Misa, todavía escuchamos el Antiguo Testamento y luego el Nuevo Testamento, y vemos toda la historia de la salvación a la luz de su cumplimiento final, a la luz de Cristo. En la Misa, conocemos a Jesús, realmente presente, en la fracción del pan. Y siempre ha sido así para toda la Iglesia.
La Eucaristía Cristiana permanece tanto como una renovación de la alianza y como acción de gracias por la presencia continua de Dios en su pueblo. Ahora esa presencia es una verdadera comunión. Este hecho maravillaba a los primeros cristianos, quienes proclamaban que la Misa era el cielo en la tierra, y que el altar en la tierra era el mismo que el del cielo. En la Misa, Dios viene a su pueblo, que lo espera. Dios viene a nosotros en una verdadera comunión y en un “intercambio maravilloso” sucede en cuerpo y sangre. Somos los hijos de Dios ahora, y los “hijos comparten el cuerpo y la sangre” (Heb 2, 14).
Esto nos muestra que en la Misa, Dios está con nosotros, donde somos quienes somos y lo que somos, aún así Dios nos ama tanto que no nos quiso dejar solos. Por medio de la Eucaristía, Dios se hace carne para que nosotros podamos crecer en Espíritu y asemejarnos más a Él.
La Hostia santa se convierte en «trigo que nutre nuestras almas». La vida eterna nos viene a través de Jesucristo, los cristianos participamos de Su eterna vida uniéndonos a él en el Sacramento, que es el símbolo más sublime, real y concreto de la unidad con la Víctima del Calvario.
Esta posesión anticipada de la vida divina acá en la tierra por medio de la Eucaristía, es prenda y comienzo de aquella otra de que plenamente disfrutaremos en el Cielo, porque «el Pan mismo de los ángeles, que ahora comemos bajo los sagrados velos, lo conmemoraremos después en el Cielo ya sin velos» (Concilio de Trento).
Veamos en la Santa Misa el centro de todo culto de la Iglesia a la Eucaristía, y en la Comunión el medio establecido por Jesús mismo, para que con mayor plenitud participemos de ese divino Sacrificio; y así, nuestra devoción al Cuerpo y Sangre del Salvador nos alcanzará los frutos perennes de su Redención.

¡Que Dios les llene de su Gracia y Paz en este día del Corpus Christi!
Palabras para el alma y el corazón
“Estos dan culto en lo que es sombra y figura de realidades celestiales, según le fue revelado a Moisés al emprender la construcción de la Tienda. Pues dice: Mira, harás todo conforme al modelo que te ha sido mostrado en el monte” – Heb 8, 5
¿De qué realidades celestiales se habla aquí? Las cosas del Espíritu. Pues aunque estas cosas se hagan en la tierra, son dignas del cielo. Porque cuando Nuestro Señor Jesucristo se entrega como un sacrificio, cuando el Espíritu está con nosotros, cuando él que está sentado a la derecha del Padre está aquí, cuando nacen hijos por el lavamiento, cuando son conciudadanos de aquellos en el cielo, cuando tenemos un país, y una ciudad, y ciudadanía allí, cuando somos extraños a las cosas de aquí, como puede todo esto ser sino cosas celestiales?
¡Pero qué! ¿No son celestiales nuestros himnos? ¿No cantamos nosotros, que estamos abajo, lo mismo que los coros divinos cantan en el cielo? ¿No es el altar divino también? ¿Cómo? No tiene nada carnal, todas las cosas espirituales se hacen ofrenda. El sacrificio no se dispersa en cenizas o en humo, sino que hace que las cosas que están allí sean brillantes y espléndidas. ¿Cómo pueden nuestros ritos que celebramos ser otra cosa sino celestiales? Pues él mismo dice, “A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 23), cuando ellos tienen las llaves del cielo, ¿cómo puede ser otra cosa sino celestial?
No, nadie estaría equivocado al decir esto; porque la Iglesia es celestial y no es otra cosa más que el mismo cielo.
San Juan Crisóstomo, siglo V

IV CONGRESO EUCARISTICO DE VENEZUELA

San Ireneo

San Ireneo

Gospa, Majka moja

Gospa, Majka moja,
Kraljica mira
Gospa, Majka moja,
Kraljica mira
Gospa, Majka moja, Gospa, Majka moja, Ti
Gospa, Majka moja, Gospa, Majka moja, Ti

Gospa, Majka moja,
Kraljica mira
Gospa, Majka moja,
Kraljica mira
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La Inquisición, las cruzadas y otros ataques a la Iglesia Católica | Intereconomía | blog

  • Jun 2011
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La Inquisición, las cruzadas y otros ataques a la Iglesia Católica
El periodista Michael Coren repasa en su libro ‘Por qué los católicos tienen razón’ los tópicos más típicos de la Iglesia: falta de austeridad, connivencia con los pederastas… Es un reportaje de Itxu Díaz.
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La lista de tópicos es interminable. “La Iglesia fue muy mala con Galileo”, repasa el periodista canadiense Michael Coren, “la Iglesia trató de convertir a los musulmanes y las cruzadas fueron horribles, Hitler era católico y el papa fue un nazi, la Inquisición sacrificó a millones de personas, la Iglesia es rica y no hace nada por los pobres, los niños sufrieron abusos y el Vaticano lo sabía todo y no hizo nada, el celibato conduce a la perversión, los católicos adoran estatuas, los católicos creen que el papa es infalible y que no puede equivocarse, y así sucesivamente”.Hace seis meses, Michael Coren se reunió con amigos y colegas para comentar el próximo lanzamiento de su libro Why Catholics Are Right (Por qué los católicos tienen razón). Después de revelar el título, los periodistas católicos que le acompañaban se revolvieron en sus sillas. Les interesaba el contenido, pero les asustaba el título. “Suena un poco arrogante”, comentó uno de ellos. “¿Es esto suficientemente tolerante para estos tiempos tan progresistas y plurales?, añadió otro. “Debe usted tener cuidado, porque podría ofender a gente”, apuntó un tercero. “Lo extraño”, explica el autor, “es que cuando les sugerí títulos de otros libros como Por qué los liberales tienen razón, Por qué los conservadores tienen razón, Por qué los musulmanes tienen razón y, especialmente, Por qué los ateos tienen razón, todos opinaron que eran correctos, y que ninguno de ellos causaría problemas”.Al fin y al cabo Cohen escribió el libro con la idea de echar por tierra todos los prejuicios anticatólicos, contrastando cada afirmación con hechos históricos, sin edulcorar en absoluto la propia historia de la Iglesia, con sus virtudes y sus defectos, y ofreciendo además una explicación razonable a las grandes verdades de fe de los católicos.Por qué los católicos tienen razón realiza un recorrido por las cuatro principales áreas de críticas a la Iglesia Católica: los abusos sexuales, la historia, la teología y la vida. A Coren le molesta comenzar su libro hablando de los abusos sexuales, pero lo hace precisamente por coherencia, porque es partidario de mirar al problema frente a frente.Cree que es preferible reconocer la verdad de los hechos. “La negación es inmoral”, advierte. Sin embargo, subraya la necesidad de ceñirse a la verdad de los acontecimientos. Esto implica, por ejemplo, que antes de juzgar por qué la Iglesia trasladó de parroquia a algunos de los acusados de abusos, es preciso hacer un esfuerzo por conocer qué recomendaciones ofrecían los psiquiatras de hace décadas para solucionar estos problemas dentro de una institución. Aunque aquella solución fuera “patética”, Coren recuerda que era “un estándar secular”, y que tenía en cuenta “los consejos psiquiátricos del momento, que se ofrecían a los consejos escolares, las organizaciones deportivas y otras entidades religiosas”.Insiste en que los católicos, además de sentirse avergonzados por lo ocurrido, deben estar también orgullosos de la respuesta que finalmente han dado la Iglesia y el papa Benedicto XVI. “No hay ningún grupo de hombres y mujeres sobre la Tierra que haya hecho tanto para solucionar este problema”, escribe Coren, “para mostrar su contrición y hacer de la Iglesia el lugar más seguro para los jóvenes”.Sospechosos de brujeríaLa Inquisición y las cruzadas son dos de los hechos históricos que con mayor frecuencia han servido de coartada para los anticatólicos. Coren no rehúye el debate.Considera que las cruzadas no constituyen el acontecimiento histórico del que un católico deba estar más orgulloso, pero niega que los hechos ocurridos tengan algo que ver con “las caricaturas infantiles de la mala conciencia occidental moderna ni, por supuesto, la paranoia contemporánea musulmana”. En cuanto a la Inquisición, tacha de “ridícula” la reconstrucción de la historia que se difunde actualmente. Tal y como detalla en su libro, aunque al principio los papas apoyaron la Inquisición, pronto se convirtió en responsabilidad del Estado.El autor sostiene también que la Inquisición pasó desapercibida hasta mediados del siglo XIX, cuando algunos escritores anticatólicos comenzaron a utilizarla para atacar a la Iglesia, distorsionando los hechos. A pesar de la polvareda levantada por quienes reescriben la historia, Coren recuerda que “fueron asesinados más hombres y mujeres en un par de semanas de la atea Revolución francesa que en un siglo de la Inquisición”. Y añade finalmente que también hubo inquisiciones en algunos países protestantes, que persiguieron a los sospechosos de practicar brujería.¿Por qué la iglesia no vende todo lo que tiene en el Vaticano y se lo da a los pobres? Coren responde confirmando que la Iglesia posee grandes riquezas en el Vaticano y, en particular, en sus museos, que están abiertos a todo el mundo. Pero recuerda también que la Iglesia realiza una labor impagable de conservación de estas obras. Según el autor, la venta de estas colecciones reportaría a los pobres unos beneficios muy poco duraderos que no pasarían de ser algo puntual y simbólico. El hecho de que se mantengan en el Vaticano garantiza que no caerán en manos de colecciones privadas, y que se mantendrán a disposición del público. Por otra parte, señala que es difícil encontrar instituciones que realicen una labor social en beneficio de los pobres y necesitados, tan amplia y relevante como la que hace la Iglesia Católica en todo el mundo.Michel Coren se enfrenta también a las acusaciones contra los católicos por la moral de la sexualidad. Defiende su oposición al aborto desde una perspectiva más científica que moral, y subraya que la sociedad actual, presuntamente la más abierta y tolerante de la historia, no tiene ningún reparo en asesinar deliberadamente a los discapacitados físicos o mentales en el vientre materno.Rumores habitualesEn cuanto a la recurrente condena de la Iglesia Católica a los condones y su relación con la expansión del sida en los países más pobres, Coren responde con cifras, demostrando que la estrategia de promoción de los preservativos “no ha funcionado en África”. En cambio, destaca que sí se han obtenido muy buenos resultados con los programas de abstinencia y fidelidad.Es posible que la raíz de tantas y tan variadas críticas a los católicos no responda a motivaciones profundas, sino simplemente a una reacción práctica contra todo lo que supone aceptar la fe católica. “Muy pocas personas disienten del catolicismo por su teología”, afirma Coren, “pero muchas se oponen por las consecuencias morales y éticas de sus enseñanzas”.En definitiva, Por qué los católicos tienen razón es una ayuda para los católicos que participan en debates cotidianos sobre su fe. Pero, tal y como explica el autor, estas ideas también están dirigidas a los “no católicos, que han escuchado las acusaciones y rumores habituales, y que no pueden creer que una institución que ha hecho tantas cosas buenas, y que contiene tanta gente buena, pueda realmente ser tan mala y estar tan equivocada”

Hasta las bestias del campo claman tu poder Señor ¡¡

San Antonio y la mula del Hereje
 

Por dondequiera que pasaba, san Antonio de Padua era el flagelo de los herejes en virtud del maravilloso don con que refutaba sus objeciones y desenmascaraba sus calumnias contra la fe católica. Habiendo llegado un día a Toulouse (Francia) para combatir los errores de los enemigos de la santa Iglesia, tuvo que disputar contra uno de los más tenaces albigenses. La larga discusión terminó por recaer sobre el Augusto Sacramento de la Eucaristía. Luego de grandes dificultades, el defensor del error fue reducido al silencio. Pero, si bien estaba derrotado no se había convertido; y recurrió a un argumento extremo en desafío al santo:

–Dejémonos de palabras y vayamos a los hechos. Si con algún milagro puedes probar frente a todo el pueblo que el cuerpo de Cristo está presente de verdad en la Hostia consagrada, yo renegaré de mis ideas y aceptaré las tuyas.

–Acepto el desafío –replicó enseguida san Antonio, lleno de confianza en la omnipotencia y la misericordia del Divino Maestro.
–Escucha, pues, mi propuesta: tengo una mula en mi casa. La dejaré encerrada durante tres días sin alimento alguno, y así la traeré a esta plaza. Entonces, en presencia de todos, le ofreceré una abundante cantidad de avena, y tú le presentarás eso que, según dices, es el cuerpo de Jesucristo. Si el animal hambriento abandona la comida para correr donde ese Dios que todas las criaturas deben adorar, conforme a tu doctrina, yo creeré de todo corazón la enseñanza de la Iglesia Católica.

El día fijado vino gente de todas partes. No era posible confundir la plaza en que se realizaría la gran prueba; católicos y herejes la desbordaban, presos de una expectativa fácil de imaginar. En una capilla cercana, Fray Antonio celebraba la santa Misa con angelical fervor.
Llegó entonces el albigense tirando su mula, mientras un compinche traía el alimento favorito del animal, escoltado por una multitud de herejes que auguraban su victoria.
En ese momento, san Antonio salió de la capilla portando el cáliz con el Santísimo Sacramento. La plaza quedó en silencio. Dirigiéndose a la mula, el santo clamó con fuerte voz:

–¡En el nombre y por el poder de tu Creador, el que pese a mi indignidad sostengo realmente presente en mis manos, yo te ordeno, pobre animal,  que vengas sin demora a inclinarte humildemente frente a Él, y así los herejes reconozcan que toda criatura se somete a Jesucristo, Dios Creador que el sacerdote católico tiene la honra de hacer descender sobre el altar!

Al mismo tiempo, el albigense puso el montón de avena bajo el hocico de la bestia hambrienta, incitándola a comer.
¡Oh prodigio! Sin prestar atención alguna al alimento que se le ofrecía, sin escuchar más que la voz de Fray Antonio, el animal se inclinó ante el nombre de Jesucristo y después se arrodilló delante del Sacramento de Vida, como si lo adorara.
Al ver esto los católicos estallaron en muestras de entusiasmo, al paso que los herejes se sentían aplastados por el estupor y la confusión.

¡Esto es mi cuerpo, esta es mi sangre!

¡Esto es mi cuerpo, esta es mi sangre!
Señor… ¡haznos dóciles siempre a tu amor pero especialmente en este hermosísimo día de Corpus Christi!
Autor: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net

Una vez más ante ti, Señor.

Hoy es un día grande para ti, para nosotros, para tu Iglesia. Es la solemnidad donde se exalta y glorifica la presencia de tu Cuerpo, tu Sangre y tu Divinidad en el Sacramento de la Eucaristía.

¡HOY ES CORPUS CHRISTI !

Tu Cuerpo, tu Sangre…. y tu Divinidad. ¿Qué te podemos decir, Señor? Tan solo caer de rodillas y decirte: – ¡Creo en ti, Señor, pero aumenta mi fe!

Tu lo sabes todo, mi Dios, mi Jesús, y sabías cuando te quedaste en el pan y vino, – aparentemente tan solo de pan y vino -, con el único deseo de ser nuestro alimento, que aunque no te corresponderíamos como tu Corazón desea, no te importó y ahí te quedaste para ser nuestro refugio, nuestra fuerza para nuestras penas y dolores, para ser consuelo, para ser el cirineo que nos ayuda a cargar con la cruz de nuestro diario vivir, a veces demasiado pesada y dolorosa, que nos puede hacer desfallecer sin tu no estás…. y también para bendecirte en los momentos de alegría, para buscar que participes en los momentos en que nuestro corazón está feliz…. ¡ahí estás Tu!…¡ Bendito y alabado seas!

Solo a un Dios locamente enamorado de sus criaturas se le podía ocurrir semejante ofrenda… por que no sabemos corresponder a ese amor, no, Jesús, no te acompañamos en la soledad de tus Sagrarios, no pensamos en tu gran amor …. somos indiferentes, egoístas, muchas veces solo nos acordamos de ti cuando te necesitamos porque las cosas no van, ni están, como nosotros queremos…

Señor… ¡haznos dóciles siempre a tu amor pero especialmente en este hermosísimo día de Corpus Christi!

¡Señor Jesucristo!

¡Gracias porque te nos diste de modo tan admirable, y porque te quedaste entre nosotros de manera tan amorosa!

Danos a todos una fe viva en el Sacramento del amor. Que la Misa dominical sea el centro de nuestra semana cristiana, la Comunión nos sacie el hambre que tenemos de ti, y el Sagrario se convierta en el remanso tranquilo donde nuestras almas encuentren la paz… (P. García)

Novena al Sagrado Corazón de Jesús – Católicos Firmes en su Fe

Novena al Sagrado Corazón de Jesús – Católicos Firmes en su Fe

La Santísima Trinidad en los primeros cristianos

La Santísima Trinidad en los primeros cristianos

Primeros Cristianos.com

Los padres de la Iglesia primitiva ya utilizaban el término “Trinidad”

¿Evolucionan los dogmas en la Iglesia? Teniendo en cuenta el desarrollo histórico de la Iglesia, podríamos decir que si bien no evolucionan en cuanto a su contenido (la verdad es la misma ayer, hoy y mañana), se desarrollan en cuanto a la conciencia que de ellos va adquiriendo la Iglesia. Así, el tiempo ha permitido que la terminología vaya enriqueciéndose para expresar de forma más precisa, lo que la Iglesia ha creído siempre.
El dogma de la Santísima Trinidad, Masacio

Respecto al dogma sobre la unidad de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, ya en los primeros cristianos surge el término “Trinidad”, como una forma de definir el misterio de que hay un solo Dios en Tres Personas distintas que tienen una misma naturaleza o sustancia.
Aunque algunas personas defienden que la doctrina Trinitaria fue “inventada” bajo la influencia del paganismo sobre el cristianismo, nada mejor que estudiar el testimonio de los primeros cristianos anteriores al Concilio de Nicea (año 325) para conocer cuál fue el verdadero desarrollo de la doctrina Trinitaria a lo largo de la historia.

El Testimonio de los primeros cristianos

1. La Didaché

La Didaché La Didaché es un excelente testimonio del pensamiento de la Iglesia primitiva, y lo mencionamos por incluir un testimonio de cómo la fórmula bautismal Trinitaria era utilizada por la Iglesia Primitiva.

“Acerca del bautismo, bautizad de esta manera: Dichas con anterioridad todas estas cosas, bautizad en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo en agua viva. (Didaché, VII, 1)

2. El Martirio de Policarpo (155 d.C.)
San Policarpo
Es una carta de la Iglesia de Esmirna a la comunidad de Filomeno donde se narra el martirio de San Policarpo, discípulo directo del apóstol San Juan y obispo de Esmirna. Es uno de los escritos apostólicos que hace uso de las bellas doxologías Trinitarias que expresan tan claramente el dogma Trinitario.
“A Él [Jesucristo] sea la gloria con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.” (Martirio de Policarpo, XXII, 3)
3. Arístides de Atenas (mitad del siglo II)
Dejó una apología de la fe dirigida al emperador Adriano César. En dicha apología Arístides utiliza la fórmula Trinitaria mencionando a las tres Personas Divinas.
“Este tuvo doce discípulos, los cuales, después de su ascensión a los cielos, salieron a las provincias del Imperio y enseñaron la grandeza de Cristo, al modo que uno de ellos recorrió nuestros mismos lugares predicando la doctrina de la verdad, pues conocen al Dios creador y artífice del universo en su Hijo Unigénito y en el Espíritu Santo, y no adoran a ningún otro Dios fuera de éste.(Arístides, Apología XV, 2)
4. Atenágoras de Atenas (178 d.C.)
Atenágoras aún sin usar el término Trinidad es bastante explícito al definirla. He aquí su forma de explicar la Trinidad:
“Así, pues, suficientemente queda demostrado que no somos ateos, pues admitimos a un solo Dios increado y eterno e invisible, impasible, incomprensible e inmenso, sólo por la inteligencia a la razón comprensible… ¿Quién, pues, no se sorprenderá de oír llamar ateos a quienes admiten a un Dios Padre y a un Dios Hijo y un Espíritu Santo, que muestran su potencia en la unidad y su distinción en el orden? (Atenágoras de Atenas, Súplica en favor de los cristianos)
5. San Ireneo de Lyon (140 d.C.- 202 d.C.)
San Ireneo
En su célebre tratado “Contra las Herejíasexpresa con claridad la fe Trinitaria de la Iglesia en un Solo Dios Padre, un Solo Señor Jesucristo y en el Espíritu Santo. Jesucristo es para los cristianos “Señor y Dios y Salvador y Rey”. Particularmente importante es el testimonio de San Ireneo sobre que dicha doctrina es predicada y creída por todas las Iglesias del orbe, cual si tuvieran una sola boca o un solo corazón, ya que este testimonio es bastante anterior al concilio de Nicea.
“Que el Verbo, o sea el Hijo, ha estado siempre con el Padre, de múltiples maneras lo hemos demostrado. Y que también su Sabiduría, o sea el Espíritu estaba con El antes de la creación.” (Ireneo de Lyon, Contra las herejías IV,20,3)
6. Teófilo de Antioquía (180 d.C.)
San Teófilo
Así como Tertuliano sería el primero en utilizar el vocablo latino Trinitas, San Teófilo sería el primero en utilizar la palabra griega Τριας (trinitas) para expresar la unión de las tres Divinas Personas en Dios.
“Los tres días que preceden a la creación de los luminares son símbolo de la Trinidad, de Dios, de su Verbo y de su Sabiduría.”
“Teniendo, pues, Dios a su Verbo inmanente en sus propias entrañas, le engendró con su propia sabiduría, emitiéndole antes de todas las cosas. A este Verbo tuvo El por ministro de su creación y por su medio hizo todas las cosas….Este se llama principio, pues es Príncipe y Señor de todas las cosas por Él fabricadas.” (Teófilo de Antioquia, Ad Autolycum, II,15)
7. Tertuliano (160 – 220 d.C.)
Tertuliano
Fue el primero en aplicar el vocablo latino Trinitas (Trinidad) a las tres divinas Personas. En “De pudicitia” escribe:
“..Para la misma iglesia es, propiamente y principalmente, el Espíritu mismo, en el cual es la Trinidad de Una Divinidad – Padre, Hijo y Espíritu Santo.” (Tertuliano, Sobre la modestia, 21)
En “Adversas Praxean” da una explicación de la doctrina Trinitaria aún más completa. Afirma que el Hijo es “de la substancia del Padre”: Filium non aliunde deduco, sed de substantia Patris, y el Espíritu es “del Padre por el Hijo”: Spiritum non aliunde deduco quam a Patre per Filium.
Si la pluralidad en la Trinidad te escandaliza, como si no estuviera ligada en la simplicidad de la unión, te pregunto: ¿cómo es posible que un ser que es pura y absolutamente uno y singular, hable en plural: “Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra”?
Tertuliano se sirve del término “persona” para explicar que la Palabra (lógos) es distinto del Padre en “en el sentido de persona, no de substancia, para distinción, no para división” y la cual aplica también al Espíritu Santo a quien llama “la tercera persona”.
8. Orígenes (185 – 254 d.C.)
OrígenesOrígenes utiliza frecuentemente el término Trinidad y que el Hijo procede el Padre, y dado que Dios es eterno, sigue que este acto de generación es también eterno, por lo que el Hijo no tiene principio y no hubo un tiempo en que Él no existiera.
De este modo, se opone con antelación a la herejía del arrianismo que afirmaría posteriormente lo opuesto: que hubo un tiempo en que el Hijo no existía.
9. Justino Mártir (165 d.C.)
San Justino
En su primera apología distingue claramente y por orden a las Tres Personas Divinas:
“Y luego demostraremos que con razón honramos también a Jesucristo, que ha sido nuestro maestro en estas cosas y que para ello nació, el mismo que fue crucificado bajo Poncio Pilato, procurador que fue de Judea en tiempo de Tiberio César, que hemos aprendido ser el Hijo del mismo verdadero Dios y a quien tenemos en segundo lugar, así como al Espíritu profético tenemos en el tercero.” (Justino Mártir, Apología I, 13,3)
10. Cipriano de Cartago (205 – 258 d.C.)
San Cipriano
Nació hacia el año 205, probablemente en Cartago. Se dedicó en su juventud a la retórica. En 248, San Cipriano fue elegido obispo de Cartago.
Cipriano de Cartago declara la divinidad de Cristo numerosas veces, y afirma que quien niegue que Cristo es Dios no puede ser templo de Dios.
“Después de la resurrección, cuando el Señor envió los apóstoles a las naciones, Él les ordenó bautizar a los gentiles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo… Cristo mismo ordenó que las naciones sean bautizadas en la completa y unida Trinidad. (Cipriano de Cartago, Carta 73,18)
11. Dionisio de Roma (Siglo III)
Siendo Papa desde el 259 al 268 combatió el modalismo y el subordinacionismo. En la carta a Dionisio de Alejandría el Papa dice Es necesario, sin embargo, que la palabra divina [Jesucristo] esté unida con Dios del Universo; y el Espíritu Santo debe respetar y morar en Dios. Por tanto la Trinidad Divina debe ser reunida en Una, una cumbre, como si fuera – quiero decir, el Dios Omnipotente del Universo.”
“Ni entonces podemos dividir en tres cabezas divinas la maravillosa y divina monarquía, ni desacreditar llamando “obra” la dignidad y excelente majestad de nuestro Señor, pero debemos creer en Dios, el Padre Todopoderoso, y en Jesús su Hijo , y en el Espíritu Santo, y sostenemos que a el Dios del universo la Palabra está unida.” (Carta a Dionisio de Roma a Dionisio de Alejandría)
Conclusión
Después de haber estudiado los principales testimonios patrísticos anteriores al Concilio de Nicea (325 d.C.) no es difícil darse cuenta que la doctrina Trinitaria no es ninguna novedad y mucho menos un invento del paganismo. La Iglesia fue fiel en reconocer que hay un solo Dios, siendo el Padre Dios, el Hijo Dios, y el Espíritu Santo Dios, y esta verdad era comprendida y enseñada con mayor o menor claridad en la Iglesia de los primeros cristianos.
Es claro también que la mayoría de ellos rechazaban abiertamente tanto el arrianismo (que afirmaba que Jesucristo era un dios menor creado subordinado al Padre y que alguna vez no existió) y el modalismo (que afirmaba que había una sola Persona Divina en Dios, siendo el Hijo el Padre y viceversa, pero manifestados de manera diferentes).
Ciertamente algunos padres no comprendieron en su totalidad el misterio Trinitario, cosa totalmente comprensible en una materia de tanta complejidad. Han sido precisamente conflictos tan graves como el arrianismo y otras herejías, las que han dado oportunidad a la Iglesia para profundizar en estas verdades de fe.

– Enviado mediante la barra Google”

Mártires Ingleses Fiesta, junio 20 Autor: . | Fuente: Archidiócesis de Madrid


Mártires

Fueron hombres y mujeres, clérigos y laicos que dieron su vida por la fe entre los años 1535 y 1679 en Inglaterra.

Ya habían surgido dificultades entre el trono inglés y la Santa Sede que ponían los fundamentos de una previsible ruptura; el motivo fue doble: el trono se reservó unilateralmente el nombramiento de obispos para las diferentes sedes -lo que suponía una merma de libertad de Roma para el desempeño de su misión espiritual-, al tiempo que ponía impuestos y gravámenes tanto a clérigos como a bienes eclesiásticos -lo que suponía una injusticia y merma en los presupuestos económicos de la Santa Sede-. Luego vinieron los problemas de ruptura con Roma en tiempos de Enrique VIII, con motivo del intento de disolución del matrimonio con Catalina de Aragón y su posterior unión con Ana Bolena, a pesar de que el rey inglés había recibido el título de Defensor de la Fe por sus escritos contra la herejía luterana en el comienzo de la Reforma. Pero fue sobre todo en la sucesión al trono, después de la muerte de María, hija legítima de Enrique VIII y Catalina de Aragón, cuando comienza a reinar en Inglaterra Isabel, cuando se desencadenan los hechos persecutorios a cuyo término hay que contar 316 martirios entre laicos hombres y mujeres y clérigos altos y bajos.

Primero fueron dos leyes -bien pudo ser la gestión del primer ministro de Isabel, Guillermo Cecil- principalmente las que dieron el presupuesto político necesario que justificase tal persecución: El Decreto de Supremacía, y el Acta de Uniformidad (1559). Por ellas el Trono se arrogaba la primacía en lo político y en lo religioso. Así la Iglesia dejaba de ser «católica» -universal- pasando a ser nacional -inglesa- cuya cabeza, como en lo político era Isabel. Y el juramento de fidelidad necesario supuso para muchos la inteligencia de que con él renunciaban a su condición de católicos sometidos a la autoridad del papa y por tanto era interpretado como una desvinculación de Roma, una herejía, una cuestión de renuncia a la fe que no podía aceptarse en conciencia. De este modo, quienes se negaban al mencionado juramento -necesario por otra parte para el desempeño de cualquier cargo público- o quienes lo rompían quedaban ipso facto considerados como traidores al rey y eran tratados como tales por los que administraban la justicia.

Vino la excomunión a la reina por el papa Pío V (1570). Se endurecían las presiones hasta el punto de quedar prohibido a los sacerdotes transmitir al pueblo la excomunión de la Reina Isabel I.

En Inglaterra se emanó un Decreto (1585) por el que se prohibía la misa y se expulsaba a los sacerdotes. Dispusieron de cuarenta días los sacerdotes para salir del reino. La culpa por ser sacerdote era traición y la pena capital. En esos años, quienes dieran o cobijo, o comida, o dinero, o cualquier clase de ayuda a sacerdotes ingleses rebeldes escondidos por fidelidad y preocupación por mantener la fe de los fieles o a los sacerdotes que llegaran desde fuera por mar camuflados como comerciantes, obreros o intelectuales eran tratados como traidores y se les juzgaba para llevarlos a la horca. Bastaba con sorprender una reunión clandestina para decir misa, unas ropas para los oficios sagrados descubiertas en cualquier escondite, libros litúrgicos para los oficios, un hábito religioso o la denuncia de los espías y de malintencionados aprovechados de haber dado hospedaje en su casa a un misionero para acabar en la cuerda o con la cabeza separada del cuerpo por traición.

No se relatan aquí las hagiografías de Juan Fisher, obispo de Rochester y gran defensor de la reina Catalina de Aragón, o del Sir Tomás Moro, Canciller del Reino e íntimo amigo y colaborador de Enrique VIII, -por mencionar un ejemplo de eclesiástico y otro de seglar- que tienen su día y lugar propio en nuestro santoral. Sí quiero hacer mención bajo un título general de todos aquellos que -hombres o mujeres, eclesiásticos tanto religiosos como sacerdotes seculares- dieron su vida con total generosidad por su fidelidad a la fe católica, resistiéndose hasta la muerte a doblegarse a la arbitraria y despótica imposición que suponía claudicar a lo más profundo de su conciencia. Ana Line fue condenada por albergar sacerdotes en su casa; antes de ser ahorcada pudo dirigirse a la muchedumbre reunida para la ejecución diciendo: «Me han condenado por recibir en mi casa a sacerdotes. Ojalá donde recibí uno hubiera podido recibir a miles, y no me arrepiento por lo que he hecho». Las palabras que pronunció en el cadalso Margarita Clitheroe fueron: «Este camino al cielo es tan corto como cualquier otro». Margarita Ward entregó también la vida por haber llevado en una cesta la cuerda con la que pudo escapar de la cárcel el padre Watson. Y así, tantos y tantas… murieron mártires de la misa y del sacerdocio.

En la Inglaterra de hoy tan modélica y proclive a la defensa de los derechos del hombre hubo una época en la que no se respetó la libertad de conciencia de los ciudadanos y, aunque las medidas adoptadas para la represión del culto católico eran las frecuente y lastimosamente usadas en las demás naciones cuando habían de sofocar asuntos políticos, militares o religiosos que supusieran traición, pueden verse aún hoy en los archivos del Estado que las causas de aquellas muertes fue siempre religiosa bajo el disimulo de traición. Y, después de la sentencia condenatoria, los llevaban a la horca, siempre acompañados por un pastor protestante en continua perorata para impedirles hablar con los amigos o rezar en paz. Así son las cosas.

¿Por qué los cristianos creen en la Trinidad?


La Trinidad, escuela de relación
Autor: Raniero Cantalamessa, OFM Cap. | Fuente: zenit.org

¿Por qué los cristianos creen en la Trinidad? ¿No es ya bastante difícil creer que existe Dios como para añadirnos el enigma de que es «uno y trino»? A diario aparece quien no estaría a disgusto con dejar aparte la Trinidad, también para poder así dialogar mejor con judíos y musulmanes que profesan la fe en un Dios rígidamente único.

La respuesta es que los cristianos creen que Dios es trino ¡porque creen que Dios es amor! Si Dios es amor debe amar a alguien. No existe un amor al vacío, sin dirigirlo a nadie. Nos interrogamos: ¿a quién ama Dios para ser definido amor? Una primera respuesta podría ser: ¡ama a los hombres! Pero los hombres existen desde hace algunos millones de años, no más. Entonces, antes, ¿a quién amaba Dios? No puede haber empezado a ser amor desde cierto momento, porque Dios no puede cambiar. Segunda respuesta: antes de entonces amaba el cosmos, el universo. Pero el universo existe desde hace algunos miles de millones de años. Antes de entonces, ¿a quién amaba Dios para poderse definir amor? No podemos decir: se amaba a sí mismo, porque amarse a uno mismo no es amor, sino egoísmo, o como dicen los psicólogos, narcisismo.

He aquí la respuesta de la revelación cristiana. Dios es amor en sí mismo, antes del tiempo, porque desde siempre tiene en sí mismo un Hijo, el Verbo, a quien ama con amor infinito, que es el Espíritu Santo. En todo amor hay siempre tres realidades o sujetos: uno que ama, uno que es amado y el amor que les une. Allí donde Dios es concebido como poder absoluto, no existe necesidad de más personas, porque el poder puede ejercerlo uno solo; no así si Dios es concebido como amor absoluto.

La teología se ha servido del término naturaleza, o sustancia, para indicar en Dios la unidad, y del término persona para indicar la distinción. Por esto decimos que nuestro Dios es un Dios único en tres personas. La doctrina cristiana de la Trinidad no es un retroceso, un pacto entre monoteísmo y politeísmo. Al contrario: es un paso adelante que sólo el propio Dios podía hacer que lo diera la mente humana.

La contemplación de la Trinidad puede tener un precioso impacto en nuestra vida humana. Es un misterio de relación. Las personas divinas son definidas por la teología «relaciones subsistentes». Significa que las personas divinas no tienen relaciones, sino que son relaciones. Los seres humanos tenemos relaciones -entre padre e hijo, entre esposa y esposo, etcétera–, pero no nos agotamos en esas relaciones; existimos también fuera y sin ellas. No así el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

La felicidad y la infelicidad en la tierra dependen en gran medida, lo sabemos, de la calidad de nuestras relaciones. La Trinidad nos revela el secreto para tener relaciones bellas. Lo que hace bella, libre y gratificante una relación es el amor en sus diferentes expresiones. Aquí se ve cuán importante es que se contemple a Dios ante todo como amor, no como poder: el amor dona, el poder domina. Lo que envenena una relación es querer dominar al otro, poseerle, instrumentalizarlo, en vez de acogerle y entregarse.

Debo añadir una observación importante. ¡El Dios cristiano es uno y trino! Ésta es, por lo tanto, asimismo la solemnidad de la unidad de Dios, no sólo de su trinidad. Los cristianos también creemos «en un solo Dios», sólo que la unidad en la que creemos no es una unidad de número, sino de naturaleza. Se parece más a la unidad de la familia que a la del individuo, más a la unidad de la célula que a la del átomo.

La primera lectura de la Solemnidad nos presenta al Dios bíblico como «misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad». Éste es el rasgo que reúne más al Dios de la Biblia, al Dios del Islam y al Dios (mejor dicho, la religión) budista, y que se presta más, por ello, a un diálogo y a una colaboración entre las grandes religiones. Cada sura del Corán empieza con la invocación: «En el nombre de Dios, el Misericordioso, el Compasivo». En el budismo, que desconoce la idea de un Dios personal y creador, el fundamento es antropológico y cósmico: el hombre debe ser misericordioso por la solidaridad y la responsabilidad que le liga a todos los vivientes. Las guerras santas del pasado y el terrorismo religioso del presente son una traición, no una apología, de la propia fe. ¿Cómo se puede matar en nombre de un Dios al que se continúa proclamando «el Misericordioso y el Compasivo»? Es la tarea más urgente del diálogo interreligioso que juntos, los creyentes de todas las religiones, deben perseguir por la paz y el bien de la humanidad.