Archivos diarios: 11 abril, 2011

La Misericordia de Dios

Misericordia de Dios
La misericordia triunfa sobre el juicio.
Santiago 2, 13
PUNTO 1
La bondad es comunicativa por naturaleza; de suyo tiende a compartir sus bienes con los demás. Dios, que por su naturaleza es la bondad infinita, siente vivo deseo de comunicarnos su felicidad, y por eso propende más a la misericordia que al castigo. “Castigar –dice Isaías– es obra ajena a las inclinaciones de la divina voluntad”. “Se enojará para hacer su obra (o venganza), obra que es ajena de Él, obra que es extraña a Él” (Is, 28, 21). Y cuando el Señor castiga en esta vida es para ser misericordioso en la otra (Sal. 59, 3). Muéstrase airado con el fin de que nos enmendemos y aborrezcamos el pecado (Sal. 5). Y si nos castiga es porque nos ama, para librarnos de la eterna pena (Sal. 6).
¿Quién podrá admirar y alabar suficientemente la misericordia con que Dios trata a los pecadores, esperándolos, llamándolos, acogiéndolos cuando vuelven a Él?… Y ante todo, ¡qué gracia valiosísima nos concede Dios al esperar nuestra penitencia!…
Cuando le ofendiste, hermano mío, podía el Señor enviarte la muerte, y, sin embargo, te esperó; y en vez de castigarte, te colmó de bienes y te conservó la vida con su paternal providencia. Hacía como si no viera tus pecados, a fin de que te convirtieses (Sb. 11, 24).
¿Y cómo, Señor, Vos, que no podéis ver un solo pecado, veis tantos y calláis? ¿Miráis aquel deshonesto, aquel vengativo, a ese blasfemo, cuyos pecados se aumentan de día en día, y no los castigáis? ¿Por qué tanta paciencia?… Dios espera al pecador a fin de que se arrepienta, para poder de ese modo perdonarle y salvarle (Is. 30, 18).
Dice Santo Tomás que todas las criaturas, el fuego, el agua, la tierra, el aire, por natural instinto se aprestan a castigar al pecador por las ofensas que al Creador hace; pero Dios, por su misericordia, las detiene… Vos, Señor, aguardáis al impío, para que se enmiende; mas ¿no veis que el ingrato se vale de vuestra piedad para ofenderos? (Is. 26, 15). ¿Por qué tal paciencia?… Porque Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y se salve (Ez. 33, 11).
¡Oh paciencia de Dios! Dice San Agustín que si Dios no fuese Dios, parecería injusto, atendiendo a su demasiada paciencia para con el pecador. Porque espera que se valga el hombre de aquella paciencia para más pecar, diríase que es en cierto modo una injusticia contra el honor divino. “Nosotros pecados –sigue diciendo el mismo Santo–, nos entregamos al pecado (algunos firman paces con el pecado, duermen unidos a él meses y años enteros), nos regocijamos del pecado (pues no pocos se glorían de sus delitos), ¿y Tú estás aplacado?… Nosotros te provocamos a ira, y Tú a misericordia”. Parece que a porfía combatimos con Dios; nosotros, procurando que nos castigue; Él, invitándonos al perdón.
AFECTOS Y SÚPLICAS
¡Ah Señor y Dios mío! Reconozco que soy digno de estar en el infierno (Jb. 17, 13). Mas por vuestra misericordia no me hallo en él, sino postrado a vuestros pies, y conociendo vuestro precepto con que me mandáis que os ame. “¡Ama al Señor tu Dios!” (Mt. 22, 37). Me decís que queréis perdonarme si me arrepiento de las ofensas que os he hecho…
Sí, Dios mío; ya que deseáis que os ame, aunque soy un vil rebelde contra vuestra soberana majestad, os amo con todo mi corazón, y me duelo de haberos ofendido más que de cualquier otro mal en que hubiera podido incurrir. Iluminadme, pues, ¡oh Bondad infinita!, y dadme a conocer la horrenda malicia de mis culpas. No; no resistiré más a vuestra voz, ni volveré a injuriar a un Dios que tanto me ama, y que tantas veces y con tanto amor me habéis perdonado…
¡Ah, si nunca os hubiera ofendido, Jesús de mi alma! Perdonadme y haced que de hoy en adelante a nadie ame más que a Vos, que sólo viva para Vos, que moristeis por mí, y que sólo por vuestro amor padezca, ya que por mí tanto padecisteis. Eternamente me habéis amado, concededme que por toda la eternidad arda yo en vuestro amor. Todo lo espero, ¡oh Salvador mío!, de vuestros infinitos merecimientos.
En Vos confío, Virgen Santísima, pues con vuestra intercesión me habéis de salvar.
PUNTO 2
Consideremos, además, la misericordia de Dios cuando llama al pecador a penitencia… Rebelóse Adán contra Dios, y ocultóse después. Mas el Señor, que veía perdido a Adán, iba buscándole, y casi sollozando le llamaba: “Adán, ¿dónde estás?…” (Gn. 3, 9). “Palabras de un padre –dice el P. Pereira– que busca al hijo que ha perdido”.
Lo mismo ha hecho Dios contigo muchas veces, hermano mío. Huías de Dios, y Dios te buscaba, ora con inspiraciones, ora con remordimientos de conciencia, ya por medio de pláticas santas, ya con tribulaciones o con la muerte de tus deudos y amigos.
No parece sino que, hablando de ti, exclamara Jesucristo: “Casi perdí la voz, hijo mío, a fuerza de llamarte” (Sal. 68, 4). “Considerad, pecadores –dice Santa Teresa–, que os llama aquel Señor que un día os ha de juzgar”.
¿Cuántas veces, cristiano, te mostraste sordo con el Dios que te llamaba? Harto merecías que no te llamase más. Pero tu Dios no deja de buscarte, porque quiere, para que te salves, que estés en paz con Él… ¿Quién es el que te llama? Un Dios de infinita majestad. ¿Y qué eres tú sino un gusano miserable y vil?…
¿Y para qué te llama? No más que para restituirte la vida de la gracia, que tú habías perdido. Convertíos y vivid (Ez. 18, 32). Con el fin de recuperar la divina gracia, poco haría cualquiera aunque viviese por toda su vida en el desierto. Pero Dios te ofrecía darte de nuevo su gracia en un momento, y tú la rechazaste. Y con todo, Dios no te ha abandonado, sino que se acerca a ti y te busca solícito, y lamentándose te dice: “¿Por qué, hijo mío, quieres condenarte?” (Ez. 18, 31).
Siempre que el hombre comete un pecado mortal, arroja de su alma a Dios. Pero el Señor ¿qué hace?… Llégase a la puerta de aquel ingrato, y clama (Ap. 3, 20); pide al alma que le deje entrar (Cant. 5, 2), y ruega hasta cansarse (Serm. 15, 6). Sí, dice San Dionisio Areopagita; Dios, como amante despreciado, busca al pecador y le suplica que no se pierda. Y eso mismo manifestó San Pablo (2Co. 5, 20) cuando escribía a sus discípulos: “Os rogamos por Cristo que os reconciliéis con Dios”.
Bellísima es la consideración que sobre este texto hace San Juan Crisóstomo: “El mismo Cristo –dice– os ruega… ¿Y qué os ruega? Que os reconciliéis con Dios. De suerte que Él no es enemigo vuestro, sino vosotros de Él”.
Con lo cual manifiesta el Santo que no es el pecador quien ha de esforzarse en conseguir que Dios se mueva a reconciliarse con él, sino que basta con que se resuelva a aceptar la amistad divina, puesto que él y no Dios es quien se niega a hacer la paz.
¡Ah! Este bondadosísimo Señor acércase sin cesar a los innumerables pecadores y les va diciendo: “¡Ingratos! No huyáis de Mí… ¿Por qué huís? Decídmelo. Yo deseo vuestro bien, y sólo procuro haceros dichosos… ¿Por qué queréis perderos?” ¿Y Vos, Señor, qué es lo que hacéis? ¿Por qué tanta paciencia y tanto amor para con estos rebeldes? ¿Qué bienes esperáis de ellos? ¿Qué honra buscáis mostrándoos tan apasionado de estos viles gusanos de la tierra que huyen de Vos? “¿Qué cosa es el hombre para que le engrandezcas?… O ¿por qué pones sobre él tu Corazón?” (Jb. 7, 17).
AFECTOS Y SÚPLICAS
Aquí tenéis, Señor, a vuestras plantas un ingrato que os pide misericordia; Padre mío, perdonadme. Os llamoPadre, porque Vos queréis que os llame así. No merezco compasión, porque cuanto más bondadoso fuisteis para conmigo, tanto más ingrato fui yo con Vos.
Por esa misma bondad que os movió, Dios mío, a no desampararme cuando yo huía de Vos, recibidme ahora que a Vos vuelvo. Dadme, Jesús mío, gran dolor de las ofensas que os hice, y con él vuestro beso de paz. Me arrepiento, sobre todo, de las ofensas que os hice, y las detesto y abomino, uniendo este aborrecimiento al que sentisteis Vos, ¡oh Redentor mío!, en el huerto de Getsemaní, Perdonadme, pues, por los merecimientos de la preciosa Sangre que por mí en aquel huerto derramasteis, y yo os ofrezco resueltamente nunca más apartarme de Vos y arrojar de mi corazón todo afecto que para Vos no sea.
Jesús, amor mío, os amo sobre todas las cosas, quiero amaros siempre y no amar más que a Vos. Pero dadme, Señor, fuerza para lograrlo. Hacedme enteramente vuestro.
¡Oh María, mi esperanza, Madre de misericordia, compadeceos de mí y rogad por mí a Dios!
PUNTO 3
A veces los príncipes de la tierra se desdeñan de mirar a los vasallos que acuden a implorar perdón. Mas no procede así Dios con nosotros. “No os volverá el rostro si contritos acudiereis a Él” (2C. 30, 9). No; Dios no oculta su rostro a los que se convierten. Antes bien, Él mismo los invita y les promete recibirlos apenas lleguen… (Jer. 3, 1; Zac. 1, 3).
¡Oh, con cuánto amor y ternura abraza Dios al pecador que vuelve a Él! Claramente nos lo enseñó Jesucristo con la parábola del Buen Pastor (Lc. 15, 5), que, hallando la ovejuela perdida, la pone amorosamente sobre sus hombros, y convida a sus amigos para que con Él se regocijen (Lc. 15, 6). Y San Lucas añade (Lc. 15, 7): “Habrá gozo en el Cielo por un pecador que hiciere penitencia”.
Lo mismo significó el Redentor con la parábola delHijo pródigo, cuando declaró que Él es aquel padre que, al ver que regresa el hijo perdido, sale a su encuentro, y antes que le hable, le abraza y le besa, y ni aun con esas tiernas caricias puede expresar el consuelo que siente (Ez. 18, 21-22).
Llega el Señor hasta asegurar que, si el pecador se arrepiente, Él se olvidará de los pecados, como si jamás aquél le hubiera ofendido. No repara en decir: “Venid y acusadme –dice el Señor (Is. 1, 18; Ez. 18, 21-22)–; si fueren vuestros pecados como la grana, como nieve serán emblanquecidos”; o sea: “Venid, pecadores, y si no os perdono, reprendedme tratadme de infiel…”. Mas no, que Dios no sabe despreciar un corazón que se humilla y se arrepiente (Sal. 50, 19).
Gloríase el Señor en usar de misericordia, perdonando a los pecadores (Is. 30, 18). ¿Y cuándo perdona?… Al instante (Is. 30, 19). Pecador, dice el Profeta, no tendrás que llorar mucho. En cuanto derrames la primera lágrima, el Señor tendrá piedad de ti (Is. 30, 19).
No procede Dios con nosotros como nosotros con Él. Dios nos llama, y nosotros no queremos oír. Dios, no. Apenas nos arrepintamos, y le pedimos perdón, el Señor nos responde y perdona.
AFECTOS Y SÚPLICAS
¡Oh Dios mío! ¿Contra quién me he atrevido a resistir?… Contra Vos, Señor, que sois la bondad misma, y me habéis creado y habéis muerto por mí, y me habéis conservado, a pesar de mis repetidas traiciones…
La sola consideración de la paciencia con que me habéis tratado debiera bastar para que mi corazón viviese siempre ardiendo en vuestro amor. ¿Quién hubiera podido sufrir las ofensas que os hice, como las sufristeis Vos? ¡Desdichado de mí si volviese a ofenderos y me condenase! Esa misericordia con que me favorecisteis sería para mí, ¡oh Dios!, un infierno más intolerable que el infierno mismo.
No, Redentor mío; no permitáis que vuelva a separarme de Vos. Antes morir… Veo que vuestra misericordia no puede ya sufrir mi maldad. Pero me arrepiento, ¡oh Sumo Bien!, de haberos ofendido; os amo con todo mi corazón y propongo entregaros por completo la vida que me resta…
Oídme, Eterno Padre, y por los merecimientos de Jesucristo concededme la santa perseverancia y vuestro santo amor. Oídme, Jesús mío, por la Sangre que derramasteis por mí: Te ergo quaesumus tuis fórmulis súbveni, quos praetioso sánguine redemisti.
¡Oh María!, Madre mía, vuelve a mí tus ojos misericordiosos: Illos tuos misericordes óculos ad me converte; y úneme enteramente a Dios.
(“Preparación para la muerte” – San Alfonso María de Ligorio)

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Autor: Explicación del Credo Las verdades de nuestra religión, de nuestra fe católica.

Autor: Catholic.net | Fuente: Catholic.net
Explicación del Credo
Las verdades de nuestra religión, de nuestra fe católica.

Explicación del Credo
Explicación del Credo
Las verdades de nuestra religión, de nuestra fe católica se encuentran en la oración del Credo. El Credo es lo que creemos los católicos. Si alguien de otra religión nos pregunta ¿qué es lo que creen ustedes los católicos? podemos contestarle con todo lo que rezamos en el Credo. Podemos decir que es como un resumen de nuestra religión.

El Credo está dividido en tres partes:


  • La primera parte habla de Dios Padre y de la obra de la Creación.

  • La segunda parte habla de Dios Hijo y de la Redención de los hombres.

  • La tercera parte habla de Dios Espíritu Santo y de nuestra santificación.

    Estas tres partes contienen doce artículos que abarcan las principales verdades en las que creemos los católicos. Estos doce artículos son:

    1. Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la Tierra.

    2. Jesucristo, Hijo único de Dios.

    3. Jesús fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y nacido de María la Virgen.

    4. Jesús fue crucificado, muerto y sepultado.

    5. Jesús descendió a los infiernos y al tercer día resucitó.

    6. Jesús subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre.

    7. Jesús vendrá a juzgar a vivos muertos.

    8. El Espíritu Santo.

    9. La Iglesia una, santa, católica y apostólica y la comunión de los santos.

    10. El perdón de los pecados.

    11. La resurreción de los muertos.

    12. La vida eterna.

    Si nos fijamos bien en todo lo que creemos nos vamos a dar cuenta de lo importante que es Dios y de como nos amó tanto que nos entregó a su Hijo Jesús para salvarnos. Se quedó con nosotros en la Iglesia, nos perdona y nos promete volver a venir.

    Todo lo que creemos lo debemos de vivir. Debemos demostrar con nuestras obras que creemos en Dios. Se debe notar la diferencia entre un niño que no tiene fe y un niño que sí tiene fe. La vida se vive diferente. Por ejemplo, si yo creo que tengo un Padre Todopoderoso que vela por mí, mis acciones deberán demostrar esa seguridad y confianza. Si yo creo en la Iglesia, la voy a ayudar.

    El Credo es una forma de profesar nuestra fe. Otra forma de profesar nuestra fe es haciendo la señal de la cruz, que es la señal del cristiano. ¿Qué expresamos cuando nos persignamos? Decimos que creemos en Dios que es uno en tres personas distintas. Esto lo hacemos al decir “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Al trazar la señal de la cruz en nuestro cuerpo, expresamos que creemos en la Encarnación, Pasión y Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

    Al rezar el Credo entramos en comunión con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y con toda la Iglesia.


  • ¿Dónde están las reliquias de la Pasión? Riqueza y significado de la conservación de las reliquias de la Pasión

    iias santasP. Ignacio Acuña Duarte. S.J. | Fuente: Revista Cristiandad
    ¿Dónde están las reliquias de la Pasión?
    Riqueza y significado de la conservación de las reliquias de la Pasión

    ¿Dónde están las reliquias de la Pasión?
    ¿Dónde están las reliquias de la Pasión?

    Desconocidas y poco veneradas

    Para un mundo informado sólo por los ojos de la carne, Semana Santa apenas representa un espacio de “reflexión y purificación de la memoria”.

    Alguno más piadoso, quizás, sólo concentre la mirada en la fiesta de la Resurrección, obviando implícitamente los sufrimientos inenarrables de la Pasión y de la Cruz.

    La ciencia, por su parte, se empeña en “desmitificar” la tradición y la fe, confundiendo con fraudes y engaños a los fieles poco instruidos con sensacionalismo barato. La prensa corre con gran parte de la responsabilidad al difundir semejantes sandeces y medias verdades. Con el correr del tiempo, es verdad, muchas de las “impresionantes revelaciones” caen en el olvido o el descrédito, pero en el corazón de las personas queda la sensación de desacralización. Un caso típico ha sido el montaje paracientífico y manipulador del Santo Sudario.

    ¿Cuántos ilusos aún repiten con tono seguro las irresponsables afirmaciones que la prensa se apresuró a divulgar sobre supuestos descubrimientos de fraude en el Santo Sudario de Turín? Evidentemente ninguno de estos personajes conoce los dictámenes de la ciencia profesional que concluyó certificando la autenticidad de la preciosa reliquia. Valga como referencia la conversión de investigadores tras el proceso de estudio y verificación.

    Pero como el escándalo vende, aún queda quien asegure que se trata de una invención medieval realizada por medio de complejos procesos holográficos para producir el efecto 3D cuando en el siglo XIX se mirase el negativo y se ampliaran, por ejemplo, la zona de los ojos y se observase sobre ellos monedas romanas del año 30 según la costumbre local.

    De todo eso y mucho más deberemos soportar cada Semana Santa, repetidos ad nauseam por todos los medios de comunicación esmerados en entrevistar desconocidos expertos en negar todo lo afirmado y en afirmar todo lo negado.

    Las preciosas reliquias de la Pasión

    Un silencio revelador es el que se hace en torno a todas las reliquias que se conservan de la Pasión. ¿Quien se ha enterado de su existencia o ha recibido la sugestión de visitarlas y venerarlas con piadoso amor?

    La cristiandad cuenta con decenas de ellas. Todas son testimonios ciertos de la veracidad histórica de los Evangelios y obligan – forzosamente – a darles aceptación. Cosa aparte es la rebelión a la consecuencia que ello implica, esto es, la suprema virtud y verdad que de ellos emana y la necesidad de seguir a Cristo a riesgo de la condenación eterna.

    Examinemos, en tanto, el glorioso panorama que nos ofrece la Santa Iglesia, Maestra infalible de la Verdad y depositaria de tan ricos dones.

    Las columnas del Templo de Jerusalén

    El magnífico templo que había en Jerusalén cuando murió nuestro divino Redentor fue destruido, y según el sagrado vaticinio pronunciado por sus labios sagrados, no quedó piedra sobre piedra. Constantino el grande hizo trasladar doce columnas de este templo destruido, para que se colocaran delante de la Confesión de San Pedro; hoy en día aún se ven ocho debajo de la magnífica cúpula del Vaticano, dos en el altar de San Mauricio, dentro de la capilla del Santísimo, y otra en la cámara inferior de la capilla della Pietá, que según la tradición es en la que estuvo apoyado el divino Jesús cuando de edad de doce años disputó con los doctores de la Ley.

    Columnas del velo del templo

    El velo del templo de Jerusalén, que se rasgó en dos partes al morir nuestro divino Salvador, era sostenido por dos columnas, las cuales hoy día se conservan en el claustro de la basílica de San Juan de Letrán, en Roma.

    Mesa de la Cena

    La mesa, en la cual el amabilísimo Jesús celebró la última Cena e instituyó el adorable Sacramento del altar, se conserva y venera en la misma basílica de San Juan de la Cruz.

    Plato de la Cena

    Se conserva uno en la santa iglesia de Génova

    Toallas

    De las que sirvieron, tanto para lavarse las manos al Salvador como para enjuagar los pies a sus Discípulos, se conserva una parte notable en la citada basílica de San Juan.

    Asiento

    Del que, en forma de cama, sirvió a nuestro amable Jesús en la última Cena, se conserva una gran parte en la capilla llamada Sancta Sanctorum, en Roma.

    Cáliz
    El precioso cáliz de que se sirvió nuestro divino Redentor al instituir el augustísimo Sacramento del altar, tiene la imponderable dicha de conservarlo la santa y metropolitana Iglesia de Valencia: todos los años se coloca en el Monumento.

    Monedas que recibió Judas

    Se conservan tres en la catedral de Génova, y una en la basílica de Santa Cruz de Jerusalén, en Roma

    Cenáculo

    Ocupado hasta mediados del siglo XX por los musulmanes, este lugar, uno de los más santos en la tierra, puede ser visitado bajo las condiciones impuestas por el gobierno que actualmente rige Tierra Santa. Los cristianos pueden visitarlo y ganar las preciosas indulgencias concedidas por los Romanos Pontífices a cuantos orasen en tan santo sitio.

    Huerto de Getsemaní

    Tanto la gruta en donde oró nuestro divino Redentor, que se conserva en su estado natural, como algunos de los olivos, que se cree son los mismos que existían en tiempo de la Pasión del Señor, están bajo la custodia de los ejemplares hijos del patriarca de Asís, en Jerusalén.

    Piedra del torrente del Cedrón

    Habiendo prendido al Señor, y llevándolo a la casa de Anás, al pasar por el torrente de Cederrón, la tradición dice que tiraron al Señor al fondo del torrente, dejando impresas las huellas de sus pies, rodillas, manos y cabeza sobre la durísima piedra que aún hoy se muestra a los peregrinos.

    Cuerdas con que fue atado el Señor

    Un pedazo importante se conserva en España, en la basílica del Escorial, y otro en Italia, en la catedral de Anaghi.

    Casa de Anás

    En el lugar donde estuvo esta casa hay una iglesia y convento, ocupado por monjas armenias.

    Casa de Caifás

    En el lugar en que estuvo hay una iglesia, cuidada por los armenios: en ella se ve un calabozo muy reducido, en donde pasó algunas horas nuestro divino Salvador: allí mismo había una columna en la cual estuvo atado, y es la que hoy se venera en Roma, en la iglesia de santa Práxedes. En el altar que hay en el fondo del ábside de esa iglesia se ve la piedra que se puso a la puerta del sepulcro del Salvador.

    Lienzo con que vendaron los ojos al Señor

    Se venera una parte en la iglesia de San Francisco á Ripa, en Roma.

    Pretorio de Pilatos

    El lugar en donde estaba hoy día también estuvo ocupado por los musulmanes, pero los fieles ya pueden visitarle y ganar indulgencia plenaria orando allí.

    Escala Santa

    Se llama así la que estando en el pretorio de Pilatos fue santificada y regada con la sangre de nuestro amable Salvador: tiene veintiocho gradas; se conserva en Roma, en la iglesia que lleva su nombre. Los fieles la suben de rodillas.

    Columna de la flagelación

    La principal parte se conserva en Jerusalén en la capilla que los Padres Franciscanos tienen en el Santo Sepulcro; pero se veneran partes muy notables en las principales basílicas de Roma, en la basílica del Escorial en España y en la iglesia de San Marcos de Venecia.

    Azotes

    Se veneran en la catedral de Anagni y en la Iglesia de Santa María in vía lata en Roma.

    Corona de Espinas

    Se venera en la Santa Capilla de Paris, pero sin espinas que han sido distribuidas por toda la cristiandad: en Roma son cerca de veinte las que reciben veneración pública: las iglesias que tienen más son las de San Marcos y Santa Praxénedes, las cuales conservan tres. En el Vaticano hay dos; en San Juan de Letrán una, etc. En España son muchas las que reciben veneración en diversas iglesias: en el Escorial se veneran once; Barcelona tiene la dicha de venerar varias, y en el célebre santuario de Montserrat se custodian dos.

    Clámide

    Se conserva parte en las iglesias de San Juan de Letrán, Santa María la Mayor y San Francisco à Ripa, en Roma

    Columna de los improperios

    Se conserva en la iglesia del Santo Sepulcro, en Jerusalén.

    Arco del Ecce Homo

    Hoy día se ve gran parte de él en la magnífica iglesia que el celoso misionero Alfonso María de Ratisbona levantó en Jerusalén para las monjas de Sión, tras su conversión desde el judaísmo por gracia de Nuestra Señora.

    Santa Faz

    La tradición común es que fueron tres las imágenes que quedaron en el velo de la Verónica, pero son muchísimas mas las que se veneran en la cristiandad. Las auténticas son: la que se venera en Roma, en la basílica de San Pedro; en España, en la catedral de Jaén, y en Venecia, en la iglesia de San Marcos. Las demás, aunque milagrosas, son tenidas como facsímiles o tocadas al original.

    Puerta judiciaria

    Aún se ven en Jerusalén restos de esa Puerta, por donde pasó el divino Salvador yendo al Calvario.

    Columna de la sentencia

    Frente a la puerta judiciaria se ve hoy, guardada por los Padres Franciscanos, la gran columna donde, según la tradición, tuvieron a nuestro divino Salvador mientras hacían los preparativos para crucificarle.

    Vestidos de Jesús

    La túnica inconsútil se conserva en Argenteuil. Estudiada y contrastada con el Santo Sudario, las heridas coinciden y corroboran los relatos de la Pasión. Se guarda una similar en Tréveris, Alemania. El manto se repartió por la cristiandad, pero se conserva un importante trozo en la catedral de Anagni.

    La santa Cruz

    Pocas reliquias se han propagado por toda la tierra como la perteneciente al árbol santo en donde murió nuestro Redentor, pero de un modo especial se conservan aún partes insignes en las basílicas de San Pedro y santa Cruz de Jerusalén, en Roma; en la catedral de Anagni se venera también un pedazo muy notable, y en la cual se ve aun uno de los agujeros que se hicieron al crucificar a nuestro divino Salvador.

    Clavos

    La tradición enseña que fueron tres los que tuvieron suspendido al Salvador del mundo: uno entero se conserva en Santa Cruz de Jerusalén, en Roma; otro en la capilla del Palacio Real de Madrid, y otro se ha distribuido a diversas iglesias de la cristiandad. Además de esos clavos, se veneran otros que también eran de la cruz pues los brazos de la misma estaban clavados y el I.N.R.I. también.

    I.N.R.I.

    La principal parte se halla en la basílica de la Santa Cruz de Jerusalén en Roma; en san Juan de Letrán y en San Marcos de la misma ciudad santa se ven pedazos notables.

    Esponja

    La principal parte se venera en la Santa capilla de París, pero se conservan partes en la basílica del Escorial, en España, y en las de San Juan de Letrán, Santa María la Mayor y Santa María Transtévere, en Roma.

    Lienzos que cubrieron al Señor estando en la cruz

    Se veneran en San Juan de Letrán y en San Marcos, de la misma ciudad eterna.

    La Lanza

    Esta, sin la punta, se venera en San Pedro de Roma: la punta, según afirma el Papa Benedicto XIV, desde el tiempo de San Luis se conserva en la Santa capilla de Paris.

    Sangre y agua

    Es de fe que del costado se nuestro divino Salvador salió sangre y agua : entre las reliquias más insignes que se exponen a la pública veneración en la santa ciudad de Roma, se encuentra parte de la sangre, y agua que salió de su sagrado costado después de muerto, se conserva en la basílica de San Juan de Letrán. En la de San Marcos se expone un velo que se embebió en la misma sangre y agua.

    Piedra de la unción

    Se venera en Jerusalén, en la iglesia del Santo Sepulcro

    Santo Sepulcro

    Dios ha querido que permaneciera en Jerusalén, siendo bajo todos los conceptos el sepulcro más glorioso que ha habido y habrá sobre la tierra. Muchas iglesias se glorían de tener pequeñas partes de tan glorioso monumento.

    Sudarios y lienzos del Señor en el Santo Sepulcro

    Según la costumbre que tenían los hebreos al embalsama, varios eran los sudarios y lienzos que empleaban: así parece deducirse del evangelio de San Juan. En la iglesia de San Juan de Letrán se conserva uno de esos lienzos en que estuvo envuelta la cabeza del Señor en el Sepulcro. En las iglesias de San Marcos, de San Francisco á Ripa y en el Escorial, en España, se veneran partes de otros lienzos; pero los santos sudarios de Turín en Italia, Besancon en Francia y Santo Domingo de la Calzada en España, son los que de modo especial han sido venerados y admirados siendo el de Turín el que la ciencia certificó como autentificable por las notables corroboraciones históricas y prodigiosas cualidades del santo tejido.

    Reflexión final

    Si la emoción embarga nuestros corazones al contemplar la riqueza y significación de la presencia de tales reliquias, sólo cabe extender nuestro amor y comprensión a un paso más. Y es ineludible.

    ¡Cuánto daríamos en este momento por ser trasladados – como Daniel al etíope – hasta cualquiera de estas reliquias! ¡Con qué gusto pasaríamos horas de rodillas venerando esos preciosos recuerdos del Salvador, que acaso fueron bendecidos por el roce de su tacto o que contienen parte de su Divina Sangre!

    Y olvidamos, a un mismo tiempo, que quizás a pasos de nosotros, no muy lejos, tenemos al mismo Cristo presente en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. ¡A pocos minutos tenemos al mismo Cristo presente y tan vivo como cuando regó de gracias las preciosas reliquias que comentamos!

    Contemplémosle ahora allí, donde le tenemos cerca. Meditemos en lo sólo y abandonado que se encuentra. Nadie peregrina hasta allí, nadie se arrodilla ante su sagrada Presencia. Pocos, muy pocos, parecen tener conciencia cabal de Él.

    Vemos a tantos comulgar sin respeto, sin la debida compenetración que tal acto merece ¡Acto envidiado por los mismos ángeles, que no pueden comulgar! Es el mismo Cristo que viene a nosotros. ¡Cuántos comulgan con la mano, tocando con sus manos indignas e impuras el sagrado Cuerpo del Redentor! Duele pensar en semejante irreverencia, que a causa de la extensión y frecuencia ha sido indultada por la Iglesia. Imaginar tan sólo las divinas partículas olvidadas en la mano y llevadas al bolsillo, o caídas al suelo. Tiemblo al pensar en ello, en la tristeza y escándalo de los santos ángeles.

    Mártires y santos, los mismos cruzados ofrecieron sus vidas por la conservación de las reliquias y lugares sagrados. Muchos prefirieron morir antes que verlas profanadas. ¿Cómo no querremos nosotros, hermanos en la fe e hijos de la Iglesia como ellos, ya no venerar las reliquias sino adorar a nuestro dulce y amable Salvador presente día y noche en la Sagrada Eucaristía?